Fecha: Sábado 22 de agosto de 2026 | Hora: 19 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Arena Sur | Bandas invitadas: OCIO & VIEJO BLANCO
La nostalgia y la magia se dieron la mano para regalarnos una noche difícil de repetir. Volver a escuchar un disco tan icónico y emblemático como Holy Land, no solo para el metal brasileño, sino para toda la comunidad metalera mundial, fue mucho más que asistir a un concierto: fue viajar tres décadas hacia atrás, hasta aquel momento en que dos mundos que parecían opuestos se encontraron para dar vida a una combinación tan innovadora como efectiva.
Pero buena parte de aquella magia que se vivió hace 30 años nació de un mago que ya trascendió lo terrenal y cuya voz difícilmente encuentre un reemplazo. André Matos, quien dejó este mundo en 2019 para convertirse definitivamente en leyenda, fue el alma detrás de Holy Land, y su ausencia, inevitablemente, se hizo sentir sobre el escenario de Arena Sur.
Frente a semejante desafío apareció Alírio Netto, quien lleva apenas unos meses al frente de la banda. Dueño de una voz privilegiada y de un estilo que puede acercarse al de Matos, se encontró ante una tarea que no admite medias tintas: interpretar un disco construido alrededor de una de las voces más reconocibles de la historia del metal brasileño. Y si bien hay registros y matices que fueron una marca registrada de André y que resultan prácticamente imposibles de reproducir, Netto salió airoso del desafío en buena parte de la noche.
Igual, Holy Land fue mucho más que una voz. Rafael Bittencourt, único miembro fundador que permanece en las filas, el guitarrista, compositor y verdadero arquitecto de buena parte del sonido de ANGRA, volvió a demostrar por qué continúa siendo el principal guardián de aquella esencia. Y para semejante viaje se rodeó de una formación que ya demostró estar a la altura de cualquier etapa de la historia de la banda.
Felipe Andreoli, un eslabón de lujo que acompaña a ANGRA en el bajo desde 2001; Marcelo Barbosa, dueño de una enorme versatilidad, una técnica impecable y un carisma que lo conecta permanentemente con el público; y Bruno Valverde, que detrás de los parches volvió a dejar en claro que su dominio de la batería le permite afrontar prácticamente cualquier desafío. Como condimento especial, Guga Machado se encargó de la percusión y consiguió algo casi inexplicable: siendo un solo hombre, por momentos parecía que detrás de él había una verdadera legión.
La noche comenzó con OCIO. Los locales fueron los encargados de abrir el telón ante un recinto que todavía mostraba grandes espacios vacíos. Su propuesta transitó por un terreno más cercano al rock que al metal, pero no faltaron actitud, energía ni ganas. Se los notó afianzados, cómodos sobre las tablas y con una presencia escénica que permitió que la espera comenzara a tomar temperatura.
Después fue el turno de VIEJO BLANCO. Los oriundos de Cañuelas bajaron algunos cambios respecto de sus antecesores y mostraron una propuesta más melódica y rockera. Si bien sonaron contundentes y dejaron en claro que son una banda amalgamada y con fuerza, su sonido se alejó un poco de la pesadez que parecía reclamar una noche como esta. Aun así, cumplieron con su cometido y dejaron una buena impresión antes de que llegara el plato fuerte.
Mientras las bandas hacían lo suyo, Arena Sur comenzaba a transformarse. La llegada del público fue tímida durante buena parte de la noche, casi como si todos estuvieran esperando el momento exacto para ingresar. Y ese momento llegó pocos minutos antes del comienzo del show principal, cuando una verdadera avalancha terminó de poblar el recinto. No hubo sold out, pero sí una muy buena concurrencia. Y entonces, a las 21:50 exactas, las luces comenzaron a bajar. Los primeros acordes de Crossing comenzaron a sonar y, con ellos, llegó el momento que todos estaban esperando. La entrada de los músicos fue recibida con una ovación absoluta y, cuando apareció Nothing to Say, el grito fue unánime y Pompeya se revolucionó.
Había expectativa, mucha. Sin embargo, durante los primeros minutos ocurrió algo curioso: el público parecía contenerse. Los pogos y los saltos aparecieron de manera bastante sectorizada y escasa, como si aquella timidez que había acompañado el ingreso al recinto se hubiera trasladado también a la reacción frente al escenario. Incluso fue un detalle comentado por varios de los presentes. Pero ANGRA tenía una herramienta mucho más poderosa para romper esa barrera: la música.
