Fecha: Viernes 13 de febrero, 2026 | Hora: 20 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Uniclub | Banda invitada: RHAUG
Cuando TRIBULATION visitó Argentina por primera vez en aquel recordado festival del 2018 organizado por Jedbangers junto a DEAD LORD y BÖLZER, la banda todavía orbitaba el impulso creativo de Down Below (2018) y era señalada como una de las propuestas más inquietantes y prometedoras de la música extrema europea. En ese momento, el grupo parecía debatirse entre dos naturalezas: por un lado, la herencia death metal técnica y oscura de sus primeros trabajos; por el otro, un corrimiento cada vez más notorio hacia una sensibilidad gótica y melódica que privilegiaba el clima y la dramaturgia por sobre la velocidad. La presencia de Jonathan Hultén funcionaba como catalizador visual de esa tensión, aportando un componente teatral que amplificaba el carácter sombrío del proyecto. Aquella versión de TRIBULATION tenía algo de laboratorio artístico en plena ebullición: cada canción parecía una hipótesis, cada show una exploración de identidad.
El paso del tiempo terminó por consolidar ese proceso en una estética clara y asumida. Con la aparición de Where the Gloom Becomes Sound (2021) y, más decisivamente, con Sub Rosa in Æternum (2024), TRIBULATION dejó de insinuar el giro para abrazarlo con plena conciencia. La salida de Jonathan Hultén y la incorporación estable de Joseph Tholl no fueron simples movimientos de formación: marcaron un reequilibrio interno donde la teatralidad individual cedió terreno a una cohesión grupal más sobria y concentrada. El resultado es una banda que hoy no parece debatirse entre extremos, sino que habita con naturalidad una oscuridad refinada, de tempos medios, atmósferas densas y melodías cargadas de fatalismo romántico. En 2026, con una escena local golpeada y un lugar como Uniclub a medio llenar, esa identidad cobra un significado especial. TRIBULATION ocupa un territorio incómodo pero fértil: no es lo suficientemente brutal para el purismo extremo ni lo suficientemente accesible para la audiencia masiva alternativa. Esa ambigüedad artística los instala definitivamente en el ámbito de las bandas de culto.
El arranque del show dejó una imagen particular que no pasó desapercibida: un sonido deliberadamente oscuro y crudo, sin maquillaje, casi áspero en su primera impresión, acompañado por un mínimo desperfecto técnico que demoró apenas unos segundos la estabilidad total del audio. Nada grave, nada que interrumpiera la experiencia, pero lo suficiente para que la sensación inicial fuera la de una maquinaria que terminaba de engranar frente a nuestros ojos. A eso se sumó una escena extraña y poderosa: parlantes visiblemente rotos sobre el escenario, como restos de una batalla sonora previa o como metáfora involuntaria de la fragilidad del soporte físico frente a la densidad musical que se avecinaba. Esa postal —cajas dañadas, cables a la vista— terminó potenciando la estética del grupo. No había pulido excesivo ni producción brillante; había textura, había sombra.
Desde el primer acorde de The Unrelenting Choir, la decisión estética fue evidente. No hubo arranque explosivo ni apelación inmediata al impacto físico. Lo que se construyó fue un clima denso, casi ceremonial, que obligó a la sala a entrar en sintonía. Johannes Andersson, erguido y sobrio, proyectó su voz barítono con una mezcla de gravedad y contención que convirtió cada frase en una invocación. Mientras tanto, su bajo delineaba líneas que no simplemente reforzaban la guitarra, sino que marcaban el pulso estructural de la composición. En Tainted Skies, esa arquitectura se volvió más evidente: la melodía clara y el ritmo firme generaron los primeros movimientos visibles del público, en una reacción más contemplativa que explosiva.
Con Nightbound, la comunión fue más explícita. El riff minimalista y envolvente activó el reconocimiento inmediato. Aquí el trabajo de Adam Zaars mostró su verdadero alcance. En escena, las referencias a Dave Vanian, Peter Murphy y Andrew Eldritch están siempre presentes, pero hoy se sienten profundizadas y asumidas con mayor convicción. La postura hierática, la elegancia contenida y la gestualidad mínima remiten a esa tradición gótica británica donde la oscuridad es actitud antes que artificio. Zaars no imita: internaliza esa herencia y la integra al lenguaje metal de TRIBULATION. Musicalmente, no construye impacto desde la saturación, sino desde el carácter del acorde y la textura. Su diálogo con Joseph Tholl genera una tridimensionalidad sonora que evita la rigidez del bloque metálico tradicional.
