SEPULTURA en vivo en Argentina: “El adiós que no pudo cerrar la historia”


Fecha: Martes 6 de octubre de 2026 | Hora: 19 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: C Art Media | Bandas invitadas: NO GUERRA 

El martes 6 de octubre, mientras Lionel Messi jugaba su último partido con la Selección argentina, SEPULTURA se despedía del país en el C Art Media. La coincidencia armó una escena difícil de separar de su contexto: en el Monumental, lleno a reventar, una multitud acompañaba el cierre de una etapa que Messi todavía podrá continuar en el fútbol de clubes; en Chacarita, con el recinto a medio llenar, otra despedida se vivía en una escala mucho menor y con un carácter más definitivo para la historia argentina de la banda. Dos figuras centrales de la cultura popular se encontraban esa noche con el adiós, aunque desde lugares distintos: uno dejaba la camiseta albiceleste; la otra anunciaba el final de su recorrido en vivo.

La distancia entre ambos escenarios no anuló las coincidencias. En los dos casos había canciones y gestos capaces de activar recuerdos compartidos, generaciones que crecieron con esas figuras y una pregunta inevitable sobre lo que queda cuando una presencia habitual se retira. Messi seguirá jugando; SEPULTURA, en cambio, dejará sus canciones en manos de los hermanos Max e Iggor Cavalera a través de otra lectura de su legado. La comparación no pretende emparejar la dimensión de los acontecimientos ni la convocatoria: sirve para ubicar la emoción de una noche en la que Buenos Aires tuvo dos despedidas simultáneas, una multitudinaria y otra íntima, áspera, atravesada por una historia que nunca terminó de resolverse.

SEPULTURA eligió empezar con dos canciones ajenas que, puestas una detrás de otra, funcionaron como una declaración política. War Pigs, de BLACK SABBATH, apunta contra los generales y los políticos que empujan a otros a la guerra y administran sus consecuencias desde lejos; Policía, de TITÃS, dirige la mirada hacia el abuso policial y la violencia ejercida desde el aparato estatal. Una denuncia antibélica y otra antipolicial encontraron un mismo marco: la crítica al poder cuando se vuelve impune y descarga su fuerza sobre quienes tienen menos posibilidades de defenderse. Después, con Inner Self, el riff de Andreas Kisser devolvió el centro a la identidad de la banda: cortante, frontal, sostenido por el bajo de Paulo Jr. y el empuje de Greyson Nekrutman.

En el primer tramo, el repertorio fue alternando clásicos de distintas épocas y canciones menos transitadas en las visitas recientes. All Souls Rising, del EP The Cloud of Unknowing, mostró el costado veloz y áspero de la formación actual: la batería de Nekrutman fue el motor de los cambios, Kisser dibujó riffs compactos y Paulo Jr. sostuvo el peso desde abajo. Desperate Cry, en cambio, desplegó una estructura más amplia, de tensión acumulada y pasajes que se abren antes de volver a la aceleración. Allí el guitarrista pudo trabajar con más matices y la sección rítmica dejó respirar la canción antes de empujarla otra vez hacia el thrash en el contexto de uno de los grandes clásicos del grupo.

Kairos y Means to an End llevaron el show hacia el groove más moderno de SEPULTURA, con una base que combinó precisión y densidad sin perder el pulso físico. En Attitude, la concisión hardcore y la velocidad hicieron que todo se resolviera en un golpe breve, mientras Against y Choke recordaron el período de reconstrucción posterior a la salida de Max Cavalera. Esas canciones no aparecieron como una nota al pie de la historia: llevan décadas formando parte de la identidad de la banda y obligan a escuchar el recorrido de Derrick Green como algo más que una sustitución en una alineación.

Con The Place llegó un cambio de clima. La canción abrió un espacio más contenido y dinámico, con momentos en que el bajo ganó presencia y la guitarra abandonó por un rato la descarga más directa para explorar una forma más progresiva. Al terminar, Andreas Kisser se dirigió al público en castellano: “Siempre vinimos a la Argentina. Es como nuestra segunda casa. La primera fue en un lugar de boxeo. Somos felices acá”. La referencia al lugar de boxeo era a la Federación Argentina de Box, donde SEPULTURA tocó en Buenos Aires el 7 de septiembre de 1990, en su primera presentación en el país. El recuerdo conectó la intimidad de aquel comienzo con la escala de una despedida que, casi cuatro décadas después, encontraba a la banda frente a un público que la había acompañado en Obras, festivales y salas de distintas capacidades.