Mientras las estrofas de Nothing to Say eran coreadas por el público, Alírio Netto hacía su debut en nuestro país y enfrentaba uno de los grandes desafíos de la noche: ponerse en la piel de una leyenda. No era sencillo. No podía serlo. Pero el vocalista tomó el desafío y lo resolvió de muy buena manera, acompañado por una banda que salió decidida a no dejar un solo resquicio. Especialmente Bruno Valverde, rabioso detrás de la batería, castigando cada golpe y llevando el tema hasta el límite.
La respuesta fue inmediata. Los aplausos bajaron desde las tribunas y el viaje recién comenzaba.Sin darle demasiado tiempo al público para recuperar el aliento, Alírio se sentó frente al piano. Llegaba Silence and Distance y, con ella, una nueva faceta del vocalista. No solo mostró que su voz está a la altura del desafío, sino que también domina el instrumento con solvencia, algo que ya había demostrado durante su paso por los españoles de AVALANCH.
Antes de comenzar, compartió con el público la alegría de interpretar un disco que marcó un antes y un después en la escena metalera. Y entonces las primeras líneas comenzaron a flotar por Arena Sur. Esta vez ya no había timidez: cientos de voces se unieron a la canción y las manos comenzaron a acompañar la melodía de un lado al otro. Y cuando parecía que la emoción comenzaba a asentarse, Carolina IV llegó para incendiarlo todo. Uno de los grandes emblemas de Holy Land desató la locura. Valverde volvió a demostrar su categoría detrás de la batería, mientras Netto dejó todo en cada nota, cantando desde las entrañas. Durante uno de los cortes del tema, incluso decidió jugar con el público al mejor estilo Freddie Mercury, provocando el clásico intercambio de “¡eeeo, eeeo!” antes de volver a sumergirse en la contundencia de la canción.
El viaje continuó con Holy Land y The Shaman, dos piezas fundamentales para comprender la esencia y el espíritu de aquel ANGRA de 1996. La percusión de Guga Machado y Bruno Valverde volvió a cobrar protagonismo, mientras Bittencourt se encargaba de recordar que su talento no termina en las seis cuerdas. El fundador de ANGRA tomó el micrófono y se hizo cargo de buena parte de las melodías, mostrando una presencia vocal que terminó siendo uno de los grandes detalles de la noche.
Después llegaron Make Believe y Z.I.T.O., y con ellos los grandes momentos de Marcelo Barbosa. Sus solos recorrieron el escenario con una precisión quirúrgica, pero nuevamente fue su conexión con el público la que terminó marcando la diferencia. Reemplazar a Kiko Loureiro nunca fue una tarea menor, pero Barbosa hace tiempo que dejó de ser simplemente “el guitarrista que reemplazó a Kiko”. Se ganó su lugar y, sobre todo, sabe disfrutarlo.
El final del disco estaba cada vez más cerca. Deep Blue preparó el terreno y entonces llegó una de las grandes perlitas de la noche: Lullaby for Lucifer, interpretada en vivo por primera vez. Para muchos, escuchar una canción que nunca había sido llevada a un escenario fue un regalo inesperado. Para otros, fue la confirmación de que aquella noche no se trataba simplemente de tocar un disco completo: se trataba de recuperar una parte de la historia.
La emoción volvió a cubrir Arena Sur, aunque hubo un elemento que comenzó a hacerse notar y que, lamentablemente, terminaría apareciendo en distintos momentos del show: el sonido. En algunos pasajes el volumen fue excesivamente elevado y la mezcla perdió nitidez, haciendo que determinados cambios, arreglos y detalles resultaran difíciles de distinguir. Una pena, especialmente teniendo en cuenta la enorme riqueza instrumental del disco.
Pero el objetivo principal estaba cumplido. La tierra sagrada había vuelto a cobrar vida. Con Holy Land ya recorrido de punta a punta y una nueva lluvia de aplausos cayendo sobre Arena Sur, parecía que la noche había llegado a su punto máximo, pero faltaba mucho.
La segunda parte del show tenía otra misión: dejar atrás la solemnidad del homenaje y encender definitivamente al público. Y vaya si lo consiguió. Aquella timidez inicial había desaparecido por completo. Stand Away tomó la posta y comenzó a levantar temperatura. Alírio, ahora enfundado en la camiseta de la Selección Argentina —un verdadero atuendo de local—, se metió de lleno en otro clásico de Angels Cry. La interpretación fue muy buena, aunque volvió a aparecer una dificultad que atravesó algunos momentos de la noche: alcanzar los registros más altos que alguna vez consiguió André Matos no es una tarea sencilla. Netto debió exigir la voz en determinados pasajes y, aunque logró resolverlos, no siempre consiguió llegar a aquellas alturas originales.