Esa decisión compositiva se percibe con claridad en Hamartia, donde la tensión conceptual del error trágico se traduce en una dinámica progresiva y controlada. La batería, en manos de Luana Dametto —quien reemplaza en esta gira al estable Oscar Leander— sostuvo esa progresión con firmeza y equilibrio. Dametto demostró una comprensión fina de la estética actual de la banda, administrando el espacio con inteligencia.
Hamartia merece, sin embargo, un análisis aparte. No es solo una canción dentro del set: es una declaración conceptual que sintetiza el espíritu trágico que atraviesa esta etapa de TRIBULATION. Tomada del concepto aristotélico de la falla fatal, la pieza funciona como metáfora de identidad. En vivo, esa idea se tradujo en una progresión narrativa que crece en tensión sin necesidad de aceleración brusca. Johannes Andersson moduló la voz con gravedad reflexiva, mientras la guitarra de Adam Zaars trabajó sobre acordes tensos que presionan sin estallar. El bajo sostuvo un latido firme, casi inexorable. La sensación fue la de una tragedia construida paso a paso.
El momento más inmersivo llegó con Suspiria de profundis, donde la banda expandió la estructura en un pasaje de improvisación prolongada. Las guitarras exploraron texturas envolventes mientras el bajo mantenía el pulso como un hilo conductor. Luego, en In Remembrance, la intensidad adoptó forma de vulnerabilidad. La interpretación vocal fue casi confesional, con un silencio absoluto en la sala que confirmó la conexión. Con Hungry Waters y Saturn Coming Down regresó la presión dramática, mientras que Murder in Red activó la reacción más física del público.
El cierre con Melancholia y Strange Gateways Beckon reafirmó identidad y madurez. Cada músico ocupó su espacio con claridad. Johannes Andersson sostuvo la estructura con autoridad silenciosa. Adam Zaars profundizó su estética heredera de VANIAN, MURPHY y ELDRITCH, integrándola definitivamente al ADN de la banda. Joseph Tholl reforzó la cohesión estructural con precisión. Luana Dametto consolidó el pulso con sobriedad.
Ahora bien, si algo quedó en evidencia es que la propuesta estética de TRIBULATION pide un marco de producción acorde a su universo conceptual. Resulta sintomático ver a Johannes Andersson acomodando con el pie un pequeño reflector para que la luz le dé de frente en ciertos pasajes. En una banda cuya identidad dialoga con la oscuridad del terror gótico y el expresionismo alemán, la ausencia de una pantalla con visuales propias y de un diseño lumínico de primer nivel se siente como una oportunidad perdida. Con una producción acorde —luces trabajadas en capas, imágenes que expandan su imaginario sombrío— la experiencia en vivo subiría varios puntos y podría transformarse en algo verdaderamente inmersivo. La música ya está ahí. La identidad también. Solo falta que la puesta en escena acompañe esa oscuridad sofisticada que TRIBULATION construyó con absoluta convicción.
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Cuando TRIBULATION visitó Argentina por primera vez en aquel recordado festival organizado por Jedbangers junto a DEAD LORD y BÖLZER, la banda todavía orbitaba el impulso creativo de Down Below y era señalada como una de las propuestas más inquietantes y prometedoras de la música extrema europea. No era una promesa vacía: había en ese momento una sensación palpable de mutación en curso, de banda que no estaba cómoda en ningún casillero fijo. Por un lado, la herencia death metal técnica y oscura de sus primeros trabajos todavía latía en la estructura de los riffs y en la densidad armónica; por el otro, comenzaba a imponerse una sensibilidad gótica y melódica que privilegiaba el clima, la tensión emocional y la dramaturgia sonora por sobre la velocidad o la agresión directa. La presencia de Jonathan Hultén funcionaba como catalizador visual de esa tensión, aportando un componente teatral que amplificaba el carácter sombrío del proyecto y convertía cada canción en una escena casi litúrgica. Aquella versión de TRIBULATION tenía algo de laboratorio artístico en plena ebullición: cada composición parecía una hipótesis sobre hacia dónde podía expandirse el metal oscuro en el siglo XXI, y cada show era una exploración de identidad. Lo fascinante no era solo lo que sonaban, sino la sensación de estar presenciando una banda que todavía estaba esculpiendo su forma definitiva frente al público.
