Fecha: Viernes 24 de abril, 2026 | Hora: 20 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Movistar Arena | Banda invitada: GÉNOVA
Cuando uno entra al Museo del Prado, por ejemplo, y observa obras como El 3 de mayo de 1808 de Francisco de Goya, contempla mucho más que un simple cuadro. Es la sumatoria de muchos factores que confluyen dentro de él y que lo convierten en algo único, especial. En primera instancia está el nombre de quien realizó dicha pintura. Ese nombre trae toda una historia de vida consigo que indefectiblemente está plasmada en ese lienzo, en cada pincelada y en cada detalle. Por otro lado, está el contexto en el que fue realizado, considerando no solo el tiempo y espacio, sino las técnicas de la época y los materiales utilizados. Y, por último, aunque no menos importante, está lo que refleja el cuadro: qué quiso transmitir el artista. Don Francisco decía que para él sus cuadros no eran simples objetos, sino que trataba de crear con ellos un móvil de instrucción moral. Tenían un fin mucho más ambicioso que solo ser parte del mobiliario de un dormitorio real. Quería dejar con ellos un legado que trascendiera lo visual.
El viernes 24 de abril, el Movistar Arena se convirtió, de manera análoga, en el Museo del Prado, mientras que DREAM THEATER era Francisco de Goya y el show presentado fue la obra El 3 de mayo de 1808. Los oriundos de Boston, retomando el paralelismo con la pintura, ofrecieron mucho más que un simple espectáculo. Cada letra que se interpreta es parte del alma e historia de los músicos, mientras que cada nota, cada acorde y cada golpe de batería son muestras de emociones que llevan dentro y que los han forjado en lo que son hoy en día. En cada tema se pueden desmembrar fragmentos alegres, tristes, eufóricos y demenciales, como así también esperanzadores y emotivos, que son muestra de sus propias vivencias. Y si los contextualizamos en sus inicios, fueron pioneros en un mundo que iba en otra dirección, donde el hard rock y el heavy metal dominaban la escena, mientras el thrash comenzaba a emerger con fuerza. Ellos no querían solo hacer música, querían dejar un legado. No era un asunto meramente comercial. Querían algo que nutriera al mundo por encima de lo netamente melódico, y vaya que lo lograron. Por todo esto es que presenciar un show de los norteamericanos es, al igual que un cuadro, contemplar mucho más que solo música. Y si podemos hacer, a modo de broma, una última comparación, tanto los músicos como los cuadros son inmóviles. Esto no es novedad y quien los presencia no espera una gran performance con saltos o bailes arriba del escenario. Es una actuación sobria, casi robótica, pero impoluta y digna de contemplar por horas, tal como sucedió en esta oportunidad.
En esta ocasión, la obra a presentar era nada menos que Parasomnia en su totalidad, sumado a otros clásicos. Este último disco, que vio la luz en enero de 2025, no es uno más en su extensa biblioteca. Marca el retorno de quien para muchos no solo es uno de los bateristas más virtuosos que el mundo vio nacer, sino también el alma y el corazón creativo de la banda. Un hombre que todo lo que ha tocado lo ha transformado en oro y que, donde pisa, enraíza a los demás con su experiencia tanto técnica como emocional: Mike Portnoy, señoras y señores. Tras su reincorporación en DT, lo que más entusiasmaba a sus seguidores era, justamente, esa creatividad que parecía haber mermado durante su ausencia. Durante los años que estuvo lejos, salvo algunas excepciones, la banda cayó en una especie de laberinto en donde parecían no poder encontrar la salida. Y no es casualidad que la salida de dicho embrollo llegara de la mano de la reincorporación del baterista original y fundador con un álbum, que a pesar de las dudas, posicionó a los norteamericanos en el centro de la escena nuevamente.
La jornada inició tal como estaba anunciada. A las 21 hs las luces se esfumaron para dar comienzo a In the Arms of Morpheus y que, de a poco, los músicos fueran tomando posesión del escenario, seguidos de una ovación absoluta. Si bien la expectativa era inmensa, esa inmensidad no se tradujo en cantidad de personas lamentablemente, ya que el recinto parecía estar en un 60 % de su capacidad. Esto tiene lógica desde el punto de vista coyuntural argentino, sumado a la cantidad de grupos que nos visitaron y siguen haciéndolo, con un público que poco se renueva, lo que obliga a elegir bien en dónde invertir cada moneda.
