Fecha: Miércoles 9 de septiembre de 2026 | Hora: 21.30 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Uniclub | Banda invitada: NERVOCHAOS
BLOODBATH nunca fue una banda convencional ni pretendió serlo. Nació en Estocolmo, en 1998, como una reunión de músicos que ya tenían —o tendrían poco después— recorridos fundamentales dentro del metal europeo. En sus comienzos estuvieron Mikael Åkerfeldt, cantante y guitarrista de OPETH; Anders “Blakkheim” Nyström y Jonas Renkse, fundadores de KATATONIA; y Dan Swanö, figura central de EDGE OF SANITY y NIGHTINGALE. Más adelante, la voz también pasó por Peter Tägtgren, líder de HYPOCRISY y productor asociado a innumerables discos del metal escandinavo, hasta quedar definitivamente en manos de Nick Holmes, cantante de PARADISE LOST. La circulación también alcanzó al resto de los instrumentos. Por las guitarras pasaron Per “Sodomizer” Eriksson, posteriormente integrante de GHOST bajo la identidad de Fire; Joakim Karlsson, músico de CRAFT; y Tomas Åkvik, vinculado con LIK. En la batería se consolidó Martin “Axe” Axenrot, exintegrante de OPETH y músico de WITCHERY, mientras que el alejamiento del histórico Jonas Renkse abrió el lugar del bajo para Joakim Antman, también miembro de LIK. Esa movilidad no debilitó la identidad de BLOODBATH: la convirtió en una suerte de seleccionado del metal extremo, formado por músicos capaces de tomarse el género muy en serio sin perder el placer casi adolescente de tocarlo.
Su música podría definirse como un death metal “estilizado”. No porque resulte moderado, pulcro o menos violento, sino porque incluso dentro de su crudeza existe una búsqueda de perfección. En BLOODBATH no sobra una nota: cada riff, cambio de velocidad, golpe de batería y rugido ocupa un lugar preciso, sin que esa exactitud convierta las canciones en un ejercicio frío o técnico. La banda recupera deliberadamente los yeites del género —el sonido de la guitarra sueca, los riffs viscosos, las voces cavernosas y una imaginería gore llevada hasta la caricatura—, pero los interpreta con la experiencia de quienes dominan ese lenguaje hasta en sus detalles más pequeños. La precisión ordena la violencia sin domesticarla. BLOODBATH no busca reinventar el death metal, sino volver sobre la música que sus integrantes escuchaban cuando todavía eran jóvenes fanáticos y ejecutarla con la madurez alcanzada durante décadas de trayectoria. Existe algo lúdico en ese gesto: músicos reconocidos reuniéndose para divertirse, recuperar viejos recursos y celebrar las canciones que los formaron. Su presentación en Uniclub hizo visible esa genealogía incluso antes de que sonara una nota: Holmes apareció con una remera de CELTIC FROST, Antman llevó una de OBITUARY y Nyström, una de DEATH. No era simplemente vestuario metalero; sobre el escenario estaban exhibiendo las raíces desde las cuales construyeron su propia monstruosidad.
La formación que llegó por primera vez a Buenos Aires quedó reducida a su estructura más elemental: Holmes en la voz, Nyström como única guitarra, Antman en el bajo y Axenrot en la batería. Cuatro músicos experimentados, sin una puesta grandilocuente ni demasiados artificios, reunidos para tocar el death metal que aman con la misma combinación de rigor, brutalidad y diversión que dio origen a la banda. El sonido fue crudo, alto y estruendoso: exactamente lo necesario para que los diferentes climas del repertorio se potenciaran. La intensidad no eliminó las diferencias entre los instrumentos ni convirtió las canciones en una masa uniforme. Por el contrario, permitió que la velocidad resultara más feroz, que los pasajes lentos adquirieran una densidad casi física y que los riffs conservaran sus contornos dentro de una distorsión abrasiva. La violencia sonora no funcionó como un exceso, sino como una parte esencial de la experiencia: BLOODBATH necesitaba sonar así para que su equilibrio entre precisión y mugre pudiera manifestarse por completo.
Con sus rigurosos anteojos negros, Holmes mostró desde So You Die su faceta más cavernosa y violenta. Su voz fue ganando cuerpo y profundidad con el correr de las canciones, como si necesitara algunos minutos para terminar de hundirse en ese registro gutural que ocupa un lugar muy diferente del dramatismo oscuro de PARADISE LOST. Breeding Death recuperó la urgencia primitiva del EP debut, mientras que Carved, única representante de Survival of the Sickest, permitió escuchar cómo aquella fórmula inicial fue adquiriendo mayor peso, detalle y definición sin abandonar su brutalidad. Sin embargo, el cantante pareció potenciarse especialmente en aquellas composiciones que interrumpen la velocidad y abren segmentos más densos. En Like Fire, los pasajes lentos hicieron que sus gruñidos resultaran todavía más profundos, mientras que Outnumbering the Day combinó aceleración y un desarrollo más pesado sobre el cual pudo administrar la voz sin quedar atado a una descarga permanente. Algo similar ocurrió con Brave New Hell y Let the Stillborn Come to Me, piezas que introducen cadencias cercanas al doom y permiten que cada palabra caiga con mayor peso. Allí apareció el Holmes más reconocible: no solamente un cantante extremo, sino un intérprete capaz de construir amenaza sin necesidad de sostener siempre la máxima velocidad.