La noche, sin embargo, no daba tregua. Tide of Changes – Part I & II fue otro de los estrenos sobre el escenario y tuvo un protagonista indiscutido: Felipe Andreoli. El bajista se adelantó, tomó el centro de la escena y convirtió su instrumento en protagonista durante unos minutos, deslumbrando a los presentes y dejando nuevamente en claro por qué es una pieza fundamental de la formación actual. También su vocalista pareció encontrarse más cómodo en este tramo del repertorio, acercándose incluso a algunos registros asociados a Fabio Lione y mostrando una faceta diferente de su voz.
Pero si había que elegir uno de los momentos donde la maquinaria de ANGRA debía funcionar a máxima velocidad, ese momento llegó con Angels and Demons. La canción, uno de los grandes emblemas de Temple of Shadows, hizo temblar el recinto. Velocidad, complejidad y precisión se combinaron para llevar a los músicos al límite. Cada integrante tuvo su momento y, por unos minutos, la banda pareció convertirse en una máquina perfectamente aceitada.
Y cuando todo parecía encaminado hacia otra descarga de adrenalina, llegó Wuthering Heights para bajar mil cambios. El clásico de Kate Bush, convertido hace tiempo en parte del ADN de ANGRA, permitió explorar el costado más sensible de la noche. Una canción que exige registros vocales extremadamente altos y que, nuevamente, obligó a Alírio a llevar su voz al límite. Con algunos pasajes más exigidos que otros, logró sortear el desafío y transformar el tema en uno de los momentos más emotivos del concierto. Las luces, las manos arriba y las voces del público acompañaron cada segundo. Pero todavía faltaba algo. Cuando la canción llegó a su final, Arena Sur comenzó a devolverle a aquel hombre ausente todo lo que había significado durante tantos años: “Olé, olé, olé, André, André…” El canto fue generalizado, y por unos segundos, André Matos volvió a estar ahí.
Después de semejante momento, Waiting Silence retomó la senda de la intensidad y dejó servido el camino para lo que todos sabían que iba a suceder. Solo había que esperar el momento. Y el momento llegó. Carry On. La reacción fue inmediata. Se terminó cualquier resto de timidez. Todos al unísono, saltando, cantando y gritando las estrofas de principio a fin. El estribillo explotó y convirtió Arena Sur en una verdadera caldera. Ya no había espectadores. Había una sola voz. Una sola masa. Un solo coro. Parecía que ANGRA había dicho todo lo que tenía para decir. Pero todavía quedaban dos cartas y entonces Rebirth apareció como penúltimo capítulo. Y es que cuando cuando ya no quedaba nada por agregar, Nova Era se hizo presente para ponerle el punto final a una noche que había recorrido tres décadas de historia.
Y así se fue ANGRA de nuestro país. Con un viaje a 1996, con la memoria de André Matos sobrevolando cada rincón del recinto y con una formación que demostró estar a la altura de una obra que forma parte de la historia grande del metal.
Si hay algo que merece ser mencionado como detalle, es el sonido. ANGRA es una banda enorme y posee una riqueza instrumental que pocas formaciones pueden igualar, pero las últimas dos oportunidades en las que pudimos verla (marzo 2025 en El Teatro de Flores) en vivo dejaron una sensación similar: por momentos, la claridad no termina de acompañar todo lo que sucede sobre el escenario. Y además, hubo pasajes de algo más difícil de explicar: faltó cierto cuerpo, cierto grosor en algunas partes que en los discos golpean con una fuerza demoledora. Hay explosiones, cambios y capas instrumentales que en vivo parecen perder algo de esa dimensión, como si a la canción le faltara una última dosis de peso que sí está en estudio.
Es, en definitiva, un detalle técnico que merece atención, pero sería injusto permitir que eso tape lo verdaderamente importante de esta noche. Porque si el sonido pudo privarnos de algunos detalles, la emoción no tuvo ningún problema en hacerse escuchar. Revivir Holy Land, escuchar nuevamente esas canciones que cambiaron la historia del metal brasileño, compartirlas con cientos de personas y sentir cómo el nombre de André Matos volvió a resonar en Arena Sur convirtió la noche en algo mucho más grande que un simple aniversario. ANGRA no solo vino a tocar un disco de hace 30 años: vino a abrir una puerta hacia el pasado, y durante unas horas todos tuvimos la posibilidad de volver a cruzarla.

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