Con una ambientación escueta, pero bien definida hacia la temática del disco a presentar, ya desde los primeros golpes de platillos se vio a un público enardecido y devoto, con un “affair” especial hacia el baterista, que parecía disfrutar de su retorno al país. Si bien los ojos estaban puestos mayormente sobre él, en este tema introductorio se lucieron todos, ya que es un instrumental donde aprovecharon para dejar a flor de piel sus virtudes. Imposible no venerar a John Petrucci quien, fiel a su estilo, siempre firme como una estatua frente a un micrófono por si debía hacer coros, hizo magia con la guitarra, logrando que el público coreara riffs y solos como si de letras se tratase. Y al igual que los ya mencionados músicos, hicieron su parte John Myung (bajo), quien parece no envejecer tanto desde lo técnico como desde su aspecto físico, y qué decir del inigualable Jordan Rudess, quien hizo bailar, casi literalmente, esos teclados, moviéndolos en todas direcciones.
Finalizado el primer tema, Night Terror dio paso al ingreso del último miembro. Nada menos que la voz. El frontman. James LaBrie, elevando aún más la temperatura en la sala. Recordemos que LaBrie venía siendo juzgado en los últimos años por la forma en que sus registros en vivo habían sido alterados, no logrando llegar de manera nítida y prolija a esa voz que una vez supo conquistar a propios y ajenos. Por ende, su performance (a pesar que la del 2024 no había estado nada mal) iba a estar bajo la lupa de todos. Dicho esto, su primera participación fue yendo de menor a mayor, dejando una impresión muy satisfactoria, aunque todavía restaba mucho tramo por delante. Con una batería rabiosa, A Broken Man continuó tal como indica el disco y generó un nuevo delirio masivo entre la gente, que en más de una oportunidad se atrevió a poguear fuerte, algo que no suele ser moneda corriente para esta banda. Entre imágenes relacionadas con la historia que cuenta este nuevo álbum, que atravesaban el ancho del Movistar tras los músicos, llegó uno de los momentos más calientes de la noche. El primero de varios: Dead Asleep. Este tema, con su corto tiempo de vida, se ha convertido en uno de esos infalibles e infaltables de cada setlist. Contiene todos los condimentos para hacer delirar a la gente, ya que entrelaza muchas épocas de la banda en poco más de once minutos. Revalidando lo dicho, LaBrie continuó con su voz en alza, mientras Petrucci, Rudess y Portnoy jugaron en complicidad durante un solo que va aumentando su velocidad y nos pasea por muchos estilos.
Siguieron Midnight Messiah y Are We Dreaming?, con un solo muy elaborado y emotivo de Rudess, quien se llevó desde el campo un fuerte cántico al ritmo de “…pelado, pelado”, hasta la antesala del cierre del disco con Bend the Clock. Si bien este último baja mil revoluciones frente a los anteriores, cuenta con uno de los mejores solos del disco y probablemente esté dentro de los diez mejores de toda su historia. Lo hecho por Petrucci acá es de otro planeta. Está a otro nivel. De una melodía limpia y envolvente, casi ambiental, se torna violenta y desgarradora, imprimiendo una velocidad impresionante. Como era de esperar, esto trajo aparejada una lluvia, una catarata de aplausos que hicieron sonrojar al guitarrista. Si bien sabe de lo que el público argentino es capaz, se llevó una grata sorpresa al ser ovacionado de esa manera. Con los celulares y los brazos moviéndose de un lado al otro, llegó el cierre de la primera parte de la mano de The Shadow Man Incident, la canción más extensa de Parasomnia, que de a poco nos fue despidiendo para el intervalo y así hacer descansar los músculos de los músicos por unos veinte minutos.
Habiendo regresado todos a sus asientos, el segundo acto comenzó con un setlist cargado de clásicos y, curiosamente, con una decisión bastante particular. The Enemy Inside fue el único tema de la era Mangini elegido para la noche, algo que inevitablemente deja una lectura entre líneas: DREAM THEATER parece no tener demasiado interés en aferrarse a esa etapa de su historia. Claro que también resulta más natural para Mike Portnoy interpretar material que compuso y conoce de memoria, pero ninguna de las canciones creadas durante su ausencia representa una imposibilidad técnica para él. Por eso mismo, la sensación es que se trata de un período al que, al menos por ahora, prefieren no volver demasiado.

Más allá de esa cuestión, The Enemy Inside funcionó como una auténtica descarga de energía. Pesada, dinámica y demoledora, convirtió al estadio entero en un movimiento sincronizado de saltos y puños en alto. Apenas bajando las pulsaciones apareció A Rite of Passage, única representante de Black Clouds & Silver Linings, antes de desembocar en el inseparable dúo conformado por Through My Words y Fatal Tragedy. Melancolía y potencia en partes iguales. Desde los primeros acordes, el clima en el campo se volvió una explosión de euforia y devoción absoluta. El público respondió como si estuviera frente a un himno generacional, y no es casual: Scenes From a Memory, probablemente el disco más emblemático y convocante de la banda, posee esa rara cualidad de convertir cualquier fragmento en un momento épico.