Nada de eso borró su legendaria postura irónica y sardónica. Entre canciones mantuvo una expresión casi imperturbable, realizó comentarios secos y observó la agitación de Uniclub con esa mezcla de distancia británica y humor lúgubre que forma parte de su personalidad escénica. El contraste resultaba efectivo: podía bromear con absoluta frialdad y, apenas comenzaba el siguiente tema, transformarse nuevamente en la voz cavernosa que comandaba la violencia. Como único guitarrista, Nyström asumió una tarea central: aportar velocidad, sostener el espesor de las canciones y conseguir que cada riff conservara su identidad aun sin una segunda viola. Su interpretación fue quirúrgica, pero nunca perdió suciedad. En Soul Evisceration alternó ataques vertiginosos con riffs cortantes, mientras que Putrefying Corpse expuso de manera directa la herencia del death metal sueco de comienzos de los noventa. Allí aparecieron como referencias inevitables ENTOMBED y DISMEMBER, no como imitaciones puntuales, sino como parte de una tradición compartida: guitarras saturadas, melodías oscuras enterradas bajo la distorsión y riffs que avanzan como una herramienta oxidada.
Pero el lenguaje de BLOODBATH nunca se limitó al sonido de Estocolmo. La complejidad de algunos cambios y la violencia controlada remitieron a MORBID ANGEL, mientras que el equilibrio entre crudeza y precisión recordó a CARCASS. En los segmentos más lentos y pantanosos apareció el peso de OBITUARY, una influencia particularmente visible en la construcción de riffs sencillos, repetitivos y aplastantes. Cancer of the Soul y Mock the Cross reunieron varias de esas tradiciones sin convertirlas en un catálogo de homenajes. La banda toma elementos reconocibles, los ordena con enorme precisión y termina produciendo una identidad propia. Nyström también aportó respuestas vocales todavía más guturales que las de Holmes, coros graves que reforzaron determinados pasajes y agregaron otra capa de brutalidad. Esa combinación remitía a una época en la que el death metal todavía conservaba diferencias regionales muy marcadas: la podredumbre sueca de ENTOMBED y DISMEMBER, la técnica siniestra de MORBID ANGEL, la exactitud quirúrgica de CARCASS y el groove primitivo de OBITUARY. BLOODBATH reunió todos esos rastros sin sonar como una reproducción nostálgica. No copia el pasado: lo conoce, se divierte con sus códigos y lo interpreta con una perfección capaz de conservar intacta su crudeza.
Detrás de ellos, Axenrot y Antman funcionaron como dos relojes perfectamente sincronizados. El bajista evitó cualquier gesto innecesario y se concentró en darle cuerpo a una guitarra que debía cubrir por sí sola todo el frente instrumental. La tarea del baterista resultó especialmente sorprendente por la precisión con la que sostuvo las diferentes velocidades del repertorio. En Breeding Death y Soul Evisceration impulsó los pasajes más rápidos sin desordenar el pulso; en Outnumbering the Day acompañó con exactitud los cambios entre aceleración y pesadez, y en Brave New Hell hizo valer una pegada más cadenciosa y aplastante. El tratamiento sonoro del redoblante y los bombos, cargado de reverberación, terminó de darle a la batería un carácter old school, profundo y ligeramente crudo, alejado de la limpieza artificial que vuelve intercambiables a muchas producciones extremas actuales. En Fleischmann, esa combinación de precisión y resonancia permitió que los golpes conservaran su peso dentro de la velocidad; Let the Stillborn Come to Me, en cambio, mostró la capacidad de Axenrot para administrar los espacios y convertir cada entrada en un impacto físico. La base rítmica no se limitó a acompañar los riffs: fue la estructura que permitió que BLOODBATH sonara veloz, compacto y brutal sin transformarse en un bloque indescifrable.
Después de semejante demostración, los bises terminaron de explicar por qué este death metal no se contempla desde una distancia solemne. Durante Cry My Name y Eaten, la gente no solamente siguió las palabras: coreó los riffs como si se tratara de estribillos. El cierre encontró a todo Uniclub cantando líneas de guitarra, agitando y lanzándose al pogo porque la música de BLOODBATH, aun construida con una exactitud casi perfecta, conserva una dimensión profundamente física y colectiva. Este death metal se corea, se poguea y se agita. La precisión nunca le quita crudeza; simplemente hace que cada golpe llegue al lugar exacto.
Antes de la actuación principal, los brasileños NERVOCHAOS, compañeros de BLOODBATH durante la gira sudamericana, dispusieron de apenas treinta minutos para presentar su propuesta. La brevedad del show los obligó a concentrar toda su energía en una descarga directa, sin pausas innecesarias ni demasiado espacio para desarrollar climas, apoyándose en canciones que suelen formar parte de su repertorio, como Pazuzu Is Here, Moloch Rise, Death Rites y For Passion Not Fashion. Su música recoge un sonido típicamente sudamericano y, más específicamente, brasileño: una combinación de death, thrash y pulsión casi tribal que lleva hasta el extremo la crudeza inaugurada por bandas como SEPULTURA, SARCOFAGO, VULCANO y MUTILATOR. No se trata de virtuosismo ni de una limpieza artificial, sino de riffs ásperos, percusión insistente y una sensación permanente de urgencia, como si cada canción estuviera a punto de salirse de control. En ese formato compacto, NERVOCHAOS cumplió la función de preparar el terreno y elevar desde temprano la intensidad de Uniclub. Más que una apertura convencional, su presentación funcionó como la primera parte de un mismo recorrido extremo compartido por ambas bandas a lo largo del continente, aunque desde una identidad propia: menos estilizada que la de los suecos, más terrosa, caótica y visceral.

