Fecha: Martes 29 de septiembre de 2026 | Hora: 19 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Teatro Flores | Bandas invitadas: HELIOS & SEFIROT
La noche del martes 29 de septiembre no fue una noche más en el calendario. Se festejaban en nuestra tierra los treinta años de una banda que, pese a estar a casi trece mil kilómetros de distancia, marcó a varias generaciones como si fuera local. Esas melodías que hace tres décadas llegaban novedosas desde el viejo continente, abriéndose paso entre un género que ya contaba con numerosos artistas emblemáticos y una escena cada vez más poblada, demostraron que el poder, la velocidad y los sentimientos podían combinarse de manera perfecta sin perder el espíritu metalero.
Por eso, la nostalgia fue probablemente el sentimiento que atravesó toda la jornada. No una nostalgia por lo perdido, sino por la posibilidad de volver a esos años, de reencontrarse con canciones, estrofas y estribillos que marcaron a tantas personas y que, con el paso del tiempo, fueron transmitidos incluso a las nuevas generaciones. Canciones que durante la adolescencia tenían un significado y que, tres décadas después, seguimos escuchando con la misma frescura, aunque ahora acompañadas por los recuerdos de aquella época y del contexto en el que las vivimos.
Todos esos sentimientos, plasmados en catorce canciones, hicieron que la noche tuviera todos los condimentos para convertirse en una fecha especial. Y el público, con un casi sold out, demostró una vez más su amor y vehemencia por quienes fueron el norte, el horizonte musical de muchos de los presentes allá por finales de los 90.
La jornada comenzó con HELIOS. Los oriundos de Zona Sur abrieron el telón para inyectar una buena dosis de heavy metal. Liderados por la potente voz de Marcelo Ríos, supieron aprovechar la oportunidad para imprimir velocidad y contundencia en un repertorio breve, pero efectivo, logrando movilizar a un público que, si bien todavía era escaso debido al horario, despidió a los sureños con una buena cantidad de aplausos.Más allá de su buena performance, el estilo se encontró algo distante de la propuesta general de la noche. La ocasión pedía teclados, melodías y cuerdas, elementos que llegarían más tarde, pero ellos lograron igualmente dejar su sello y demostrar que tienen un camino prometedor por delante.
Pocos minutos después fue el turno de SEFIROT. Los santiagueños arribaron al escenario porteño con cierta calma y tranquilidad, conocedores de lo que significa tocar en aquel lugar. Con una propuesta de metal sinfónico, fueron generando movimiento entre los presentes, quienes acompañaron a la banda desde el primer acorde. La formación integrada por Patricia Giménez en voz, Santiago Díaz en guitarra y coros, Leandro Martínez en batería y Ezequiel Wottitz en bajo, calentó la antesala de la gran noche con una buena dosis de aquello que muchos habían ido a buscar: melodías envolventes, arreglos de cuerdas y canciones pegadizas. Se llevaron así mucho más que aplausos; también la satisfacción de haber contagiado su música a un público que todavía esperaba por el plato fuerte.
Pocos minutos después de las 21 horas, las luces se esfumaron para que una breve introducción dejara paso al ingreso tan esperado. Ovacionados como un equipo de fútbol que ingresa a la cancha, cada integrante tomó posesión de su instrumento y quedó a la espera de la señal.
Con unas breves líneas a capella, Tony Kakko dio inicio al espectáculo con I Have a Right, y que explote Flores. Si bien no es precisamente una canción explosiva, la locura por volver a verlos hubiera convertido incluso una balada en motivo de pogo. Agradecido por la presencia y por la enorme convocatoria, el vocalista dio paso al primero de los grandes clásicos.
“…¿Están listos para rockear?”, preguntó. La respuesta llegó en forma de Black Sheep, haciendo que el piso se transformara en una verdadera hoguera. Saltos sincronizados al ritmo de una de las piezas de Silence, el álbum que consolidó a la banda en los albores de los 2000.
