OLD MAN’S CHILD en vivo en Argentina: “Un lugar propio dentro del paisaje”


Fecha: Jueves 24 de septiembre de 2026 | Hora: 19 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Uniclub | Bandas invitadas: No hubo

La baja venta de entradas obligó a trasladar el debut argentino de OLD MAN’S CHILD de Groove a Uniclub. A priori, el cambio podía leerse como un retroceso de escala; al final, el espacio más pequeño hizo que el repertorio se desplegara con una nitidez particular y que cada giro de la música encontrara una respuesta inmediata. La expectativa, además, excedía la curiosidad de una primera visita: el proyecto de Galder volvía a tocar después de un larguísimo paréntesis, y lo hacía en un momento de recomienzo. Tras casi veinticinco años de actividad en vivo excepcionalmente escasa y luego de dejar DIMMU BORGIR en 2024, el músico reactivó una obra que había quedado suspendida en discos, recuerdos y una influencia persistente sobre el black metal melódico noruego. La noche terminó teniendo algo de reencuentro con esa historia, pero también de examen presente: comprobar qué ocurre cuando las composiciones regresan a ser tocadas en vivo.

El concierto abrió con Towards Eternity, de Ill-Natured Spiritual Invasion, y enseguida quedó planteado el método de la noche: antes de cada pieza, Galder indicaba de qué álbum provenía. No era un dato suelto ni una explicación escolar, sino una forma de trazar un mapa mientras la banda avanzaba por distintas etapas de su catálogo. A continuación, King of the Dark Ages, de Born of the Flickering, recuperó la urgencia de los primeros años; Doommaker, de The Pagan Prosperity, llevó esa energía hacia una sonoridad más compleja con cambios que tensan el avance sin quitarle peso. Entre el riff afilado y la armonía oscura se reconocía la singularidad de OLD MAN’S CHILD: una base de black metal atravesada por el thrash y el heavy, ampliada por arreglos sinfónicos y una inclinación gótica que le da a las melodías un dramatismo casi teatral. Sus letras pueden invocar lo satánico, pero también se abren a preguntas filosóficas y a la crítica de las instituciones religiosas; la oscuridad funciona tanto como imagen ritual como herramienta para discutir la fe, el poder y la condición humana.

En Hominis Nocturna, de Revelation 666: The Curse of Damnation, la introducción de teclados encendió una respuesta vocal que recorrió el lugar en un largo «ooooooo». La canción se construye con una teatralidad calculada: primero instala un clima, deja que la melodía se expanda y después la quiebra con una aceleración que vuelve más feroz el regreso del riff. El festejo no dependió de una invitación insistente; bastó con que el tema abriera su espacio para que la gente completara la escena. Born of the Flickering, del álbum homónimo, dejó ver con especial claridad cómo suena hoy el material más antiguo: más crudo y guitarrero que en las grabaciones, con una presencia grave que vuelve más corpóreos los ataques y hace que las canciones superen en volumen y contundencia a sus versiones de estudio. Los teclados, cuando aparecen, sostienen la dimensión atmosférica del arreglo; su lugar está definido por una decisión estética y sonora, no por la voluntad de reproducir cada capa de los discos de manera literal, lo que seguramente es la mejor justificación para entender por qué la banda no tiene una tecladista en vivo y prefiere manejarse con pistas pregrabadas.

La formación actual está integrada por Galder en voz y guitarra, Terje “Cyrus” Andersen en guitarra, Christian “Elvorn” Hagen en bajo y Kenneth “Tjodalv” Åkesson en batería. La pericia técnica no se exhibió como una colección de solos o gestos grandilocuentes: se manifestó en la coordinación exacta con que la banda pasaba de una velocidad a otra, sostenía las capas armónicas y dejaba respirar los cortes. OLD MAN’S CHILD funcionó como un reloj, con una precisión que hacía parecer naturales pasajes de ejecución exigente. En ese engranaje, Cyrus dibujó líneas y melodías que conservaron su filo aun cuando abrían zonas más expansivas; Elvorn sostuvo las bases de manera contundente; Tjodalv fue decisivo en los cambios de pulso, marcando tanto los ataques como las suspensiones. Galder, al frente, alternó su concentración instrumental con intervenciones breves que fueron haciendo visible otra dimensión del show.

La ejecución tuvo algo maquinal, en el mejor sentido: una precisión fría y constante que empujaba las canciones como una fuerza difícil de detener. No había rigidez en esa cualidad, sino una disciplina que volvía más expresivos los contrastes; cada golpe parecía caer en el lugar exacto para que la música conservara su filo y, al mismo tiempo, dibujara un paisaje. La guitarra y la batería abrían claros y los cerraban enseguida, como si la banda condujera a los asistentes hacia una geografía noruega de niebla, piedra y noche. Sobre esa superficie, la voz de ultratumba de Galder no sonaba como un recurso añadido, sino como una presencia nacida del mismo paisaje: distante en el timbre, humana en la manera de compartirlo.

