IRON MAIDEN en vivo en Argentina: “Canciones para volver a encontrarse”


Fecha: Miercoles 21 de octubre de 2026 | Hora: 19 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Estadio Huracán | Banda invitada: LA H NO MURIÓ

Pocas bandas dentro del metal sostuvieron una carrera tan ordenada y persistente como IRON MAIDEN: cinco décadas de discos, giras y una identidad que siguió creciendo sin perder continuidad. Run For Your Lives celebra ese recorrido con un repertorio que va desde el debut Iron Maiden hasta Fear of the Dark, el noveno álbum de estudio, y plantea un desafío de escala: elegir canciones de un catálogo enorme, muchas ausentes de los escenarios durante años, y convertir ese arco de doce años en el eje de una gira aniversario. La propuesta invita a revisar el período que definió el sonido del grupo y construyó buena parte de su repertorio más querido, al tiempo que abre la posibilidad de volver a escuchar en vivo temas que quizá no vuelvan a formar parte de futuras giras.

La novedad en la formación en vivo fue Simon Dawson, quien ocupó el lugar de Nicko McBrain después de que el histórico baterista dejara las giras. Su incorporación permitió que la banda continuara con el recorrido, pero también planteó una comparación inevitable con una manera de tocar que fue parte central de su sonido durante décadas. El repertorio exige cambios de ritmo, acentos y matices que no siempre son evidentes a primera escucha; a medida que avanzó la noche, las diferencias entre ambos bateristas se hicieron más perceptibles y abrieron una pregunta sobre cómo se sostiene en vivo una obra construida alrededor de una personalidad tan marcada.

Como inicio del set de IRON MAIDEN, Doctor, Doctor, de UFO, sonó desde la cinta y funcionó como una declaración de principios antes de que la banda apareciera. La frase “Livin’, lovin’, I’m on the run / So far away from you” —vivir, amar, estar huyendo; estar tan lejos de alguien— condensa el movimiento y la distancia que atraviesan la canción. En ese contexto, la espera dejó de ser un simple intervalo: el tema abrió una puerta emocional antes de que comenzara el viaje por cinco décadas de historia, como si la huida que describe también fuera una forma de ponerse en marcha, dejar algo atrás y seguir avanzando. La cinta hizo que el público entrara de a poco en el clima del show; la expectativa creció hasta que la música dio paso a la primera imagen de la puesta.

La salida quedó en manos de The Ides of March, acompañada por una animación que introdujo al público en el universo visual del grupo. Una cámara subjetiva recorrió los callejones londinenses asociados con los orígenes de la banda y con el nacimiento de Eddie, esa figura que desde el primer disco funciona como emblema, personaje y narrador de su mitología. El recorrido desembocó en la imagen del Eddie de la tapa de Killers, un cierre visual que anticipó el carácter de la primera parte del repertorio. Cuando la banda apareció, Bruce Dickinson llevaba una campera de cuero como homenaje a Paul Di’Anno. La velocidad de la salida y la aspereza de las primeras canciones recuperaron una energía propia de la etapa inicial: el grupo coqueteaba entonces con la agresividad y la crudeza del punk, aunque ya estaba construyendo un lenguaje musical y escénico propio.

El arranque con Murders in the Rue Morgue, Wrathchild y Killers tuvo el filo de una bienvenida sin rodeos. Wrathchild brilló especialmente, empujada por el bajo de Steve Harris y por una banda que convirtió la velocidad en una forma de ataque, precisa y directa. En Killers, un Eddie gigante ocupó el escenario mientras la pantalla mostraba, en blanco y negro, la imagen de un asesino siniestro. La figura ampliada y la proyección oscura reforzaron el clima áspero de la canción y prolongaron el diálogo con la animación inicial. La campera de cuero de Bruce reaparecería hacia el final, durante Iron Maiden, como un eco visual de aquel comienzo y de la figura de Paul: una imagen que enlazó los primeros minutos con el momento en que la banda se preparaba para abandonar el escenario antes de los bises.

Antes de Phantom of the Opera, Bruce se dirigió por primera vez al público y resumió el paso del tiempo con una frase: “Cincuenta años en una noche y todavía seguimos”. La afirmación tuvo algo de incredulidad ante la dimensión de ese recorrido, como si la banda y quienes estaban en el estadio necesitaran decirlo en voz alta para terminar de comprenderlo. La canción, una de las composiciones más teatrales de la primera etapa, abre un espacio narrativo lleno de cambios, climas y giros dramáticos; evoca la historia del Fantasma de la Ópera, una figura que habita en secreto el teatro, aterroriza a sus artistas y se obsesiona con una de las cantantes. Aunque nació con Paul Di’Anno al frente, hace mucho que Bruce la hizo suya. Su interpretación volvió a desplegar el costado más teatral del tema, acompañada por los coros de Harris y Adrian Smith. Fue uno de los grandes momentos de ambas fechas: una versión sólida, concentrada y capaz de recorrer sus contrastes sin perder intensidad.

