Fecha: Viernes 25 de septiembre de 2026 | Hora: 23.59 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: La Tangente | Bandas invitadas: RUIDO BARILARI & DHYANA
Hay músicos cuya obra se nutre de la facilidad de apegarse a un género, una escena o un puñado de influencias reconocibles, pero con CHOWY FERNÁNDEZ ocurre totalmente lo opuesto, ya que su carrera parece haberse construido alrededor de una necesidad constante por cruzar límites, combinar lenguajes y, fundamentalmente, evitar quedar encerrado dentro de una única forma de entender la música. Esa búsqueda encontró durante 2026 un nuevo capítulo con la salida de Octopus, su nuevo álbum solista, concebido como un trabajo donde el metal progresivo vuelve a funcionar más como punto de partida que como frontera. Quizás por eso tampoco resultó extraño que su presentación oficial terminara convirtiéndose en una noche musicalmente difícil de encasillar.
El viernes 25 de septiembre, La Tangente, en pleno corazón de Palermo Soho, recibió al violero junto a DHYANA y RUIDO BARILARI para una fecha que comenzaba prácticamente pasada la medianoche. Afuera, las calles estaban repletas de gente circulando entre bares y boliches de la zona; adentro, siendo la primera vez en coincidir en el bar, el espacio presentaba una estética bastante diferente a los habitualmente asociados al metal porteño. Sus paredes perforadas, luces y ambientación casi de club ofrecían un marco particular, quizás hasta algo sofisticado para lo que uno espera de una fecha pesada, pero que terminaría jugando a favor de una propuesta donde lo visual también tendría bastante peso.
Los horarios oficiales apenas sufrieron algunas demoras y nuestra llegada coincidió con el tramo final de DHYANA. Lo poco que alcanzamos a presenciar dejó como gusto una propuesta de nu metal, con varios recursos que de LIMP BIZKIT o a los cada vez más resonantes BOYLER del ámbito local. Fueron apenas unas canciones para nosotros, pero suficientes para dejar una impresión interesante y la sensación de que habrá que volver a encontrarlos en otro escenario para terminar de comprender su propuesta, sobre todo con el último tema del set, que demostró una potencia notable. Mucho más difícil de explicar resultó lo que vino después. RUIDO BARILARI llevó la noche hacia un terreno completamente diferente, con una propuesta mucho más cercana al espíritu bolichero y festivo que, en principio, parecía bastante desconectada tanto de DHYANA como del universo musical que posteriormente veríamos con el anfitrión de la noche. Esa falta de conexión, sin embargo, no significó necesariamente una falta de conexión con el público, ya que de hecho, por momentos consiguieron una respuesta tan inmediata como la que posteriormente tendría el propio CHOWY. Buena parte de esa reacción pasó por el frontman, que pone el nombre a la banda y que rápidamente se convirtió en el centro absoluto de atención y llevó adelante el show desde el carisma, la interacción y una presencia escénica difícil de ignorar. Musicalmente, la propuesta dejó sensaciones bastante más encontradas y por momentos costaba entender cómo terminaba de insertarse dentro del concepto general de la fecha. Pero si la intención era modificar por completo el clima de la sala y generar una reacción inmediata antes del plato principal, RUIDO BARILARI consiguió hacerlo.
Pasadas las dos de la mañana llegó finalmente el motivo central de la convocatoria. CHOWY FERNÁNDEZ apareció para presentar oficialmente Octopus, su disco de catorce canciones y casi una hora de duración que profundiza una búsqueda donde conviven el metal progresivo, la fusión, momentos extremos y diferentes recursos que el guitarrista fue incorporando a lo largo de su recorrido. Y si el disco apuesta por el movimiento permanente, el show no tardó demasiado en trasladar esa sensación al escenario: desde el primer tema, que fue Mecanismo siniestro de su anterior disco La muerte del robot, quedó claro que no habría demasiado espacio para acomodarse: el cuarteto arrancó a pleno, para inmediatamente aumentar todavía más el vértigo durante Biogénesis, de Hypersalto (2020), donde los blackouts de iluminación acompañaron y potenciaron esa sensación casi psicodélica que provocan las estructuras musicales complejas que el Chowy construyó, y que en vivo se traducía en movimientos constantes entre riffs y pasajes técnicos con una soltura que hacía parecer sencillo aquello que claramente no lo era.
