LIFELOVER en Argentina: “Lo que duele sigue doliendo”


Fecha: Jueves 17 de septiembre de 2026 | Hora: 19 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: El Teatrito | Bandas invitadas: SØLVË & CORTADAS

LIFELOVER llegó por primera vez a Buenos Aires cargando una historia tan breve como decisiva. Formado en Estocolmo en 2005 por Jonas “B” Bergqvist y Kim Carlsson, el grupo construyó en apenas seis años una obra que desbordó las fronteras del depressive black metal mediante elementos del postpunk, el rock gótico, el dark ambient y una sensibilidad abiertamente autodestructiva. La propia banda denominó “narcotic metal” a esa mezcla difícil de encerrar en una categoría, acaso porque lo narcótico no definía solamente su sonido, sino también esa capacidad de alterar la percepción, deformar la belleza y transformar la repetición en un estado mental. La muerte accidental de B, fundador, principal compositor, multiinstrumentista y una de sus voces, en septiembre de 2011, interrumpió el proyecto cuando su identidad ya comenzaba a ejercer una influencia profunda dentro de la música extrema. Hubo una reunión conmemorativa en 2015, pero recién una década después sus integrantes volvieron a presentarse con cierta continuidad, haciendo posible una gira latinoamericana que hasta hace poco parecía improbable. Buenos Aires se convirtió así en una de las estaciones de aquel regreso y en el escenario de una primera visita largamente demorada.

Uno de los datos más llamativos de la noche fue la importante presencia de pibes y pibas. Más que señalar de manera simplista a una generación atravesada por “problemas mentales”, esa convocatoria permitió comprobar hasta qué punto LIFELOVER continúa dialogando con jóvenes que hablan con mayor franqueza sobre la ansiedad, la depresión, el aislamiento y las conductas autodestructivas. La banda convirtió esos estados en un lenguaje artístico incómodo, vulnerable y desprovisto de respuestas tranquilizadoras; por eso, muchos años después de la aparición de sus discos fundamentales, las canciones encontraron una audiencia que no las recibió como piezas de museo, sino como expresiones todavía vigentes de un malestar contemporáneo. La circulación de su obra mediante las plataformas digitales y el crecimiento del depressive black metal acercaron el grupo a oyentes que, por una cuestión generacional, nunca habían tenido la posibilidad de verlo en actividad, aunque la vigencia de LIFELOVER no se explicó únicamente por las condiciones de acceso: sus canciones continúan hablando de aquello que suele ocultarse cuando el mandato general consiste en mostrarse estable, productivo y feliz.

El ingreso de Kim Carlsson tuvo una ironía cuidadosamente calculada. Mientras por los parlantes sonaba una canción de amor, el cantante apareció de espaldas al público y se envolvió con sus propios brazos. Aquel autoabrazo podía leerse como una muestra de afecto, pero también como el gesto desesperado de quien intenta contenerse cuando no encuentra a nadie más capaz de hacerlo. La imagen inauguró una parábola que atravesaría toda la presentación: comenzó con esa ilusoria forma de protección y terminaría, después de las canciones, los movimientos y las diferentes representaciones del padecimiento, en un grito desgarrador. Entre ambos extremos, LIFELOVER no propuso una salida, sino la exposición de una herida capaz de cambiar de forma sin llegar a cerrarse. Shallow puso inmediatamente esa idea en palabras mediante la súplica “Dame algo que romper”, expresión de la necesidad de descargar la violencia antes de que termine dirigida contra uno mismo. No existe una solución ni un destino concreto, apenas el deseo de escapar hacia cualquier parte. La música acompañó esa urgencia con guitarras ásperas y una pulsación melancólica en la cual la angustia no apareció como un adorno, sino como la materia central de la canción.

