TERROR en vivo en Argentina: “Un terror que no asusta…enajena”


Fecha: Jueves 22 de enero, 2026 | Hora: 20 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Uniclub  | Banda invitada: KNOCKOUT

Locura (según la RAE): Es la exaltación del ánimo o de los ánimos, producida por algún afecto u otro incentivo. El resultado puede generar pasión, amor, entusiasmo, como así también demencia, enajenación y desequilibrio. Eso fue exactamente lo sucedido con TERROR el 22 de enero de 2026 en Uniclub. Locura extrema. Una licuadora de emociones entre el amor más genuino, como lo es la lealtad y la devoción hacia una banda, y el desenfreno e insania por dejarlo todo ahí, con poca cautela por las consecuencias. El hardcore puro, de entrañas, tal como el que practican los norteamericanos, inyectó una adrenalina en la gente pocas veces vista, que desató una euforia y un entusiasmo, que bordearon los límites del peligro y la vesania.

La noche comenzó con KNOCKOUT. Los rosarinos que visitaron tierra porteña en la antesala de TERROR, tuvieron un papel extraordinario. Con un sonido furioso y a la vez nítido, lograron convencer a los presentes de que el género tiene futuro a nivel local, y que están para representar nuestra bandera, sea donde sea que les toque ir. Cierto es que colaboró a su sonido el que hayan tocado con la misma estructura de la banda estelar, pero de igual modo, hay que saber tocar para que pueda sonar como lo hicieron. El galardón, de haber uno, fue para su baterista, que dejo el alma en cada fill y en cada exigencia de piernas, imprimiendo velocidad y tecnicismo.

Ya durante el desarrollo de la banda soporte, se notaron los primeros indicios de que estábamos frente a un público que de tímido y sobrio tenía poco. El cantante santafesino perdió su micrófono por algunos segundos, luego de que algunos presentes subieran al escenario y, sin intención, tropezaran con el cable y lo arrastraran con sus pies hasta el piso. Si bien esta situación paso inadvertida, marcaba el inicio de lo que estaba por suceder.

a las 21 hs exactas, con un recinto colmado de almas sedientas de hardcore y donde los tatuajes y las gorras vistieron de colores Uniclub, fue One With the Underdogs la que dio inicio al plato fuerte para que se desaten cuarenta minutos de verdadera locura. Con una remera de Argentina, Scott Vogel (vocalista y fundador), fue quien desde el primer minuto incito a las personas a ser participes tanto arriba, como debajo del escenario, arengándolos a subir, como a generar círculos y que exploten esos mosh pits destructivos. Es sabido que el estilo, y esta banda en particular, se manifiesta siempre a favor del público, cediéndoles el protagonismo y convenciendo a la gente que ellos son los verdaderos dueños del show. Entre cerveza que volaba por los aires, Spit My Rage dio paso a las primeras invasiones al escenario. Con una batería rabiosa, propiedad del gran Nick Jett, y unos riffs violentos de Jordan Posner, la gente empezó a tomar posesión, a ganar terreno sobre el escenario y se convirtió en co-protagonista hasta el final del espectáculo. Todo tema tuvo gente que subía y practicaba “stage diving”. Literalmente saltaban y se zambullían entre la multitud, con la esperanza de ser atrapados y, desde donde podíamos observar, cuesta creer que todos ellos hayan logrado caer en buenas manos.  

Ya para el tercer tema, Stick Tight, la cuestión se torno aún más compleja, porque ya eran muchas manos que querían obtener el micrófono de Vogel, quien en todo momento tuvo la mejor predisposición, y lo presto como si quien lo solicitaba formara parte de la banda. De ahí en más, ya nunca estuvo libre de publico el escenario. Todo parecía un caos, pero extrañamente armónico. Si bien la simple idea de poder cantar apenas unas frases contagió a todos los presentes, todo aquel que lo intentaba, lo hacía con cierto respeto, tratando de no avasallar al vocalista ni a los músicos. El repertorio, que ya para este momento parecía estar en un segundo plano, continuó con Boundless Contempt, Return to Strength y Lowest of the Low, durante el cual, momento curioso, un fanático subió y le comunicó al cantante que había perdido su celular, y este genero un breve corte para dar aviso a la comunidad y que lo busquen. Que solo uno haya perdido el celular, diría que fue un saldo muy favorable para lo vivido en el piso, con gente enardecida, saltando, pogueando, mosheando como si estuvieran presenciando su último recital.

La lista continuo con Always the Hard Way, con la gente subiendo y bajando las manos cual mejor estilo rapero y Can’t Help but Hate donde, otra vez invadido por la gente pero ahora con más cantidad de personas, Vogel perdió posesión del micrófono porque se lo disputaban para entonar algunas frases, y se refugió unos segundos detrás de la batería, teniendo que ayudar la gente de la producción a bajar del escenario al público que, en el afán por saltar y volver al piso, arrancaron, sin intención, cables, que le cortaron el retorno al vocalista.

Retomada cierta normalidad, al menos arriba del escenario, porque debajo continuaba la batalla campal, pasaron Pain Into Power, Overcome, You’re Caught y The 25th Hour, siempre con la misma tonalidad. Sin dudas que la banda esta acostumbrada a este tipo de eventos y a esa efervescencia, porque si no, tendrían que haber dejado de tocar en el segundo tema. La cantidad de abrazos que repartió el vocalista, son incontables, y siempre sonriendo y dejando entrever que, no solo no lo afecta, no le molesta, sino que disfruta de hacerlo.

El espectáculo culmino con Keep Your Mouth Shut y Keepers of the Faith, donde en este último una señorita subió, pidió el micrófono y a lo JINJER, emitió unos guturales del más allá, realmente sorprendentes. 

Fueron cuarenta minutos, nada más. Un show corto diríamos en otra ocasión, pero acá no. Fue el tiempo exacto, justo. La energía y la excitación emanados en ese tiempo, fueron equivalentes a otros espectáculos de tres horas. De haber durado más, podría haber sido hasta insalubre, dañino para los presentes, todos ellos, músicos y público. Y lo más sorprendente es que, finalizado el recital, habiendo dicho anteriormente que parecía un campo de batalla, la gente se unía en abrazos fraternales. Los mosh pits no eran para generar dolor, ni causar heridas, sino parte propia de la adrenalina vivida, por eso, todos lo tomaron de manera natural y salieron riendo y felices por lo sucedido puertas adentro. Quedó demostrado que no hay cizaña, es simplemente parte del folclore del hardcore. TERROR vino a dar un espectáculo, pero los papeles se le invirtieron, y terminaron ellos presenciando el show de la gente.

Texto: Santiago Izaguirre

Fotos: Joaquín Oñate

Agradecemos a Noiseground por la acreditación al evento. 

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