Fecha: Domingo 11 de octubre de 2026 | Hora: 19 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: El Teatrito | Bandas invitadas: AGAINST & COBRE
Hay una obstinación que se escucha. En el caso de Emiliano Obregón, tiene la forma de una guitarra, de canciones que atravesaron distintas épocas y de una banda que llegó a sus treinta años con la fuerza necesaria para convertir su historia en una celebración viva. El domingo 11 de octubre, en el Teatro Flores, LÖRIHEN reunió una muy buena cantidad de gente y desplegó un concierto cuyo gran sonido, amplitud de repertorio y acertada incorporación de invitados permitieron dimensionar el camino recorrido. Sostener un proyecto durante tres décadas exige una voluntad que debe renovarse frente a cada cambio, encontrar compañeros con quienes continuar y seguir alimentando una identidad capaz de crecer. Esa determinación de Emiliano fue el hilo conductor de una noche en la que las interpretaciones dieron cuenta de lo construido y los encuentros mostraron cuántas personas forman parte de esa historia. Aún sigo latiendo; escuchada dentro de ese marco, adquirió una resonancia particular: su título condensaba la continuidad de un grupo que conserva la capacidad de convocar, emocionar y encontrar una respuesta del otro lado del escenario.
Una de las bandas que fue encargada de la apertura fue AGAINST, que aportó una vertiente más agresiva de la música pesada y un contraste marcado con el despliegue melódico que llegaría después. Su participación reunió ocho canciones y combinó material nuevo, como Fuego negro, con clásicos de su repertorio, mostrando un presente que sigue creciendo sobre el camino recorrido. La sangre y Anestesiado abrieron el set, mientras que el tramo de Súcubo y Carnal sostuvo el carácter visceral de la propuesta, asentada en el peso de las guitarras y la tensión de los riffs. El cierre con El Libertador completó una intervención que amplió el abanico musical de la fecha. Dentro de una noche dedicada a celebrar la persistencia de la banda principal, el soporte sumó otra expresión de esa continuidad: mantener las canciones en circulación, incorporar otras nuevas y seguir trabajando sobre una identidad propia.
Una de las grandes decisiones del concierto de LÖRIHEN fue que Lucas Gerardo y Javier Barrozo compartieran las voces en varios momentos del set. La sensación fue que en cada caso sus respectivos desempeños resultaron potenciados, principalmente porque por separado son dos cantantes con una técnica impecable y un respectivo color de voz fácilmente contrastable. En vivo llevaron al máximo sus posibilidades y encontraron en el encuentro una manera de potenciarse, poniendo sus recursos al servicio de un repertorio que exige tanto caudal como expresividad. El bloque de Presa y Paradigma recuperó el vínculo de Javier con la primera etapa del grupo y permitió apreciar el empuje del power metal, la tensión instrumental y la ambición de sus melodías vocales. Su presencia tuvo el valor de volver sobre composiciones que ayudó a construir como cantante de los primeros tres discos, ahora junto a quien protagonizó el desarrollo posterior. En ese cruce, la historia se volvió audible: distintas improntas encontraron un terreno común en la exigencia de las frases y en la intensidad con la que ambos abordaron las interpretaciones. El significado del reencuentro estuvo acompañado por un rendimiento que convirtió a las voces en uno de los principales motores de la celebración.
La apertura con Bajo la cruz resultó especialmente significativa porque el disco homónimo, editado en 2007, marcó un punto de quiebre en la trayectoria de LÖRIHEN. La incorporación de Lucas acompañó una transformación que llevó al grupo hacia el hard rock y amplió su manera de entender la contundencia: el riff adquirió una respiración más cadenciosa, las composiciones encontraron mayor espacio para desarrollar su pulso y la voz sumó una expresividad adecuada a esa búsqueda. El material ya estaba tomando forma cuando se produjo el cambio de cantante, y Obregón había señalado que el timbre y la impronta de Gerardo respondían a lo que necesitaban esas canciones. Escuchada al comienzo del aniversario, la pieza que dio nombre a aquel trabajo permitió reconocer ese desplazamiento: la fuerza se asentó en el peso de las guitarras, en su articulación con la base y en una melodía vocal capaz de afirmarse sobre ese movimiento. Aquella apertura estética fue parte de la continuidad del proyecto, una decisión que le permitió ensanchar su lenguaje y encontrar otras formas de producir intensidad.
El contraste entre power metal y hard rock le dio profundidad al recorrido, mientras el gran sonido permitió distinguir los matices sin resignar peso. La formación actual, integrada por Obregón en guitarra, Gerardo en voz, Christian Abarca en bajo, Leonardo Dobao en batería y Johann Maximus en teclados, sostuvo ese tránsito entre épocas con una identidad común. Las voces conservaron presencia, las guitarras pudieron desplegar su filo y la base mantuvo la contundencia sin convertir el conjunto en una masa indiferenciada. El regreso de Nicolás Ciancio en Extraños signos y Animal sumó el vínculo con su extensa participación en la banda y ofreció dos ejemplos del carácter más rockero del repertorio, con el riff y la cadencia ocupando un lugar central. La memoria se construyó así desde la ejecución: antiguos compañeros volvieron a encontrarse dentro de la música, con los integrantes del presente sosteniendo el marco de una celebración que conservó cohesión a través de sus cambios.
