Fecha: Martes 6 de octubre de 2026 | Hora: 19 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: CC Bula | Bandas invitadas: DRAGONAUTA y MERGIN
La visita de los daneses de SATURNUS a la Argentina tuvo como marco una noche fría y lluviosa, de esas en las que la primavera porteña parece quedar del otro lado de la ventana. La lluvia persistía sobre las calles y el frío acompañó la llegada al Club Cultural Bula, donde había un lleno aceptable. SATURNUS llevó su death/doom melódico, su melancolía y su interpretación teatral; DRAGONAUTA, su combinación de doom, heavy, psicodelia y esoterismo. Mërgim, la otra banda invitada, formó parte del cartel, aunque por cuestiones de tiempo no llegamos a ver su presentación.
Cerca de las 22, SATURNUS salió a tocar con una dificultad que pronto se hizo parte del contexto de la noche. Thomas A. G. Jensen explicó varias veces durante el concierto que Julio Fernández atravesaba un problema de salud, sin precisar de qué se trataba pero aclarando que ese mismo día había estado internado. Dijo además que eso había obligado a reducir el repertorio y simplificar algunos arreglos. Lo hizo casi como disculpándose con el público por los cambios y por la duración menor a la prevista. El grupo tuvo que adaptar el plan a lo que podía ofrecer en esas circunstancias. No recurrió a versiones acústicas ni a pistas pregrabadas para completar lo que faltaba: resolvió el concierto desde el escenario, con las limitaciones a la vista y la voluntad de sostener cada canción hasta donde fuera posible. Esa decisión le dio al show una forma más concentrada, aunque también dejó claro que no iba a poder desplegar todo lo que la banda había preparado.
The Storm Within abrió con una lentitud que no era quietud, sino acumulación. Las guitarras fueron desplegando capas de sonido mientras la base rítmica sostenía el peso sin apresurar la marcha. SATURNUS trabaja con esa tensión: una canción puede avanzar durante varios minutos dentro de la gravedad y, aun así, encontrar melodías que la iluminan desde adentro. Jensen comenzó con la voz algo tomada; al principio se notaba el esfuerzo, pero con el correr del concierto fue acomodándose y ganó aspereza. Esa rugosidad terminó sumando dramatismo a una interpretación que no dependía de la pulcritud, sino de la impresión de que la voz estaba atravesada por aquello que cantaba.
Empty Handed mostró con claridad el modo en que la banda combina la pesadez con una sensibilidad melódica que nunca la suaviza del todo. Indee Rehal-Sagoo y Fernández trabajaron las guitarras desde el contrapunto entre el peso y la apertura, sostenidos por Brian Hansen en bajo y Henrik Glass en batería. Los teclados de Mika Filborne ampliaron ese espacio: sus intervenciones no quedaron en un segundo plano decorativo, sino que modificaron la profundidad de las canciones y les dieron una tonalidad gótica y melancólica. En Forest of Insomnia, ese aporte se volvió central. El teclado sostuvo el clima mientras las guitarras se desplegaban y regresaban a la densidad, como si la música avanzara entre claros breves y zonas cada vez más sombrías.
En un momento, Jensen se dirigió al público y resumió lo que significaba para la banda esa primera visita: “Es un sueño tocar en Argentina. Son tantos”. La frase tuvo algo de asombro y agradecimiento ante quienes se habían acercado a verlos. También acortó, por un instante, la distancia entre Dinamarca y Buenos Aires: detrás de años de canciones y kilómetros recorridos, el encuentro que para la banda había sido un sueño estaba ocurriendo ahí, en Bula.
SATURNUS alternó la pesadez propia del doom con la fiereza del death y una sensibilidad gótica que apareció tanto en los desarrollos instrumentales como en la interpretación. En Breathe New Life, esa combinación ganó impulso sin abandonar la lentitud ni la gravedad: la canción pareció tomar aire dentro de su propio peso. Después, In Your Shining Eyes redujo los elementos y ofreció uno de los momentos más íntimos de la noche, con Jensen y Filborne sosteniendo la interpretación desde la voz y el teclado. La ausencia momentánea de la masa sonora permitió escuchar otra cara del grupo, más frágil y cercana, sin quebrar el clima que el concierto venía construyendo.