El paso del tiempo terminó por consolidar ese proceso en una estética clara y asumida, menos dubitativa y mucho más consciente de su propio lenguaje. Con la aparición de Where the Gloom Becomes Sound y, más decisivamente, con Sub Rosa in Æternum, TRIBULATION dejó de insinuar el giro para abrazarlo con plena convicción conceptual. La salida de Jonathan Hultén y la incorporación estable de Joseph Tholl no fueron simples movimientos de formación: marcaron un reequilibrio interno profundo donde la teatralidad individual cedió terreno a una cohesión grupal más sobria y concentrada. El énfasis dejó de estar en el gesto para instalarse definitivamente en la arquitectura musical. El resultado es una banda que hoy no parece debatirse entre extremos, sino que habita con naturalidad una oscuridad refinada, sostenida en tempos medios, atmósferas densas y melodías cargadas de fatalismo romántico. En 2026, con una escena local golpeada y una sala como Uniclub a medio llenar, esa identidad cobra un significado especial. TRIBULATION ocupa un territorio incómodo pero fértil: no es lo suficientemente brutal para el purismo extremo ni lo suficientemente accesible para la audiencia alternativa masiva. Esa ambigüedad artística no los debilita; los define. Y los instala definitivamente en el ámbito de las bandas de culto, aquellas cuya fuerza no se mide en cifras sino en la intensidad emocional de quienes eligen estar.
El arranque del show dejó una imagen particular que no pasó desapercibida y que, de algún modo, reforzó esa estética. El sonido fue deliberadamente oscuro y crudo, sin pulido excesivo, casi áspero en su primera impresión. Hubo un mínimo desperfecto técnico que demoró apenas unos segundos la estabilidad total del audio, un pequeño desajuste que lejos de romper el clima terminó por humanizar el inicio, como si la maquinaria necesitara ajustarse antes de desplegar todo su peso. Nada grave, nada que interrumpiera la experiencia, pero sí lo suficiente para instalar la sensación de que lo que estaba por suceder no iba a ser una representación perfecta y limpia, sino una experiencia viva, orgánica. A eso se sumó una escena extraña y poderosa: parlantes visiblemente rotos sobre el escenario, como restos de una batalla sonora previa o como metáfora involuntaria de la fragilidad del soporte físico frente a la densidad musical que se avecinaba. Esa postal —cajas dañadas, cables visibles, luces mínimas— terminó potenciando la estética del grupo. No había brillo superficial ni escenografía deslumbrante; había sombra, había textura, había una crudeza coherente con el universo conceptual de la banda. Cuando el sonido terminó de asentarse, esa oscuridad inicial se convirtió en parte integral de la experiencia.
Desde el primer acorde de The Unrelenting Choir, la decisión estética fue evidente. No hubo arranque explosivo ni concesión al impacto inmediato. Lo que se construyó fue un clima denso, casi ceremonial, que obligó a la sala a desacelerar y entrar en la frecuencia del grupo. Johannes Andersson, erguido y sobrio, proyectó su voz barítono con una mezcla de gravedad y contención que convirtió cada frase en una invocación más que en un simple verso. Su manera de cantar evita el dramatismo exagerado y apuesta por una solemnidad que se sostiene en la precisión del fraseo. Mientras tanto, su bajo delineaba líneas que no reforzaban mecánicamente la guitarra, sino que marcaban el pulso estructural de la composición, otorgándole profundidad y dirección. Andersson es el centro de gravedad de TRIBULATION: su instrumento y su voz funcionan como columna vertebral que permite que las guitarras se expandan sin perder cohesión. En Tainted Skies, esa arquitectura se volvió aún más clara. La melodía se desplegó con elegancia sombría y el público respondió con movimientos contenidos, balanceos y cabezas marcando el tempo, en una reacción introspectiva que reflejaba la naturaleza misma de la música.
Con Nightbound, la comunión fue más explícita, pero siempre dentro del marco de esa intensidad contenida. El riff minimalista y repetitivo activó el reconocimiento inmediato entre los asistentes, generando un momento de conexión colectiva. Aquí el trabajo de Adam Zaars mostró su verdadero alcance, tanto musical como estético. En escena, las referencias a Dave Vanian, Peter Murphy y Andrew Eldritch están siempre presentes, pero hoy se perciben profundizadas, asumidas con mayor convicción y menos como guiño que como identidad integrada. La postura hierática, la elegancia oscura en el manejo del espacio, la gestualidad mínima y controlada remiten a esa tradición gótica británica donde la presencia escénica se construye desde la austeridad y la sombra. Zaars no imita; absorbe esa herencia y la transforma en lenguaje propio dentro del metal contemporáneo. Musicalmente, su enfoque evita el impacto fácil de la saturación extrema y privilegia el carácter del acorde, la tensión sostenida, la textura que envuelve. Su diálogo con Joseph Tholl genera una tridimensionalidad sonora que evita la rigidez del bloque metálico tradicional. En lugar de un muro compacto, TRIBULATION ofrece capas superpuestas que dialogan y respiran.