The Number of the Beast estuvo entre las canciones más filmadas y más festejadas por quienes disfrutan de los clásicos más conocidos del grupo. El martes, Bruce se mostró exigido y tuvo dificultades en algunos pasajes rápidos; el miércoles eso no se percibió de la misma manera, con una interpretación más holgada y un sonido mucho más estable. La diferencia entre las fechas también se notó en la mezcla general: el viento afectó la claridad del martes, mientras que el miércoles el audio fue, sin exagerar, perfecto. En ese contexto, la imagen de miles de teléfonos levantados volvió a ser parte del paisaje. La banda había pedido explícitamente en las pantallas que el público guardara los aparatos y viviera el show, pero la indicación resultó difícil de hacer cumplir, incluso ante una canción que ofrecía tanto para mirar como para escuchar. El martes hubo más desesperación por registrar el tema; el miércoles, en cambio, se percibió menos urgencia por filmarlo y más disposición a acompañarlo en el momento.

El sonido de IRON MAIDEN se construye en el diálogo entre las tres guitarras y el bajo de Steve Harris. Dave Murray y Adrian Smith se entienden como viejos compañeros: sus melodías y solos se cruzan con naturalidad, mientras Janick Gers suma una energía más desatada, tanto al tocar como al moverse por el escenario. Entre los tres construyen ese sonido amplio y reconocible de la banda, con guitarras que se responden y se encuentran sin taparse. Harris, por su parte, no se limita a marcar el pulso desde el bajo: empuja las canciones, conduce sus galopes y les da una melodía propia. El miércoles, esa maquinaria se vio especialmente rejuvenecida, con una energía avasallante y la actitud de una banda decidida a pasar por arriba a todos los presentes. Esa combinación sostuvo el movimiento del repertorio y potenció el vínculo con un estadio que respondió con la misma intensidad.

Antes de Infinite Dreams, Bruce presentó la canción diciendo el martes que hacía más de treinta años que no la tocaban y que no recordaba si la habían interpretado en Argentina. El miércoles repitió la introducción, pero se corrigió entre risas: en realidad, la habían tocado la noche anterior. Cerró aquella presentación con el deseo de que todos pudieran tener sueños infinitos. Esa noche también señaló algo que ya se percibía en el aire y se lo dijo al público: “Veo que ustedes son más efusivos que ayer”. La diferencia no estaba en el repertorio, idéntico en ambas fechas, sino en la energía que circuló entre el escenario y el estadio. El comentario de Bruce le puso palabras a una sensación compartida: el miércoles la respuesta del público fue más intensa y esa intensidad volvió al escenario amplificada.

La interpretación de Infinite Dreams fue perfecta los dos días y, sin exagerar, histórica. La canción reúne varios rasgos centrales de la etapa más ambiciosa de IRON MAIDEN: es pesada, compleja, progresiva y, al mismo tiempo, está llena de melodías que quedan resonando. Su desarrollo alterna pasajes de tensión y momentos de apertura; las guitarras gemelas se responden, se cruzan y se expanden hasta desembocar en solos que elevan todavía más el clima. Dave Murray estuvo en un nivel increíble, Adrian Smith volvió a mostrar su solvencia habitual y Janick Gers tuvo espacio para aportar al juego de melodías y solos, con cada guitarrista ocupando su lugar dentro de un entramado que nunca se volvió mecánico. Desde el bajo, Steve Harris marcó la melodía y sostuvo los cambios de dirección de una composición que crece sin perder el hilo.

También Bruce la rompió: tuvo espacio para desplegar su potencia y el grito que sostuvo sobre la palabra “Infinity”, justo antes del solo, fue espectacular. La interpretación dejó en claro que la duración de una canción no depende de acumular secciones, sino de que cada una prepare la siguiente y amplíe el recorrido. Infinite Dreams les dio espacio a todos y volvió visible la ambición de una banda que, en su etapa más reciente, incorporó con frecuencia composiciones extensas y progresivas, construidas como pequeños relatos. Su combinación de peso, complejidad y ganchos melódicos anticipa muchas de las búsquedas posteriores del grupo. En esta canción estuvo IRON MAIDEN en toda su dimensión, con Bruce al frente y el resto de la banda sosteniendo una estructura que no perdió potencia ni claridad.