All Alone devolvió el set a una zona más oscura. Para entonces, la voz de Jensen ya había encontrado su lugar y sonaba más áspera, más asentada en sus propios límites. En A Father’s Providence, la banda volvió a estirar el tiempo y a administrar con paciencia los cambios de intensidad. El teclado de Filborne siguió definiendo el costado climático, mientras Glass y Hansen mantuvieron el pulso firme para que las guitarras pudieran abrirse y cerrarse sobre el mismo núcleo pesado. La teatralidad no dependió de gestos grandilocuentes: estaba en la manera de sostener los pasajes, demorarse en una melodía y dejar que cada cambio preparara el siguiente.
En I Long, los pasajes recitados interrumpieron el curso habitual del canto y acentuaron el carácter narrativo de la interpretación. La palabra dicha hizo que el escenario pareciera por un momento un espacio dramático, antes de que Jensen regresara a su registro más profundo. Christ Goodbye prolongó esa intensidad y combinó nuevamente la recitación con la voz limpia y el gutural. En esos momentos se percibió con mayor claridad que las canciones de SATURNUS no se apoyan únicamente en la alternancia entre melodía y rugido: también construyen escenas, con una voz que parece contar desde adentro de la música.
El final llegó con la fuerza de una despedida, aunque el contexto impedía sentirlo como un cierre definitivo. La reducción del repertorio fue comprensible dadas las circunstancias, y el grupo consiguió sostener el concierto sin disimular la dificultad; aun así, quedó una deuda concreta con quienes habían ido a encontrarse con la banda. No por falta de compromiso, sino por todo lo que no pudo entrar en el set: los desarrollos que quedaron afuera y el tiempo que las canciones necesitaban para desplegarse por completo.
Por eso, la promesa de volver con un disco nuevo y ofrecer un show de dos horas tuvo un peso especial. No sonó como un anuncio desligado de lo ocurrido, sino como una respuesta a lo que esa noche quedó pendiente: regresar con material nuevo y el tiempo necesario para que el repertorio respire sin recortes. SATURNUS se despidió dejando una expectativa, pero también reconociendo de manera implícita que aquella presentación no había podido saldar todo el encuentro. La próxima visita quedó planteada como una segunda parte, la posibilidad de completar el viaje que en Bula apenas pudo desplegarse de forma abreviada.
DRAGONAUTA llevó la fecha hacia otra oscuridad: más física, psicodélica y cargada de resonancias esotéricas con un set construido sobre riffs pesados y expansivos. Draconian Steel afirmó el carácter doombeta de la propuesta, y I Am the Frost Thrones prolongó esa marcha lenta y heavy, atravesada por desvíos psicodélicos que le dieron una dimensión de viaje. Las guitarras no se limitaron a empujar las canciones; abrieron espacios, sostuvieron climas y trazaron un paisaje que podía volverse áspero, hipnótico o amenazante.
Nautilus 666 y Frozen Neptunian Demons llevaron esa mezcla hacia un territorio más extraño, donde el peso del riff convivió con una sensación de expansion mientras que con God Half Blind, la banda recuperó su contundencia más frontal. Después, Necrogalaxia tendió un puente hacia la época de Cabramacabra un disco que este año cumple 20 años y para muchos es uno de los grandes discos de la hisotoria de la música pesada argentina. Que la hayan recuperado tuvo un valor especial: no apareció como una reliquia, sino como una canción capaz de convivir con la formación actual y conservar su fuerza. En ese cruce entre pasado y presente se hizo visible la continuidad del grupo.
La formación de esta fecha reunió a Egocrypta en voz, Daniel Libedinsky y Agustín Lomez en guitarras, Martín Méndez en bajo y Leonardo Hellgross en batería. Lomez, ligado también a los teclados, esta vez tocó la guitarra. La presencia de estos músicos no se sintió como una suma de reemplazos, sino como otra manera de mantener vivo el cuerpo de la banda. Los nombres y los roles pueden cambiar, pero persiste una identidad reconocible en los riffs, en la densidad y en la voluntad de internarse en zonas oscuras.
Muerte y Destrucción empujó el tramo final con la contundencia de una banda apoyada en la guitarra, el bajo y la batería. La canción cerró la presentación y dejó en claro el carácter de esta etapa: un set doombeta, heavy, profundamente psicodélico y esotérico, sostenido por una formación que sabe trabajar con el peso sin reducir la música a una sola dimensión. DRAGONAUTA sigue viva como una bestia mítica que cambia de piel sin desaparecer. En Bula, su nueva encarnación no borró el pasado: lo hizo convivir con el presente y confirmó que todavía quedan caminos por recorrer.
Texto: Carlos Noro