Stockholm profundizó la sensación con la imagen “Miradas vacías, mentes vacías”. El viaje en subterráneo durante la noche transforma la ciudad en algo más que un escenario: Estocolmo se convierte en la representación de una alienación colectiva, poblada por personas que comparten el mismo espacio sin establecer ningún contacto verdadero. Cancertid, En sång om dig y Museum of Past Affections ampliaron ese universo; esta última se concentra en el insomnio, los recuerdos que persiguen y las “viejas heridas” que continúan abiertas. El corazón se ha vuelto frío y la alegría pertenece a un pasado cada vez más lejano: un auténtico museo de afectos muertos donde aquello que terminó no desaparece, sino que sigue contaminando el presente. El comienzo del concierto no buscó preparar lentamente al público, sino introducirlo de lleno en un mundo donde el black metal podía convivir con el postpunk, la belleza con la degradación y la vulnerabilidad con una violencia emocional siempre al borde del quiebre.

En el centro de la escena, Kim Carlsson desplegó una voz cavernosa y extrema en el sentido más amplio de la palabra: incómoda, lacerante y deliberadamente ajena a cualquier búsqueda de belleza convencional. Sus alaridos quebrados, murmullos enfermizos, recitados espectrales y estallidos de desesperación no funcionaron como simples recursos técnicos, sino como diferentes manifestaciones de una misma inestabilidad emocional. Por momentos parecía cantar desde el fondo de una habitación cerrada; en otros, cada frase surgía como una herida recién abierta. Su interpretación estuvo más cerca de la actuación y de la exposición física del padecimiento que del modelo tradicional de un vocalista de metal. Esa dimensión se proyectó también sobre sus movimientos: ensayó pasos extraños y gestos deliberadamente incómodos, realizó una suerte de “baile del cortavenas” y, en otro momento, se puso de rodillas para intensificar desde una postura diferente el dramatismo de su interpretación. Entre vino y cerveza construyó una figura imprevisible que no se limitó a cantar las composiciones, sino que las llevó al cuerpo. El humor negro evitó que la presentación se convirtiera en un ejercicio solemne acerca del sufrimiento, aunque tampoco lo trivializó: la ironía, la exageración y el histrionismo funcionaron como otras formas de representar una autodestrucción que las letras nunca presentan de manera ordenada ni edificante.

La banda resultó igualmente poco convencional, pero por un camino diferente. Frente a una voz como la de Kim, lo esperable habría sido una descarga caótica, veloz, cruda y permanentemente extrema; sin embargo, LIFELOVER construyó su singularidad desde el contraste, mediante estructuras, melodías y sonoridades que por separado podían parecer convencionales, pero que dejaban de serlo al convivir con semejante interpretación vocal. Pasajes cercanos al postpunk, al rock gótico y a cierta melancolía alternativa aparecieron allí donde los códigos del género parecían exigir violencia y descontrol. Lo extraño no estaba necesariamente en cada elemento, sino en su combinación y en el lugar inesperado que ocupaba dentro de las canciones. La ejecución fue precisa y se sostuvo sobre una base rítmica particularmente sólida: el bajo tuvo presencia, profundidad y una función melódica que excedió ampliamente el acompañamiento, mientras Phil A. Cirone, integrante de KALL, trasladó a la batería real composiciones construidas originalmente, en su mayoría, con percusiones programadas. La gran excepción dentro de la discografía había sido Dekadens, único trabajo de LIFELOVER grabado con una batería acústica, ejecutada por Joel “Non” Malmén. En vivo, esa dimensión humana no eliminó el carácter mecánico e hipnótico del material, sino que le agregó peso, movimiento y una mayor capacidad para administrar los cambios de intensidad.