El dramatismo oscuro de Powerslave encontró su contrapunto en el pulso directo de 2 Minutes to Midnight. La primera avanzó con una solemnidad casi ceremonial: el bajo y las guitarras marcaron un movimiento pesado, mientras los teclados de fondo reforzaron su atmósfera densa y sombría. Después, 2 Minutes to Midnight volvió a encender al estadio. Fue otra de las más celebradas, con el público sumándose a un estribillo que forma parte de la memoria colectiva del grupo. Juntas, las canciones mostraron dos formas distintas de administrar la intensidad y plantearon un desafío vocal de primer orden: Bruce tuvo que moverse en registros muy altos y sostener líneas exigentes. El martes se lo escuchó algo forzado; el miércoles, en cambio, la estabilidad del sonido y una interpretación más cómoda le permitieron resolverlas con mayor soltura.

Con Rime of the Ancient Mariner, la dimensión cinematográfica de la gira alcanzó otro punto alto. Una película proyectada detrás de la banda narró la historia del poema de Samuel Taylor Coleridge: un marinero mata a un albatros (ave sagrada), desencadena una maldición y queda atrapado en un viaje donde su tripulación muere y el barco permanece detenido en un mar sin viento. Él sobrevive y queda obligado a contar una y otra vez lo sucedido, como si narrar su historia fuera la única forma de expiar lo ocurrido. La proyección acompañó el largo recorrido musical y le dio forma visual a sus cambios de clima, desde la amenaza inicial hasta los pasajes de mayor dramatismo. El efecto no fue el de ilustrar una canción con imágenes, sino el de extender su relato más allá del escenario.

En ambas noches, las composiciones de desarrollo más amplio dejaron ver el alcance del grupo, pero en Rime of the Ancient Mariner todo resultó superlativo. IRON MAIDEN sonó afilado y concentrado, aunque también se percibió cuánto disfrutaba revisitando su propia obra. Los cambios de clima no quedaron como una sucesión de secciones: construyeron un relato que la banda conoce al detalle y que, aun después de tantas interpretaciones, pudo recorrer con intensidad. La canción ofreció espacio para la precisión instrumental, para la puesta cinematográfica y para que el público se sumergiera en una historia que avanza con la paciencia de una travesía y estalla en sus momentos de mayor tensión.

Después, Run to the Hills levantó otra de las grandes celebraciones de la noche. Es uno de los clásicos más conocidos de la banda y el estadio respondió cantando y acompañando cada estribillo. La canción aborda la conquista europea de América desde dos perspectivas: la de los pueblos originarios, desplazados y atacados, y la de los soldados que avanzan sobre sus territorios. Ese contrapunto le da al tema una fuerza que excede su impulso vertiginoso y su condición de himno: debajo de la velocidad y el canto colectivo permanece una historia de violencia y despojo.

De ahí, IRON MAIDEN pasó a Seventh Son of a Seventh Son, otro momento extraordinario dentro de la serie de composiciones extensas y dramáticas del repertorio. La banda administró la tensión con precisión: el tema crece por etapas, alterna pasajes más contenidos con estallidos instrumentales y construye una atmósfera de profecía y fatalidad. Su protagonista pertenece a una antigua leyenda: es el séptimo hijo de un séptimo hijo, alguien dotado de poderes para ver el futuro. Esa capacidad lo convierte en profeta, pero también lo aísla y lo enfrenta a un destino que no puede controlar. La historia de ese personaje se despliega junto con una música que demora sus resoluciones y hace que cada cambio de intensidad parezca acercar la canción a una revelación.

En el pasaje previo a los tramos más climáticos y a los solos, Bruce Dickinson sostuvo un grito durante casi un minuto: uno de los momentos estrella de las dos noches. La banda mantuvo el suspenso alrededor de esa interpretación y luego liberó toda la potencia del tema, con las guitarras desplegando sus solos sobre una base que no perdió el pulso. La duración del grito extendió la tensión hasta el límite y convirtió la espera en parte de la experiencia musical; cuando llegaron los solos, la descarga tuvo un efecto todavía mayor. Fue una demostración de cómo IRON MAIDEN puede llevar una composición ambiciosa hacia un momento de comunión y vértigo colectivo.

