Fecha: Martes 31 de marzo, 2026 | Hora: 20 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Estadio River Plate | Bandas invitadas: ERUCA SATIVA – THE PRETTY RECKLESS
La tercera noche de AC/DC en River no remitió solamente a la euforia de 2009: también obligó a medir todo lo que cambió entre aquellas jornadas del Black Ice World Tour y este regreso. Entonces, la formación que quedó registrada en Live at River Plate tenía a Brian Johnson, Angus Young, Malcolm Young, Cliff Williams y Phil Rudd. Esta vez, en cambio, Angus y Brian aparecieron al frente de una versión inevitablemente distinta de la banda, completada por Stevie Young, Matt Laug y Chris Chaney. Entre un River y otro, AC/DC perdió a Malcolm como pieza central, dejó atrás el retiro de Cliff Williams y atravesó reacomodamientos que alteraron un engranaje histórico. Y también cambió el lugar simbólico del grupo: en 2009 seguía siendo una de las grandes bandas de rock del presente; hoy vuelve como una leyenda activa en un tiempo en el que ese trono del rock masivo parece, al menos por ahora, vacante. Aunque esa, claro, sea otra crónica.
Por eso, la fecha del 31 de marzo no se jugaba únicamente en el terreno de la nostalgia. Lo que estaba en discusión era otra cosa: si AC/DC todavía podía convertir su peso histórico en un show realmente arrollador. Y ahí la respuesta fue bastante menos lineal de lo que sugería la previa. El recital no fue malo, ni mucho menos. Tampoco fue una postal humillante de decadencia. Pero estuvo lejos de esa clase de noche en la que la banda arrasa sin discusión. Hubo oficio, hubo canciones gigantes y hubo fervor popular. Lo que faltó por momentos fue continuidad, presión escénica y esa sensación de “de banda que te pasa por arriba” que alguna vez supo volverla invencible.
Desde el comienzo apareció una primera marca de esa irregularidad: demasiado espacio entre tema y tema. No se trató de pausas insoportables, pero sí de pequeños cortes que fueron enfriando el impulso de un show que, por repertorio y por naturaleza, debería avanzar como una topadora. En una banda como AC/DC, donde casi todo depende del golpe inmediato, esas respiraciones de más se notan. No rompen el recital, pero le sacan combustión para que todo se prenda fuego y se retroalimente. En lugar de una masa compacta de riffs y coros, por momentos el show quedó más cerca de una sucesión de momentos individuales que de una verdadera aplanadora en movimiento. Y eso resultó todavía más visible en un repertorio de 20 canciones más bises, armado para no dar respiro: después de la intro, la banda abrió con If You Want Blood (You’ve Got It), una declaración de principios que encendió de entrada el costado más salvaje del cancionero; siguió con Back in Black, recibida como uno de esos himnos que el público no escucha sino que directamente habita; metió enseguida Demon Fire, que aportó un nervio más áspero y actual, y Shot Down in Flames, con ese pulso insolente que sigue teniendo algo de callejón, de pelea y de mugre rockera. Desde ahí intentó sostener una lógica de impacto continuo que no siempre terminó de consolidarse.
Brian Johnson fue, naturalmente, el punto más expuesto de la noche. No por falta de entrega ni de carisma, sino porque el estado de su voz ordenó buena parte de la percepción general del show. Hubo temas que le quedaron cómodos y hasta convincentes. Have a Drink on Me fue uno de los mejores ejemplos: ahí la canción pareció acomodarse a sus posibilidades actuales y el resultado funcionó realmente bien, con una cadencia más reposada y una ironía canchera que todavía sabe habitar. Algo parecido pasó con Sin City, donde Brian encontró un terreno más amable y pudo afirmarse con una soltura que en otros momentos no apareció. En cambio, tanto Hells Bells como Highway to Hell dejaron ver con más crudeza el desgaste: la primera casi recitada por tramos; la segunda, evidentemente trabajosa, sacada adelante con esfuerzo y con una ayuda decisiva de la gente, que la transformó casi en un himno de tribuna. Ahí estuvo una de las claves de la noche: varias canciones no se sostuvieron por la plenitud vocal de Brian, sino por la memoria emocional del estadio. River acompañó, completó, empujó. Y eso salva mucho, pero también dice bastante. A eso se sumó otro detalle imposible de pasar por alto: por momentos se lo veía exhausto, saliendo rápidamente hacia detrás de escena entre tema y tema, incluso antes de que todo terminara del todo, como si estuviera aprovechando cada segundo posible de descanso. En una noche exigente, marcada por el calor y la humedad, esa necesidad de administrar el cuerpo quedó tan expuesta como las propias limitaciones vocales.