En el centro de ese sonido estuvo la guitarra de Emiliano, cuyo protagonismo permitió reconocer una continuidad entre etapas que, escuchadas por separado, podrían parecer más distantes. El ataque de las figuras rítmicas, el espacio que dejan para la voz y el desarrollo melódico de los pasajes instrumentales forman parte de una manera de componer en la que la guitarra organiza buena parte del carácter de la canción. Cuando tus brazos caen, ofreció un punto de apoyo para escuchar esa relación entre peso y melodía, entre la firmeza del acompañamiento y una expresividad que necesita desplegarse sobre él. Dentro de un aniversario tan atravesado por los encuentros, ese trabajo instrumental recordó cuánto de la identidad del grupo está ligado a las decisiones de su fundador. La obstinación también podía entenderse desde allí: seguir buscando en las cuerdas, trabajar sobre una idea hasta darle forma y conseguir que esa búsqueda personal se convierta en algo que otros músicos puedan interpretar y el público pueda hacer propio.
El concierto tuvo además espacio para cambiar la escala de las sensaciones, pasar del impacto del conjunto a momentos donde una melodía podía ocupar el primer plano. Solo tus ojos llevaron la escucha hacia ese terreno más íntimo, en el que el peso emocional depende de cómo se sostiene una frase, del aire que la rodea y del modo en que los instrumentos acompañan su desarrollo. Esa apertura enriqueció la noche porque permitió que la intensidad adoptara distintas formas: después del empuje y de los riffs más contundentes, había lugar para detenerse en la sensibilidad del repertorio y escuchar otra faceta de la banda. Con un público variado y una celebración que reunía tantos años, esos cambios de clima también ofrecieron distintas puertas de entrada a la música. El sonido conservó claridad en ambos extremos, haciendo que los pasajes de mayor delicadeza tuvieran presencia y que el regreso a la contundencia recuperara su efecto físico.
La participación de Lu Obregón, hija de Emiliano, tuvo un carácter especialmente emotivo y llevó el aniversario hacia una dimensión íntima desde otro lugar. Su voz en El secreto más perverso hizo visible el paso del tiempo: el músico que sostuvo durante tres décadas la continuidad de LÖRIHEN compartía ahora una de sus canciones con su hija. Si el encuentro de los dos cantantes reunía etapas musicales, la presencia de Lu mostraba cómo ese proyecto había atravesado también una vida familiar y podía convertirse en un espacio compartido por distintas generaciones. Después hubo un pequeño impasse, durante el cual la banda se sacó una foto con el público y acercaron una torta celebratoria. La pausa dejó respirar lo que acababa de suceder y transformó por un momento al Teatro Flores en una reunión de cumpleaños, con músicos y asistentes formando parte de la misma imagen. Ese gesto permitió detenerse en los afectos que acompañan una trayectoria: la familia, los compañeros y quienes siguen acercándose para escuchar.
Otro de los cruces más interesantes llegó con Knario en Fantasmas del ayer, donde el contraste vocal aportó un relieve particular a la interpretación. Su registro áspero y su expresividad más terrenal encontraron un contrapunto en el enfoque melódico de Lucas, generando una tensión que acentuó el dramatismo del tema. La aspereza de una voz y la amplitud de la otra ofrecieron dos maneras de transmitir su carga emocional, mientras el peso instrumental sostuvo ese encuentro y le dio cuerpo. Fue una participación especialmente acertada porque abrió una posibilidad expresiva dentro del repertorio y mostró el valor de elegir invitados cuyo aporte tuviera sentido musical. En otro registro, Esa gran mujer, con Emiliano y Javier, propuso una intensidad ligada a la sensibilidad del hard rock y al significado de volver a compartir el escenario. Allí, la emoción encontró su lugar en el desarrollo de la melodía, en el espacio de las frases y en la historia que acompañaba a sus protagonistas.
La trama de participaciones se amplió con Ariel Ranieri, Mike Oropeza, Fernando Scarcella y Damián Janczur, cuyas incorporaciones contribuyeron a que el aniversario ganara presencias y matices, conservando continuidad. Entre esos encuentros, El viaje, con Scarcella, y el segmento que reunió Utopía, Corazón y Traidor, con Janczur, ampliaron el recorrido y reforzaron el diálogo con distintas etapas. A esa altura, la celebración había terminado de darle una dimensión colectiva a la obstinación de Obregón: su determinación fue el eje alrededor del cual se reunieron músicos y afectos, pero cada participación aportó una parte de la historia que la noche estaba reconstruyendo. El acierto estuvo en integrar esos encuentros dentro del concierto, permitiendo que las composiciones conservaran su protagonismo y que el pasado siguiera teniendo una expresión musical en el presente.
El tramo final con Gritos de libertad y Vida eterna terminó de darle sentido a una noche atravesada por la afirmación y la permanencia. El cierre llegó con una lluvia de papelitos y una imagen especialmente tierna entre un público muy variado: varios chicos seguían la celebración subidos a los hombros de sus padres. Esa escena encontró una correspondencia con la participación de Lu junto a Emiliano; sobre el escenario y entre los asistentes, la música reunía generaciones y empezaba a formar parte de nuevos recuerdos. Allí podía dimensionarse también lo que significa sostener una banda durante treinta años: un repertorio que acompañó a algunos durante buena parte de sus vidas y que ahora llegaba a otros mediante una experiencia compartida en familia. La obstinación de Obregón había conseguido reunir antiguos compañeros, músicos del presente y un público dispuesto a seguir acompañando. Mientras caían los papelitos, algunos de los más chicos observaban la fiesta desde los hombros de sus padres, y la historia de LÖRIHEN encontraba una imagen de futuro.