A partir de ese momento, Kisser presentó The Cloud of Unknowing, el EP de cuatro temas y el único lanzamiento de estudio de SEPULTURA grabado con Greyson Nekrutman. La selección del concierto incluyó All Souls Rising, The Place y Beyond the Dream, tres piezas que muestran distintos ángulos de ese material: la urgencia, la expansión dinámica y una búsqueda melódica más abierta. Beyond the Dream se apoyó en voces limpias y una estructura menos agresiva, un terreno en el que el contraste entre la ambición instrumental de la banda y la expresividad vocal quedó más expuesto.

Derrick Green conserva virtudes y límites que ya forman parte de su historia con SEPULTURA. Su potencia física y su imagen siguen imponiendo presencia, y esta vez llegó con aire a cada frase: fue, probablemente, la ocasión en que mejor cantó en la Argentina, con muy poco recurso al apoyo del público para completar las líneas. Pero el diálogo entre tema y tema continuó siendo escueto, y su color vocal tendió a la monotonía incluso cuando la banda se desplazó hacia estructuras más progresivas. En el costado crudo y primitivo —por ejemplo, en All Souls Rising— tampoco terminó de sobresalir; cuando The Place abrió sus pasajes más complejos, su interpretación pareció aún más descolgada frente al trabajo de Kisser y Nekrutman. Antes de Beyond the Dream, esa distancia se hizo audible en líneas vocales simples y repetitivas, y lo mismo ocurrió en los pasajes limpios de la canción. A eso se suma una comparación que nunca se disipó: Green no terminó de quitarse el peso de haber reemplazado a Max, sobre todo por una diferencia de carisma escénico que la potencia por sí sola no logra compensar.

La escucha también estuvo condicionada por un sonido que, por momentos, perdió nitidez en la mezcla, aunque mantuvo esa crudeza que suele ser parte del impacto de SEPULTURA. Algunos detalles se embarraron cuando guitarra, bajo y batería aceleraron al mismo tiempo, pero la presentación nunca quedó domesticada ni prolija de más: el golpe siguió siendo físico, con una sensación de aspereza que le sentaba bien al material. El público, por su parte, pareció menos reacio que en el show del Teatro Flores a festejar las canciones de la etapa posterior a la formación clásica y a disfrutar del repertorio más allá de esa comparación. Aun así, Desperate Cry, Territory, Dead Embryonic Cells y el tramo final fueron las más celebradas.

La comparación con aquella última visita al Teatro Flores permitió medir los cambios del repertorio. De la lista de 2024 regresaron Policía, Inner Self, Kairos, Attitude, Means to an End, Choke, Escape to the Void, Kaiowas, Arise y los dos temas que cerrarían los bises. En cambio, All Souls Rising, Desperate Cry, Against, The Place, Dead Embryonic Cells, Convicted in Life y Beyond the Dream ampliaron el mapa de esta despedida. Quedaron afuera canciones que habían tenido lugar en Flores, como Dusted, Guardians of Earth, Mind War, False, Biotech Is Godzilla, Agony of Defeat y Troops of Doom. En el medio, la aparición de SEPULTURA en Lollapalooza Argentina 2025 había ofrecido un set más breve, de alrededor de una hora, que ya anticipaba parte de esta selección.

Luego de Escape to the Void, la banda llegó a Kaiowas, una pieza donde la percusión ensanchó el sonido y llevó el concierto a un lugar menos dependiente del riff tradicional. Integrantes de la crew de la banda y del evento se sumaron al círculo rítmico, mientras las pantallas mostraban imágenes del proceso de grabación. En ese recorrido visual, sin embargo, no aparecieron Max ni Iggor Cavalera, pese a que ambos fueron parte de la historia de la canción y de la banda. La omisión dejó una pregunta difícil de esquivar: ¿no habría sido un gran gesto incluirlos y nombrar, aunque fuera por un instante, a quienes también construyeron ese legado? En una noche organizada alrededor de la despedida y la memoria, no mostrar a los hermanos hizo más visible su ausencia y alimentó la sensación de que la historia se estaba contando con algunas páginas arrancadas.

Con Dead Embryonic Cells, el concierto volvió al vértigo de Arise: un riff reconocible, aceleraciones que Nekrutman resolvió con precisión y un estribillo que levantó una reacción inmediata. Convicted in Life, de Dante XXI, añadió un pulso más oscuro y anguloso antes de que Territory endureciera el tramo final con su riff amplio y sus cortes rítmicos. La respuesta allí fue especialmente intensa, como si las canciones más celebradas condensaran la memoria que el público necesitaba llevarse de la noche: el material clásico, la etapa intermedia y la potencia de la banda en su presente.