Tras unas breves palabras, haciendo referencia a que la siguiente canción hablaba sobre la importancia de las relaciones humanas y la comunicación, Paid in Full, ya convertida en un éxito, entró en escena para aumentar la presión y hacer que el público volviera a estallar. No hubo uno que no cantara. La introducción y los riffs se coreaban desde las entrañas, algo muy característico de nosotros, los argentinos, capaces de cantar incluso aquello que no tiene letra.
Hay algo particular en esta canción: pertenece al disco Unia, donde la banda atravesó una mutación importante. Si bien Reckoning Night ya mostraba una tendencia hacia el cambio, Paid in Full formó parte de una etapa en la que SONATA ARCTICA se alejó del tradicional power metal para incorporar elementos más progresivos y algunos destellos pop. Inicialmente encontró resistencia entre los más tradicionalistas, pero con los años fue ganando adeptos y hoy ocupa un lugar fundamental dentro de la historia de la banda.
Como era de esperar, el cierre llegó con el tan anhelado “…¡olé, olé, olé!” que todo músico quiere escuchar. Las caras de los protagonistas lo decían todo. Portimo parecía estar en Disney. Disfrutaba como si fuera la primera vez que pisaba nuestra tierra y mantuvo una sonrisa de felicidad de principio a fin. Tras ese emotivo momento, y bajando varios cambios, apareció una rareza: Last Drop Falls. Un extraordinario tema de Silence que la banda únicamente había interpretado anteriormente en 2014 en nuestro país. Una canción que exprime el costado más sensible de la banda y consigue que el público aflore el suyo. Así se vivió desde el piso: brazos en alto, balanceándose de un lado al otro, y una multitud cantando hasta la última palabra. Y, por si fuera poco, Kakko cerró el momento formando un corazón con sus manos.
Pero todavía quedaba muchísimo por delante. Hasta ese momento no habíamos tenido un verdadero golpe de power metal, hasta que Victoria’s Secret dijo presente. Una revolución absoluta se vivió en Flores. La magia que emanan los teclados de Henrik Klingenberg pareció mover montañas y el resultado fue un verdadero sismo. La gente, completamente enajenada, saltaba y cantaba al unísono, hipnotizada bajo las melodías de una de las piezas más emblemáticas de la banda. Y los gestos de los músicos eran únicos: todos parecían embelesados con la energía del público argentino. Otra vez, un nuevo “…¡olé, olé, olé!” ensordeció el recinto y dejó verdaderamente estáticos a los artistas. Las caras de Elias y Pasi denotaban un nivel de alegría imposible de disimular.
Como en toda tormenta, después de los momentos más intensos llega la calma. Y con ella apareció nada más y nada menos que Tallulah. Clásico de clásicos que obligó a todos a dejar los pies en el piso, pero arrancarse el corazón y elevarlo al aire. Si Last Drop Falls resulta emotiva, esta la doblega hasta el punto de hacer piantar un lagrimón. Tal es la devoción que genera que el público, en su totalidad, cantó incluso el solo de Elias como si tuviera letra. Sin dudas, uno de los momentos más altos de la noche. Pero la historia no terminaba ahí. Aprovechando el envión, casi sin anestesia, decidieron poner una canción que revalidara todo lo hecho hasta entonces. Si querían aumentar la presión en la hoguera, lo consiguieron: 8th Commandment, señoras y señores.
Este tema de Ecliptica, probablemente uno de los más veloces del disco, es una inyección de adrenalina. Y la prueba estuvo en el sismo provocado por la gente. No tengo dudas de que el piso se movió. Tanta gente saltando al mismo tiempo y con semejante vehemencia tiene que, indefectiblemente, generar algo.
Tras el torbellino llegó, casi sin sobresaltos, Closer to an Animal. Si bien fue bien recibida por el público, todavía no encontró ese lugar de infalible que poseen otros clásicos de la banda. Su sucesora, en cambio, sí lo hizo.