No fue casual que algunos de los mejores momentos aparecieran justamente cuando la banda encontró cadencias más favorables o estribillos capaces de compensar limitaciones. Stiff Upper Lip anduvo bien por eso mismo: por el pulso, por la forma en que se apoya en los coros, por un fraseo menos exigido en lo agudo y más agradecido para una voz curtida. Jailbreak también funcionó porque se contagió del clima y terminó creciendo desde la respuesta colectiva: hay en ese tema una épica de fuga, de relato abierto, que en vivo permite que el estadio entre en la canción de una manera más física. Incluso en Dirty Deeds Done Dirt Cheap hubo un momento puntual, casi gracioso, en el que Angus completó algunas frases, más como un gesto de escena que como un verdadero sostén del tema. Alcanzó para distender la situación, sumar complicidad con el público y darle al recital una cuota de desparpajo. En otros casos, como Shoot to Thrill o You Shook Me All Night Long, la banda se apoyó en el peso casi automático del repertorio: canciones demasiado grandes como para caer del todo, aunque no necesariamente convertidas esta vez en picos aplastantes. En la segunda, además, se sintió con claridad esa alegría instantánea que producen ciertos clásicos: la cancha respondió con una mezcla de sonrisa, coro y recuerdo compartido, como si durante unos minutos bastara con estar ahí para que todo cerrara.
Eso vuelve más interesante la lectura del recital, porque obliga a salir del simplismo. No fue simplemente “Brian estuvo mal” ni tampoco “Brian sigue impecable”. Lo que se vio fue otra cosa: un cantante histórico manejándose dentro de un margen más acotado, eligiendo mejor sus momentos, apoyándose en ciertas canciones y padeciendo otras. La diferencia con otros tiempos es evidente. La dignidad con la que lo resuelve, también. La reseña honesta está en ese medio, no en la crueldad fácil ni en la indulgencia automática.
Thunderstruck expuso como pocas el principal límite de la noche. No fue solo una canción difícil para Brian Johnson: fue uno de los escasos momentos en que toda la banda sonó forzada. A Angus Young le costó hacer pie en el riff inicial, Brian padeció el filo de una melodía que ya no parece quedarle cómoda y el resultado estuvo lejos de la violencia eléctrica que alguna vez convirtió al tema en una pieza temible. Lo más llamativo fue que ni siquiera el entusiasmo previo del estadio alcanzó para empujarla del todo: se la esperaba como uno de los grandes mazazos de la noche y terminó dejando una sensación más bien incómoda, como cuando un clásico enorme aparece, sí, pero no termina de encenderse. En ese sentido, la canción condensó un problema más amplio: a lo largo del show hubo profesionalismo, clásicos y oficio, pero faltaron filo, peligrosidad y agresividad. Es decir, faltó justamente eso que durante décadas hizo de AC/DC algo más que una máquina de hits: una banda capaz de sonar como una amenaza.
Y precisamente por eso Sin City resaltó tanto. Sonó tan bien, tan sucia, provocadora, pendenciera y guarra, que por unos minutos AC/DC fue exactamente la máquina de rock and roll que se esperaba ver durante toda la noche. Ahí sí apareció algo del filo, de la mugre y de la amenaza que en otros tramos del show habían faltado. Fue, probablemente, el gran momento del recital en términos de ejecución e interpretación: Brian Johnson encontró una zona mucho más cómoda, la banda se acomodó alrededor suyo con naturalidad y el tema respiró con una soltura infrecuente en el resto del set. Tan bien funcionó que, en el espacio que quedó entre canción y canción, la gente se quedó coreando el riff: fue el único momento de toda la noche en que ocurrió algo así, como si el público quisiera estirar un poco más ese raro instante en que la banda logró sonar exactamente como su mito.
Angus Young, como era esperable, siguió siendo el gran corazón del espectáculo. Pero incluso ahí conviene afinar la mirada. No alcanzó con decir que estuvo “enorme”, porque eso ya viene escrito desde antes de entrar al estadio. Lo que hizo fue sostener la identidad dramática del show casi por su cuenta en varios pasajes. Shot in the Dark fue, desde lo musical, uno de los puntos más altos, y dejó además una de las mejores imágenes de la noche: Angus haciendo ese paso mínimo sobre la pasarela antes del solo, como si todavía pudiera condensar todo el ADN de la banda en un gesto corporal ridículo y perfecto al mismo tiempo. Más adelante, en High Voltage, llegó otro gran momento, con la banda frenando en el medio para elogiar a Buenos Aires y reforzar ese vínculo histórico con el público local; además, el tema incluyó un fragmento de Bad Boy Boogie, uno de esos guiños que expanden el clima y conectan distintas capas del repertorio. Ahí el estadio respondió con una euforia muy reconocible, de esas que mezclan orgullo local con la sensación de estar participando de una historia larga entre la banda y la ciudad. Incluso Riff Raff, ya en el tramo final, aportó un poco de esa aspereza vieja que le sienta mejor al grupo que las canciones donde todo depende de sostener un filo vocal hoy más frágil: fue un momento más seco, más rígido, menos celebratorio, pero justamente por eso más rockero.