El turno de The Trooper volvió a poner en marcha uno de los clásicos más celebrados de la noche. Bruce salió vestido con uniforme de soldado y flameó la bandera británica antes de tomar la argentina: un gesto teatral, irónico y paradójico que, una vez más, disparó la clásica —y ya bastante aburrida— polémica. La canción recrea la carga de la Brigada Ligera en la batalla de Balaclava, durante la Guerra de Crimea, y toma como referencia el poema de Alfred Tennyson; su música galopante acompaña el avance de un soldado hacia una muerte que parece inevitable. Es una de las canciones más festejadas de IRON MAIDEN, aunque al final se escucharon dos respuestas diferentes entre el público: de un lado, el clásico “el que no salta es un inglés”; del otro, los cánticos a favor de la banda. También fue una de las que más le costó a Bruce el martes; el miércoles, con el sonido mucho más estable, la interpretación fluyó con mayor comodidad y el tema pudo avanzar con toda su velocidad.

Con Hallowed Be Thy Name cambió el clima y el show entró en una dimensión más oscura y teatral. La canción cuenta la espera de un condenado a muerte: empieza con el hombre solo frente a su ejecución, entre el miedo, la incredulidad y las preguntas sobre qué encontrará después. Esa historia íntima se vuelve una pieza épica a medida que avanza la música. Primero aparecen las campanas y una guitarra limpia que presenta la melodía con aire de presagio; después, la canción gana cuerpo con el bajo y la batería, hasta desembocar en el característico galope de IRON MAIDEN. Las guitarras amplían ese recorrido: se responden, se enlazan en armonías y preparan los cambios de intensidad, mientras los solos empujan la tensión hacia los momentos más climáticos.

La pantalla acompañó el relato como una película: Bruce Dickinson aparecía perseguido por la Muerte hasta terminar ahorcado. La puesta no se limitó a ilustrar la letra; convirtió la ejecución inminente en una escena que crecía junto con la música. Ahí Bruce se movió con la comodidad de quien entiende el escenario como un espacio de actuación: cargó cada gesto de dramatismo y sostuvo la atención mientras la banda pasaba de la introducción contenida al despliegue de guitarras y al galope final. Hallowed Be Thy Name reunió así dos facetas centrales de IRON MAIDEN: la precisión musical y la capacidad de construir un relato visual sin quitarle fuerza a la interpretación.

Después de Hallowed Be Thy Name, Iron Maiden cerró el tramo previo a los bises a toda velocidad y con una crudeza que volvió a conectar al grupo con la visceralidad de sus primeros días. El bajo de Steve Harris empujó la canción hacia adelante mientras las guitarras y la batería sostuvieron esa urgencia. La aparición de Eddie sobre el escenario completó el ritual de un tema que, desde los comienzos, funciona como presentación y reafirmación de la identidad de la banda. La campera de cuero de Bruce volvió a aparecer en este tramo, cerrando el círculo visual que había abierto al comienzo en homenaje a Paul Di’Anno.

El regreso llegó con Aces High, anunciada por el ruido de un avión en vuelo y el discurso de Winston Churchill. La introducción preparó el clima para una canción situada en la Batalla de Inglaterra, donde los pilotos británicos enfrentan los ataques de la aviación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. La arenga de Churchill instala la idea de resistir y no rendirse; enseguida, la música convierte esa tensión en una escena de combate aéreo. El ritmo parece despegar y lanzarse al ataque junto con los aviones, mientras la voz y las guitarras sostienen la sensación de peligro y movimiento. La transición entre el discurso histórico y el comienzo de la canción hizo que el regreso de la banda tuviera algo de despegue: un arranque sin pausa, de máxima intensidad.

Tras Aces High, Fear of the Dark llevó el show a un terreno especialmente emotivo para el público argentino. El vínculo tiene una razón concreta: IRON MAIDEN llegó por primera vez al país en 1992, durante la gira de presentación del disco que incluye la canción. Su relato se interna en el miedo y la paranoia que nacen cuando cae la noche: la sensación de que algo acecha en la oscuridad, incluso cuando no se alcanza a ver qué es. Musicalmente, el tema también trabaja sobre esa inquietud. Arranca con una melodía sombría y contenida, que deja espacio para la voz y va ganando intensidad hasta desembocar en un ritmo más poderoso y en un estribillo que el público convirtió hace tiempo en un canto colectivo. La puesta reforzó ese clima: bajo la luz de la luna, Bruce Dickinson apareció con un farol en la mano, como una figura que avanzaba a tientas dentro de la historia de la canción. El martes se lo notó cansado; el miércoles, en cambio, pareció rejuvenecido y atravesó el tema con mucha más soltura.