Antes de comenzar Letter to Dana, Tony contó que, durante los primeros tiempos de la banda, allá por 1996, cuando todavía tocaban covers de MEGADETH, surgió esta canción como la primera composición de SONATA ARCTICA. Por eso significa mucho más para ellos que una simple pieza del repertorio: es la composición que, de alguna manera, dio inicio a todo el proyecto. Así, con la tan peculiar melodía de flauta, comenzó la canción. La respuesta fue inmediata y absoluta. El Teatro de Flores cantó esas melodías desde lo más profundo del alma, convirtiendo el recinto en una enorme voz colectiva.
Y como un tren que se niega a detenerse, White Pearl, Black Oceans… continuó el espectáculo sin descanso. La intensidad volvía a subir y la banda aprovechaba cada minuto para recorrer distintas etapas de su extensa carrera.
Retomando el asunto de las rarezas y de aquellas canciones que pocas veces llegan a los escenarios, apareció Shy. Tras el abandono de gran parte de la banda, Kakko y Henrik quedaron en solitario para interpretar este tema de Successor (2000), que por primera vez sonaba en Argentina. Y sin dudas trajo sonrisas para muchos. Porque, si bien desde lo musical no empuja como otras composiciones del repertorio, sí lo hace desde la letra y, fundamentalmente, desde la nostalgia.
Llegando así a la previa de los bises, ¿qué mejor manera de prepararla que con FullMoon? Prácticamente sin pausa, engancharon con este caballo de batalla de los finlandeses. Si en algún momento un show decae —algo que claramente no fue el caso—, esta canción tiene el poder de resucitar muertos. Y si el piso ya estaba caliente, con esto terminó de incendiarse. No quedó rincón de Flores sin saltar al ritmo de “…She should not lock the open door, run away, run away, run away”. Así, con la frente en alto y el pecho hacia adelante, se alejaron del escenario para una breve pausa mientras escuchaban de fondo un nuevo “…¡olé, olé, olé!”, mucho más ruidoso que los anteriores.
De la misma manera regresaron. Y mientras el cántico continuaba, demostrando una vez más la fidelidad de un público hacia su banda, nuevamente fueron las caras de los músicos las que hablaron sin emitir sonido. Quedaron estupefactos ante la reacción de la gente. No hay mejor demostración de fidelidad que esa.
“…Siempre digo que la mejor audiencia está acá”, expreso su vocalista. Y con esa frase llegaron los últimos dos capítulos de la noche.
Primero The Last Amazing Grays y, para el cierre definitivo, Don’t Say a Word, encargada de exprimir hasta la última gota de energía que quedaba en el Teatro de Flores.
SONATA ARCTICA sabe que venir a Argentina no es una parada más dentro de su extensa gira. Acá no hay una fecha más. Acá se los recibe como héroes de guerra, se los enaltece al nivel de la nobleza y se les profesa una devoción casi religiosa. Y eso resulta todavía más significativo después de treinta años. La banda atravesó cambios de formación y, quizás más importante aún, una transformación profunda en su estilo. Sin embargo, siempre mantuvo una línea en sus letras y en aquello que quería transmitir. La esencia permaneció.
Esa esencia fue suficiente para que aquel público que los descubrió en los 90 continuara acompañándolos tres décadas después, incluso cuando quienes estaban sobre el escenario ya no son exactamente los mismos y la música tampoco.
El show volvió a demostrar que la química entre el público argentino y los finlandeses continúa más vigente que nunca. Treinta años después, aquella banda que llegó desde casi trece mil kilómetros de distancia sigue siendo capaz de hacer temblar Flores, emocionar a varias generaciones y recordarles a todos por qué alguna vez se convirtió en el norte, el horizonte y la banda sonora de tantos.
Texto: Santiago Izaguirre
Fotos: Adrián Brizuela
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