Esa decisión compositiva se percibe con claridad en Hamartia, donde la tensión conceptual del error trágico se traduce en una dinámica progresiva y cuidadosamente construida. La batería, en manos de Luana Dametto —quien reemplaza en esta gira al estable Oscar Leander— sostuvo esa progresión con firmeza y equilibrio, aportando una base sólida que permitió que la canción creciera sin perder sutileza. Dametto no sobrecarga; administra. Su lectura de la estética actual de la banda es inteligente, entendiendo que el impacto no está en la velocidad sino en la acumulación de tensión.
Hamartia merece, sin embargo, un análisis particular. No es solo una canción dentro del set; es una síntesis conceptual del espíritu trágico que atraviesa esta etapa de TRIBULATION. El concepto aristotélico de la falla fatal, esa grieta interna que precipita la caída del héroe aun cuando intenta hacer lo correcto, encuentra aquí una traducción musical poderosa. En vivo, la canción se despliega como un relato en sí mismo: comienza contenida, casi introspectiva, y va creciendo en tensión sin necesidad de estallidos abruptos. Johannes Andersson modula la voz con gravedad reflexiva, como si cada palabra anticipara el desenlace inevitable. La guitarra de Adam Zaars presiona con acordes tensos que no explotan, sino que empujan lentamente hacia el abismo. El bajo sostiene un latido firme e inexorable. La sensación no es de violencia repentina, sino de tragedia construida paso a paso, como una caída que se percibe antes de consumarse.
El momento más inmersivo llegó con Suspiria de profundis, donde la banda expandió la estructura hacia un territorio casi hipnótico. Las guitarras abandonaron la rigidez del riff para explorar texturas envolventes y reverberaciones que dilataron el espacio sonoro. El bajo mantuvo el pulso como un hilo conductor invisible, mientras la batería reforzaba la sensación de trance colectivo. En In Remembrance, la intensidad adoptó la forma de la vulnerabilidad. La interpretación vocal fue íntima, casi confesional, y el silencio absoluto del público confirmó la profundidad de la conexión. Luego, Hungry Waters y Saturn Coming Down devolvieron la presión dramática, mientras Murder in Red activó el movimiento corporal más evidente de la noche.
El cierre con Melancholia y Strange Gateways Beckon reafirmó identidad y madurez. Cada músico ocupó su espacio con claridad y convicción. Johannes Andersson sostuvo la estructura con autoridad silenciosa. Adam Zaars profundizó su estética heredera de VANIAN, MURPHY y ELDRITCH, integrándola definitivamente al ADN de la banda. Joseph Tholl reforzó la cohesión estructural con precisión técnica. Luana Dametto consolidó el pulso con sobriedad.
Ahora bien, si algo quedó en evidencia es que la propuesta estética de TRIBULATION pide un marco de producción acorde a su universo conceptual. Resulta sintomático ver a Johannes Andersson acomodando con el pie un pequeño reflector para que la luz le dé en la cara en ciertos pasajes, mientras el resto del escenario permanece en recursos mínimos. En una banda cuya identidad dialoga con el terror gótico y con la imaginería del expresionismo alemán —sombras marcadas, contrastes violentos de luz y penumbra, atmósferas casi cinematográficas— la ausencia de una pantalla con visuales propias y de un diseño lumínico de primer nivel se siente como una oportunidad desaprovechada. Con una producción acorde a la ambición estética —luces diseñadas en capas, imágenes que expandan su universo oscuro— la experiencia en vivo podría elevarse varios puntos y transformarse en algo verdaderamente inmersivo. La música ya tiene profundidad, carácter e identidad. Solo falta que la puesta en escena acompañe esa oscuridad sofisticada que TRIBULATION ha construido con absoluta convicción.
Texto: Carlos Noro
Fotos: cortesía Maru Debiassi
Agradecemos a Noiseground por la acreditación al evento.
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