Fue después de Territory cuando la despedida sumó uno de sus momentos más cálidos. Andreas Kisser presentó a A.N.I.M.A.L. —Andrés Giménez, Titi Lapolla y Marcelo Castro— como “mis amigos” y como precursores del metal argentino, una descripción generosa que la historia local podría discutir, pero que expresaba el afecto entre músicos. Giménez tomó el micrófono y habló desde el lugar del fan: “Yo fui fan como ustedes. Los vi en la Federación de Box y un montón de veces en Obras. Los fui a ver miles de veces. Nos enseñaron el metal latino”. La aparición fue recibida con una ovación y se convirtió en uno de los momentos más celebrados del concierto.

La versión compartida de Refuse/Resist tuvo cuerpo y una energía distinta a la del resto del set. Green y Giménez repartieron las voces sin que la canción perdiera filo; al contrario, el cruce entre ambos le dio una aspereza nueva, mientras Lapolla y Castro reforzaron el empuje de la base junto a Paulo Jr. y Nekrutman. No fue una participación ornamental: A.N.I.M.A.L. entró en la canción como una banda completa, sumó peso, presencia y una historia de intercambio con SEPULTURA que el público reconoció de inmediato. Después, Arise cerró el tramo principal a toda velocidad y con la sala convertida en un bloque de voces y movimiento.

El solo de batería abrió los bises y permitió que Nekrutman ocupara el centro sin el apoyo de las guitarras: técnica, fuerza y control para sostener la atención antes de que el resto volviera al escenario. Ratamahatta recuperó la percusión, el groove y la dimensión más tribal del universo Roots; Roots Bloody Roots, en cambio, fue la descarga final, el riff convertido en canto colectivo y despedida. La sala encontró allí una última oportunidad de responder con el cuerpo a una banda que, incluso con un recinto a medio llenar, conserva canciones capaces de transformarlo todo por unos minutos.

El cierre del show dejó algunas conclusiones claras respecto los que ya no están y en este contexto, la mención a los hermanos Cavalera no es casual. Max e Iggor, fundadores de SEPULTURA, regrabaron bajo el nombre CAVALERA los discos Bestial Devastation, Morbid Visions y Schizophrenia, y en vivo siguen recorriendo ese legado: sus giras recientes se apoyaron primero en la llamada trilogía del Tercer Mundo y luego pusieron el foco en Chaos A.D. No hace falta nombrar canciones para entender lo que esa operación significa: no se limitan a administrar un recuerdo, sino que vuelven a poner en circulación una parte decisiva de la historia que crearon. Si los hermanos estuvieran juntos en el escenario, todo sería distinto para unos y otros: llenarían estadios en Brasil, agotarían sus fechas en la Argentina y ocuparían el lugar de cabezas de cartel en festivales internacionales. Esa posibilidad no borra el presente de SEPULTURA, pero vuelve más difícil ignorar la falta que dejó la separación.

Por eso la noche quedó suspendida entre dos despedidas y dos maneras de cargar con la historia. Mientras el Monumental lleno a reventar acompañaba a Messi en su último partido con la Selección, el C Art Media a medio llenar despedía a SEPULTURA con una mezcla de gratitud, ruido y preguntas todavía abiertas. La banda ofreció una lista extensa, cruzó épocas, celebró a sus amigos y sostuvo hasta el final la potencia de su repertorio; también dejó a la vista los límites de su formación actual y el vacío de quienes no estuvieron. El adiós no clausuró el legado: lo repartió entre los músicos que siguen tocando, los que lo regraban, el público que lo canta y una historia que, justamente porque no se contó completa, seguirá discutiéndose después de que se apaguen los amplificadores.

La apertura de NO GUERRA estuvo a la altura de la exigencia de la fecha y recibió una gran respuesta del público. Después de la intro, La Rebelión en Llamas lanzó el set con una descarga áspera; Se Derrumba su Imperio reforzó el costado combativo, entre riffs densos y una base rítmica de mucho groove, mientras que Miles de Almas sin Paz cargó el repertorio con una denuncia ligada a los desaparecidos de la última dictadura. Guerreros del Tiempo y Puños de Fuego fueron directas y urgentes; Chukinfe y Choiols, en cambio, conectaron el metal con una dimensión ancestral y de identidad originaria que hizo especialmente natural el diálogo con el SEPULTURA de Roots. La banda sonó contundente y definida, sin achicarse ante el escenario ni ante el nombre que encabezaba la noche; el público acompañó con cabeceos, movimiento y pogo. Sus integrantes se mostraron agradecidos y felices por haber podido abrir para un grupo que los marcó y cumplir un sueño. Fue justo que tuvieran esa oportunidad: la recepción confirmó que el vínculo entre ambas propuestas podía funcionar con fuerza propia.

Texto: Carlos Noro

Fotos: Estanislao Aimar
Agradecemos a C+G Prensa por la acreditación al evento.

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