Pero el gran bloque dramático del tramo final apareció con Let There Be Rock. En esa canción, el segmento de Angus en soledad se extendió durante unos veinte minutos. Fue, sin dudas, uno de los grandes momentos de la noche: recorrió todo el escenario, administró la tensión con oficio y terminó sobre la batería en una postal de manual. Pero también dejó una impresión ambigua. Por un lado, confirmó que sigue siendo el gran imán visual de AC/DC, el único capaz de volver acontecimiento un exceso tan largo. Por otro, expuso hasta qué punto el show necesitó recostarse en su figura para recuperar una intensidad que el formato grupal, por sí solo, no siempre lograba sostener.
Ahora bien: que Angus haya sido el motor no significa que todo lo que lo rodeó haya tenido la misma intensidad. Ahí aparece otra crítica posible al recital. La formación actual cumple, suena sólida, funciona. Pero a veces transmite más corrección que peligro. Stevie Young sostiene con profesionalismo una tarea ingrata, que no es solo ocupar el lugar de Malcolm sino intentar recuperar una forma de tensión rítmica irrepetible. Matt Laug y Chris Chaney arman una base firme, sin fisuras graves, pero el conjunto no siempre tuvo ese filo insolente que distinguía a la banda cuando parecía capaz de desarmar un estadio con tres acordes. En la tercera noche en River, AC/DC sonó eficaz casi todo el tiempo; incendiaria, bastante menos.
Eso se notó también en la lógica del repertorio. Sobre el papel, el show tenía todo para imponerse sin discusión: una sucesión de clásicos gigantes, un cancionero a prueba de balas, temas que forman parte de la educación sentimental de varias generaciones. Y sin embargo, justamente ahí apareció otra cuestión: el recital quedó muy recostado sobre el poder estructural de esas canciones. Cuando sonaron esos temas enormes, River explotó. La cuestión es si la banda generó en presente una combustión equivalente al tamaño de ese cancionero. Y ahí la tercera fecha dejó dudas. Muchas veces el estadio respondió porque esas canciones ya viven en la memoria del público. No siempre porque lo que estaba pasando arriba del escenario fuera musicalmente demoledor en tiempo real. Whole Lotta Rosie volvió a funcionar como ese carácter casi festivo y desbordado que siempre la convierte en un pico de excitación popular; T.N.T. reactivó el costado más primario y tribal del show, con miles de voces entregadas a un estribillo que parece diseñado para ser rugido antes que cantado; y For Those About to Rock (We Salute You) mantuvo intacta su condición de cierre ceremonial, una especie de marcha triunfal para despedir a una multitud exhausta pero todavía enchufada. Pero incluso en esos momentos la impresión dominante fue la de una banda sostenida por la potencia monumental de su obra más que por una noche realmente feroz de punta a punta.
Eso no invalida el show. Lo pone en escala. Porque también sería absurdo negar que hubo momentos de auténtica comunión. Cuando Hells Bells quedó casi recitada, la gente acompañó y la sostuvo, como si se negara a dejar caer uno de los grandes símbolos del repertorio.En Jailbreak y High Voltage se produjo ese contagio clásico en el que ya no importa tanto el detalle técnico sino la sensación de que estadio y banda se arrastran mutuamente. Ahí apareció la mejor versión posible de esta etapa de AC/DC: una banda que ya no domina siempre desde la ejecución pura, pero que todavía sabe activar una respuesta colectiva descomunal. River, de hecho, funcionó muchas veces como un segundo motor del recital: menos como espectador y más como parte activa de una maquinaria emocional que se negó a apagarse incluso en los tramos más irregulares.
Tal vez ese sea el punto más justo para leer la noche. La tercera fecha en River no fue una estafa ni un trámite vergonzoso. Tampoco fue el regreso arrasador que hubiese permitido hablar de una vigencia intacta sin matices. Fue el recital de una banda gigantesca que conserva símbolos, repertorio, oficio y una relación histórica con Buenos Aires, pero que ya no puede garantizar una intensidad constante durante toda la noche. Por eso hubo picos muy altos y zonas de menor voltaje. Por eso convivieron la emoción genuina y cierta sensación de distancia. Por eso el show funcionó mejor cuando encontró canciones cómodas para Brian, cuando la gente empujó y cuando Angus logró tomar el control narrativo del escenario.