Cabe destacar que la iluminación, ante la ausencia de una pantalla LED en el lugar (algo que fue habitual en otras fechas de la gira), cumplía un rol predominante a la hora de traducir en impacto visual también lo que se exponía musicalmente. Luego del 7 mares apareció además una pequeña muestra del carácter espontáneo, donde el violero se dirigió al público directamente, sin micrófono y prácticamente a puro pulmón, rompiendo por unos instantes la distancia entre escenario y sala. No hacía demasiada falta una puesta en escena muy solemne; había una sensación de cercanía que contrastaba de manera interesante con el nivel técnico de aquello que estaba sucediendo arriba, y justamente con Laberinto eterno se abrió otra puerta, la del costado jazzero y virtuoso, y las luces acompañaron nuevamente el cambio de lenguaje y tiñeron el escenario de violeta, mientras la guitarra asumía un protagonismo todavía mayor y Fernández desplegaba algunos de sus recursos más vistosos, incluido su conocido truco de ejecutar el instrumento delante del cuello, no solo como una exhibición técnica, sino como un refuerzo a la idea de que el virtuosismo funciona como herramienta y no necesariamente como destino final. Después llegó la presentación de los músicos que lo acompañaban y otro cambio de atmósfera.
Las luces pasaron al verde para Cambio de forma y el recital continuó recorriendo diferentes rincones de una discografía que, aunque aquella noche tenía a Octopus como protagonista, tampoco quedó limitada exclusivamente al nuevo material. Uno de los puntos más particulares llegó con Mis demonios. Dentro de un repertorio dominado ampliamente por la guitarra y la ejecución instrumental, Chowy tomó por única vez en la noche un micrófono para ejecutar la voz principal e interpretar una de las composiciones más personales del nuevo disco. La canción tiene además un lugar especial dentro del concepto de Octopus: el propio Fernández explicó recientemente que la imagen de los tentáculos que domina el universo visual del álbum representa su lucha contra los demonios internos, una idea que encuentra justamente en esa canción, una de sus manifestaciones más frontales y visibles. El cambio de registro permitió bajar momentáneamente las revoluciones sin perder intensidad y mostrar una faceta mucho más vulnerable del músico detrás de toda la pirotecnia instrumental. Después de unos cuantos temas, llegó para nosotros el cierre de la cobertura con Furia fractal, aunque la lista todavía guardaba material para unos pocos temas más en el tramo final de la madrugada. Y quizás irse con esa sensación de final abierto resulta bastante apropiado para un show de este estilo, porque resumir a CHOWY FERNÁNDEZ solamente desde la guitarra virtuosa sería quedarse con la parte más evidente de un músico cuya principal característica parece ser justamente la imposibilidad de permanecer demasiado tiempo dentro de una misma caja.
Octopus nació, según contó el propio Fernández, de una imagen que lo acompañaba desde la infancia: aquel pulpo rojo asociado al arte de Roger Dean terminó transformándose décadas después en una representación de sus propios demonios y de esos tentáculos que pueden atraparnos. En La Tangente, otro de los tentáculos de este tour presentación, esa metáfora adquirió otra dimensión, porque cada cambio de estilo, musical o en puesta de escena o también cada momento donde el show pasaba de la violencia al virtuosismo o de allí a algo mucho más introspectivo parecían representar uno de esos tentáculos.
Si algo terminó demostrando la presentación de Octopus es que CHOWY FERNÁNDEZ parece sentirse particularmente cómodo dentro de ese caos controlado. No necesariamente buscando ordenarlo, sino aprendiendo a moverse dentro de él con la guitarra como principal herramienta. Después de casi dos décadas transitando diferentes proyectos y lenguajes musicales, la inquietud sigue ahí. Y posiblemente sea justamente eso, mucho más que cualquier etiqueta de género o demostración técnica, lo que mantiene viva esa búsqueda personal.
Texto: Luis Gallucci