Mientras Kim Carlsson se dedicó exclusivamente a la voz, Felix Johan Öhlén y Henrik Huldtgren construyeron desde las guitarras los arreglos que permitían acelerar, desacelerar y modificar constantemente la respiración de las composiciones. En lugar de levantar una pared uniforme de distorsión, alternaron riffs ásperos, repeticiones hipnóticas y líneas melódicas de aparente sencillez, mientras las voces y los samples de Johan Gabrielson resultaron fundamentales para profundizar el carácter melancólico de LIFELOVER. Los sonidos de teclado no buscaron grandilocuencia sinfónica: introdujeron melodías frágiles, por momentos casi ingenuas, que al enfrentarse con la voz lacerante de Kim adquirieron una dimensión profundamente perturbadora. Allí apareció una de las grandes paradojas del grupo: cuanto más controlada y precisa resultaba la ejecución instrumental, mayor era la sensación de inestabilidad y derrumbe. El tramo compuesto por Androider, Brand, Välkommen Till Pulvercity, Expandera y Mitt Öppna Öga terminó de mostrar esa amplitud, capaz de desplazarse entre la aspereza, el pulso urbano, la velocidad y una tristeza casi luminosa sin quebrar la coherencia del repertorio.

Nackskott condensó el rechazo hacia la degradación cotidiana mediante imágenes de cuerpos deteriorados, sonrisas falsas y conversaciones vacías: no una depresión abstracta, sino el asco provocado por una realidad concreta, vulgar y repetitiva. Luego, M/S Salmonella, Spiken I Kistan y En Tyst Minut condujeron hacia un desenlace donde I Love (To Hurt) You volvió a unir dos impulsos que para LIFELOVER nunca permanecen separados: amar y dañar, buscar cercanía y destruir aquello que podría ofrecerla. La contradicción contenida en el propio título remitió también al autoabrazo inicial de Kim, un gesto donde la necesidad de cuidado ya parecía contener algo doloroso. Lethargy y Major Fuck Off completaron un repertorio de diecisiete canciones concentrado especialmente en Konkurs y Pulver, con cinco composiciones de cada disco, además de tres de Dekadens, tres de Erotik y una de Sjukdom. No fue una selección destinada a recorrer prolijamente una discografía, sino a reconstruir los diferentes estados de una obra en la que el vacío, el aislamiento, el deseo y la repulsión forman parte de una misma experiencia.

Sin embargo, la verdadera conclusión llegó después de la última canción. El grito final de Kim Carlsson fue desgarrador, pero no funcionó como una catarsis: no liberó, no purificó ni ofreció un cierre tranquilizador. La parábola iniciada con aquel autoabrazo de espaldas al público alcanzó allí su otro extremo. El cuerpo que al comienzo había intentado contenerse terminó abierto en un alarido que no resolvía nada. Entre ambos gestos transcurrió toda la música de LIFELOVER, capaz de convertir el padecimiento en canciones sin prometer que el arte pueda curarlo. Cuando el sonido se apagó, lo que dolía seguía doliendo. Allí residió la honestidad más brutal de la noche.

Antes de ese capítulo principal, SØLVË abrió la noche con una descarga cruda, potente y abrasiva, surgida del encuentro entre la oscuridad del black metal y la urgencia callejera del crust. Formada en La Plata en 2019, la banda construye un universo propio alrededor del desencanto, la angustia y distintas imágenes de degradación humana y horror cósmico, sin convertir esas temáticas en una reproducción automática de los lugares comunes del género. Trauma Void en voz, Chatarra Mundana en guitarra, Fisu Rancia en bajo y Gonorrea en batería sostuvieron una presentación directa, en la cual la suciedad sonora fue parte de la identidad y no la consecuencia de una ejecución descuidada. El intercambio de instrumentos entre guitarra y bajo aportó además una dinámica escénica particular y mostró la versatilidad de una formación capaz de modificar sus roles sin perder cohesión. En lugar de anticipar la melancolía de la banda principal, SØLVË preparó el terreno desde el impacto físico, el volumen y una violencia urgente profundamente ligada a la tradición autogestiva del underground.

Texto: Carlos Noro
Imágenes: Martín Darksoul (Icarus Music)
Agradecemos a Icarus Music por la acreditación al evento.

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