Luego de semejante pasaje emocional, The Dark Eternal Night irrumpió para volver a endurecer el ambiente y preparar el terreno para otro de los grandes momentos de la noche. Peruvian Skies, ya de por sí una composición extremadamente efectiva en vivo gracias a sus cambios de dinámica y su crecimiento progresivo, incluyó además dos guiños inesperados. Primero apareció un fragmento de Wish You Were Here de PINK FLOYD y, casi sin transición, la banda enlazó con Wherever I May Roam de METALLICA. El resultado fue inmediato: una verdadera avalancha humana en Villa Crespo que hizo temblar el estadio de Atlanta.
Con el público todavía incendiado, llegó Take the Time como cierre previo a los bises. Se trata de un tema poco frecuente en vivo y que resume, como pocos, la esencia más pura de DREAM THEATER: esa combinación entre virtuosismo, groove, complejidad y sensibilidad melódica que obliga a detenerse, escuchar y analizar cada detalle. La interpretación de John Myung fue directamente descomunal, replicando sobre el escenario cada línea de bajo con una precisión quirúrgica, como si todavía estuviera grabando el disco a comienzos de los noventa.
Tras abandonar brevemente el escenario, la banda regresó para el tercer y último acto de la noche: la interpretación completa de A Change of Seasons, celebrando los treinta años de su lanzamiento. Desde el comienzo quedó claro que no sería simplemente otro cierre de show. Mientras en las pantallas aparecían fragmentos de Dead Poets Society, la voz en off repitiendo “Carpe Diem” comenzó a funcionar como un hilo conductor emocional que reaparecería en distintos momentos de la obra, reforzando el carácter introspectivo y existencial de la composición.

Hablar de A Change of Seasons implica hablar de mucho más que una canción. Es prácticamente una suite dividida en movimientos, un recorrido emocional que atraviesa introspección, furia, melancolía, esperanza y catarsis. Más de veinticinco minutos en los que DREAM THEATER expone todas sus virtudes compositivas y técnicas sin caer jamás en el exhibicionismo vacío. Cada sección parece tener un propósito narrativo propio, como si la banda construyera una película sonora capaz de transportar al oyente por distintos estados de ánimo de manera constante.
La inclusión de los extractos de Dead Poets Society no fue un detalle decorativo. Por el contrario, reforzó el concepto central de la obra: el paso del tiempo, la mortalidad, la necesidad de vivir intensamente y de encontrar sentido antes de que todo termine. Cada aparición del “Carpe Diem” resonó casi como un manifiesto, generando una atmósfera de contemplación colectiva pocas veces vista en un recital de semejante magnitud.
Dos aspectos merecen una mención especial dentro del espectáculo. El primero fue, sin dudas, la actuación vocal de James LaBrie. Las dudas y prejuicios con los que llegaba a la Argentina quedaron completamente desactivados desde los primeros temas. El cantante atravesó las más de tres horas de show en una de sus mejores versiones de los últimos años. Está claro que ya no posee la misma voz de hace tres décadas y que ciertos registros son imposibles de sostener intactos con el paso del tiempo, pero aun así mantuvo una solidez admirable durante toda la noche y logró revertir ampliamente el recuerdo de otras presentaciones menos convincentes. Su performance en este mismo recinto en 2019 había dejado sensaciones encontradas; esta vez ocurrió exactamente lo contrario. Lejos de convertirse en un punto débil, terminó elevando el espectáculo.

La imagen final tras el desgarrador cierre de A Change of Seasons mostró a un LaBrie emocionado, casi liberado, como alguien plenamente consciente de sus limitaciones actuales, pero también orgulloso de haber superado el desafío. Hubo algo profundamente humano en esa escena, y probablemente por eso conectó tanto con la gente.
El segundo gran aspecto fue la química entre los integrantes. Durante años circularon rumores y especulaciones sobre relaciones desgastadas dentro del grupo, especialmente tras los distintos cambios de formación. Sin embargo, lo que se vio sobre el escenario distó muchísimo de una banda funcionando por inercia. Hubo sonrisas constantes, miradas cómplices, abrazos, bromas y una sensación genuina de disfrute compartido. DREAM THEATER se mostró como un grupo nuevamente amalgamado, cómodo consigo mismo y consciente del peso emocional que tenía este reencuentro para sus seguidores.
Así como las obras de Francisco de Goya conservan una identidad inconfundible aun siendo completamente distintas entre sí, DREAM THEATER parece mantener esa misma capacidad de reinventarse dentro de su propio lenguaje. Cada show posee su carácter particular, su narrativa y su emoción específica. Y cuando las luces finalmente se apagaron en Villa Crespo, quedó la sensación de haber presenciado algo más cercano a una experiencia artística integral que a un simple recital: una obra irrepetible que dejó a todos compartiendo exactamente el mismo deseo de volver a vivirla cuanto antes.
Texto: Santiago Izaguirre/Diego Villares
Fotos: Estanislao Aimar
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