Simon Dawson sostuvo el set, aunque su manera de resolver varios pasajes simplificó demasiado los arreglos de Nicko McBrain. Con los años, algunas canciones pueden perder velocidad, pero acá la diferencia también estuvo en los detalles: los acentos, los cambios y esos matices de batería que acompañaban el desarrollo de cada tema. En distintos momentos, la elección de un camino más sencillo redujo parte de esa riqueza y dejó dudas sobre el reemplazo. Dawson permitió que el show avanzara con firmeza, pero escuchar esas canciones sin la complejidad y la personalidad del toque de Nicko hizo que su ausencia se sintiera.

En el tramo final apareció Wasted Years, una canción que encontró una resonancia particular en esas noches. Escrita por Adrian Smith a partir de la alienación y la nostalgia que pueden producir las giras interminables y la distancia de casa, mira hacia atrás, pero también advierte sobre el riesgo de quedarse atrapado en lo que ya pasó. Su melodía expansiva y su riff reconocible le dieron al show un impulso luminoso, mientras que el martes Bruce tuvo mínimas dificultades y el miércoles su interpretación fue perfecta. Antes de despedirse, dejó un mensaje afectuoso para el público: “Nos vemos en el futuro, a todos ustedes. Tengan un buen día, una buena semana, un buen mes, un buen año y una buena vida, porque la merecen”. Después, como es habitual al final de sus shows, sonó desde la cinta Always Look on the Bright Side of Life, de Monty Python. La canción aparece en la escena final de La vida de Brian, mientras los condenados a la crucifixión la cantan con una alegría absurda. El contraste lleva el optimismo hasta el disparate y lo convierte en humor negro: una forma de mirar de frente a la muerte y, al mismo tiempo, reírse de su solemnidad. Después de las palabras de Bruce, la canción prolongó la despedida con ese gesto irónico y afectuoso, invitando a salir del estadio con una sonrisa después de tanta épica.

Después de cincuenta años, IRON MAIDEN sigue reuniendo a quienes crecieron con sus canciones y a quienes las descubrieron mucho después. En Huracán, cada riff pareció traer consigo un recuerdo, pero también la emoción de estar ahí, compartiendo el presente con una banda que todavía sale a escena con hambre y convicción. El miércoles, esa conexión alcanzó una intensidad difícil de explicar: por un rato, el paso del tiempo quedó suspendido entre la música, las voces del estadio y la certeza de que esas canciones siguen vivas en quienes las cantan. Cuando terminó el show, quedó el agradecimiento por haber sido parte de esas noches y la ilusión de que todavía haya otro encuentro por delante. Volver a ver a IRON MAIDEN en vivo es reencontrarse con una parte de la propia historia y, al mismo tiempo, sumar un recuerdo nuevo.

La H No Murió: una herencia que sigue en pie

La H No Murió repitió el mismo set en las dos noches y dejó la impresión de una banda en un gran momento: suena ajustada, firme y con una lectura muy segura de un repertorio que el público festeja de principio a fin. Tano Solo puso a Tano Romano en primer plano antes de que la introducción de Masa anestesiada desembocara en Vientos de poder. Ese comienzo, veloz y filoso, funcionó como una declaración de intenciones. Predicción sostuvo el envión con sus riffs cortantes y una interpretación frontal, mientras que Hospitalarias realidades aportó un pulso más pesado y permitió que la voz de Claudio O’Connor ganara espacio. En Otro día para ser, la fuerza del riff convivió con una melodía que el público reconoció y acompañó enseguida; luego, Traición y Cráneo candente devolvieron el set a su zona más urgente y directa.

Entre otras, también sonaron Víctimas del vaciamiento, Evitando el ablande y Soy de la esquina, pero uno de los puntos más altos fue Olvídalo y volverá por más. La versión tuvo una potencia especial y permitió lucir la voz clara de O’Connor, que articuló cada frase con precisión y sostuvo la intensidad sin perder nitidez. Fue uno de esos momentos en que la canción y el público parecieron avanzar juntos: el reconocimiento del tema se transformó en celebración colectiva. La H No Murió cerró con la contundencia de un grupo que conoce el peso de ese legado y todavía puede hacerlo sonar vivo, presente y propio.

Texto: Carlos Noro

Fotos: Estanislao Aimar
Agradecemos a Naty Fiore por la acreditación al evento.

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