RUBEN PATAGONIA OFICIAL: La voz que sigue andando entre el viento, la memoria y el metal
La partida de RUBÉN PATAGONIA deja una ausencia que no se mide en discos ni en escenarios, sino en paisaje, en identidad y en palabra dicha a tiempo. Cantor, poeta y militante cultural, su obra siempre caminó por fuera de los atajos, buscando decir lo que duele y lo que persiste, con una voz que parecía venir de más lejos que el micrófono.
En Cacique Yatel, una de sus canciones más representativas, la imagen aparece sencilla y brutalmente humana: “Asando una picana de ñandú, sorprendió la tarde en el Pehuen”. No hay postal turística ni solemnidad forzada. Hay fuego, hay campo, hay vida en movimiento. Así también fue RUBÉN: más cerca del fogón que del bronce, más atento al pulso del territorio que al aplauso rápido. Yatel camina “con un perro pelao y un cascabel, un caballo cansado, viejo y cinchon”, guanaqueando, cimarrón del Aonikenk. No es una figura quieta, es alguien que sigue andando, cargando historia en cada paso. Esa misma condición nómade y resistente atravesó la obra de Patagonia, siempre ligada a los pueblos originarios, a la Patagonia profunda, a las voces que no suelen tener lugar en la agenda cultural dominante.
Esa mirada encontró un punto de contacto profundo con RICARDO IORIO, con quien no solo compartió afinidades ideológicas y culturales, sino también obra concreta. RUBÉN PATAGONIA fue parte del disco IORIO & FLAVIO, donde su voz y su presencia terminaron de sellar un cruce que ya se venía gestando: el del metal con la raíz criolla y la memoria de los pueblos originarios, sin concesiones ni folklorismo de cartón.
Ese álbum funcionó como territorio común entre mundos que, para muchos, parecían incompatibles. La presencia de Patagonia no fue decorativa ni simbólica: fue estructural, aportando un registro, una estética y una cosmovisión que expandieron el alcance del proyecto. Para el público del metal, su participación fue una puerta directa a otra forma de entender la identidad argentina; para Patagonia, fue la confirmación de que el mensaje también podía viajar sobre distorsión y volumen alto sin perder sentido.
IORIO encontró en RUBÉN una voz auténtica, sin maquillaje cultural ni discurso de ocasión. Y RUBÉN encontró en IORIO un aliado dispuesto a incomodar, a tensar los límites de género y a llevar la discusión identitaria al centro de una escena históricamente asociada a lo urbano e industrial. En ese cruce, la cultura originaria, la tradición criolla y el metal argentino dejaron de ser compartimentos estancos y pasaron a dialogar de frente.
La escena vuelve a cerrarse en la imagen del boliche, el trago de ginebra, las fábulas y la mirada que se escapa hacia el costado del camino, porque “ha nacido tehuelche y antes que nada argentino”. Una definición que no pide permiso y que atraviesa toda su obra, tanto en sus discos solistas como en sus colaboraciones.
RUBÉN PATAGONIA no fue un artista cómodo. Fue un cantor necesario. De esos que no buscan quedar bien, sino decir lo que hace falta decir. Su paso por IORIO & FLAVIO no fue una excepción dentro de su carrera, sino una extensión natural de una postura artística y política que nunca se negoció.
Se va el hombre, queda la voz andando por el sur, por los fogones, por las canciones que siguen girando como el viento patagónico y también por los parlantes del metal argentino, donde su presencia dejó huella. Y mientras alguien vuelva a escuchar esa estampa de Yatel al atardecer, RUBÉN PATAGONIA seguirá ahí, guanaqueando entre la música, la tierra y la dignidad.
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✍🏻 Carlos Noro Comunicador & Periodista
📸 Beti Sánchez
@larompiente.estudiocreativo