Y sin embargo, incluso en una noche irregular, hubo imágenes y señales capaces de devolverle al recital una dimensión casi física. Cuando Angus Young salía disparado hacia el medio del estadio haciendo su pasito por la pasarela, la sensación era que todo podía prenderse fuego de un momento a otro, como si la banda recuperara ahí una energía descomunal y la convirtiera en una descarga inmediata sobre River. Algo parecido pasó al final, con el saludo de los cañones en For Those About to Rock (We Salute You): cada estampido cayó como un disparo al corazón rockero, como una firma brutal de una liturgia que, incluso cuando ya no resulta perfecta, sigue conservando una potencia emocional muy difícil de igualar. Y en ese final también quedó otra imagen elocuente de Brian Johnson: por momentos se lo vio agacharse y tomarse los muslos en una muestra seria de cansancio, como si el cuerpo estuviera avisando con crudeza el esfuerzo que había supuesto atravesar semejante noche. En un día pesado, de mucho calor y humedad, ese agotamiento visible terminó de darle a la escena un espesor humano imposible de ignorar.
También sorprendió que el show no tuviera un despliegue visual mayor, más allá de algunos efectos sobre las imágenes que iban sucediendo en la pantalla. Para una banda de este tamaño, y para una serie de estadios tan esperada, podía imaginarse una apuesta más ambiciosa en ese terreno. Tal vez la decisión fue justamente la contraria: mostrar a AC/DC tocando sin demasiados aditamentos, sin una sobrecarga escénica que desviara la atención de lo esencial. En ese sentido, incluso el cumpleaños de Angus —que ocurría esa misma noche— no tuvo ningún impacto visible en escena. No hubo subrayado, celebración especial ni intento de volver excepcional aquello que, para la banda, debía responder a otra lógica. AC/DC pareció respetar hasta el final una idea muy clara: que cada persona, en cualquier parte del mundo, debía ver el mismo show.
En definitiva, AC/DC volvió a River y confirmó dos cosas al mismo tiempo. La primera: que su leyenda sigue siendo lo suficientemente enorme como para llenar un estadio y convertir cada clásico en un episodio de fervor colectivo. La segunda: que ya no alcanza con la leyenda para hacer de cada noche una demolición perfecta. En esta tercera fecha hubo grandeza, sí, pero una grandeza rugosa, intermitente, más sostenida por el peso de una historia monumental que por una performance completamente arrasadora. Y quizá ahí esté, precisamente, la verdad del show: no en el espejismo de una banda intacta, sino en la persistencia orgullosa, humana y desigual de un gigante que todavía sabe golpear, aunque ya no todo el tiempo con la misma fuerza.
Y sobre todo quedó otra cosa, más difícil de escribir y probablemente más importante. Una tristeza de fondo, silenciosa, que no dominó el recital pero sí lo atravesó. La sensación de que, más allá de la convocatoria monstruosa y de ciertos momentos todavía electrizantes, resulta poco probable que AC/DC vuelva otra vez. Esa sospecha le dio al cierre un espesor distinto. Porque entonces los cañones no sonaron solo como el final lógico de un show gigantesco: sonaron también como la despedida posible de una banda que, incluso lejos de su versión más temible, sigue teniendo el poder de golpear donde más duele. En el corazón rockero, justamente ahí.
THE PRETTY RECKLESS, una apertura con oficio
Antes de que AC/DC saliera a escena, THE PRETTY RECKLESS asumió con bastante autoridad el papel siempre ingrato de abrir una noche de estadio cargada de expectativa ajena. Y lo hizo con un repertorio bien pensado para ese contexto: arrancó con Death by Rock and Roll, que funcionó como una declaración inmediata de energía y actitud; pasó por Since You’re Gone y Follow Me Down, donde apareció una veta más sexy y movediza; sostuvo el tono con Only Love Can Save Me Now, For I Am Death y Witches Burn, tres temas que le dieron al set una densidad más pesada y un aire entre clásico y contemporáneo; y terminó de afirmarse con una seguidilla efectiva formada por Make Me Wanna Die, Going to Hell, Heaven Knows y Take Me Down. No estuvo ahí para robarse la noche, pero tampoco para cumplir de manera invisible. A la banda se la nota con oficio, con experiencia para pararse en un escenario de ese tamaño sin quedar aplastada por el contexto, y con una identidad bastante clara, capaz de alternar momentos más zeppelianos con otros de una contundencia más moderna. En el centro de todo eso, Taylor Momsen dejó claro que sabe perfectamente de qué se tratan estos lugares y cómo potenciarlos desde una presencia escénica cargada de sensualidad, desparpajo y carisma rockero. El público, lógico, todavía estaba entrando del todo en clima y reservaba su gran explosión para el plato principal, pero la banda consiguió algo nada menor: captar atención real, sumar aplauso genuino y dejar la sensación de que no había una simple telonera en escena, sino un grupo con oficio suficiente para sostener con personalidad propia el arranque de una ceremonia descomunal.
Texto: Carlos Noro
Fotos: Producción
Agradecemos a Silvana Gomez Caje por la acreditación al evento.
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