Con The Soul Receiver, de In Defiance of Existence, el concierto ensanchó otra vez su paleta: el tema combina empuje y atmósfera sin convertir el teclado en una capa ornamental; aparece para prolongar la sensación de profundidad, mientras las guitarras continúan guiando el movimiento. Twilight Damnation, de Vermin, tuvo uno de los momentos instrumentales más celebrados, desde una introducción de guitarra de Cyrus que desplegó una melodía casi folklórica antes de precipitarse hacia un tramo mucho más veloz. La batería alteró el peso de la melodía y la llevó a un terreno de mayor urgencia, cercano al thrash, mientras el teclado reforzaba el costado sinfónico. Fue la canción más pogueada de la noche, quizá porque en su composición conviven dos impulsos que el cuerpo entiende de inmediato: la amplitud melódica y el golpe rítmico. God of Impiety, también de Ill-Natured Spiritual Invasion, empezó con una apariencia que podía sugerir un gesto de power metal, pero la batería y la manera de encadenar los motivos desviaron pronto esa primera impresión. La música no avanza hacia una resolución luminosa; sus quiebres y su frialdad devuelven cada ascenso a una zona oscura.

En Soul Possessed, de The Pagan Prosperity, la banda acentuó el costado más malévolo del repertorio sin que la escena se volviera solemne o inaccesible. Galder preguntó quién era el mejor equipo de fútbol y la respuesta fue inmediata: Argentina. Después preguntó quién era el mejor jugador; el nombre de Messi volvió desde distintos puntos. La tercera pregunta —cuál era la mejor banda— cerró el intercambio con la alusión esperable a OLD MAN’S CHILD y una risa compartida. El pequeño desvío no interrumpió el clima: mostró cómo la noche podía pasar de una composición sombría a una conversación ligera y regresar al riff sin perder continuidad. Antes, el músico también había preguntado quiénes debían trabajar al día siguiente; ante las respuestas, bromeó con que ellos hacían esto todos los días. Esa soltura fue apareciendo de a poco, en los intervalos entre canciones y en la manera de sostener la atención sin convertir cada gesto en una pose.

Antes de The Dream Ghost, de Ill-Natured Spiritual Invasion, Galder señaló a una persona entre los asistentes, aparentemente una de las más entusiastas, y le preguntó su nombre. “Víctor”, contestó. Galder le respondió: “Victor fucking rules”, celebrando su entrega. El momento duró apenas unos segundos, pero condensó la manera en que el show dejó de ser una ejecución dirigida hacia un frente anónimo: los nombres de los discos, las preguntas y esa respuesta individual fueron introduciendo rostros concretos en una música que, por su naturaleza, podría haber preferido la distancia. La comunicación no cambió el carácter oscuro de las canciones; permitió que esa oscuridad conviviera con el humor y la espontaneidad de quienes estaban ahí. También hubo una sombra que no pertenecía al espectáculo: algunos asistentes denunciaron el robo de sus celulares. La noticia ensombreció una noche construida alrededor del encuentro y recordó, de forma lamentable, la vulnerabilidad que puede aparecer en un recital donde uno va a pasar un buen momento.

Cuando el recorrido parecía acercarse al cierre, Galder anunció una canción extra que no pensaban tocar: Demons of the Thorncastle, de Born of the Flickering. Su inclusión llevó el concierto argentino a doce temas, uno más que los once interpretados en Chile. No funcionó como un apéndice ni como un desvío: recuperó una veta temprana y tendió un puente entre el comienzo de la historia discográfica y el presente del grupo. En las canciones antiguas, el sonido de 2026 les hizo justicia: el volumen y la contundencia revelaron detalles que en los discos quedaban más mezclados con la producción, y el enfoque guitarrero hizo visible el esqueleto compositivo sin borrar las atmósferas que les dieron identidad.

El final llegó con The Millennium King, de The Pagan Prosperity, recibido con una de las celebraciones más intensas de la noche. El tema condensó la amplitud y la densidad que habían definido el recorrido, pero en vivo sonó más crudo y físico, con los teclados delineando el aire que las guitarras dejaban alrededor. El regreso de OLD MAN’S CHILD no necesitó construir una ceremonia de nostalgia para justificar su existencia: mostró que estas composiciones todavía pueden organizar un concierto con tensión, movimiento y matices, donde el thrash aporta el impulso, el heavy el peso del riff, los arreglos sinfónicos abren la escala y las sombras góticas prolongan la resonancia de cada melodía.

Tras el último acorde, los músicos se quedaron en el escenario para saludar y regalar setlists y púas, prolongando el encuentro unos minutos más. La despedida dejó la impresión de haber escuchado algo más que un repertorio recuperado: una obra que volvió a ocupar el presente, sostenida por cuatro músicos perfectamente coordinados y por una audiencia que encontró, entre el gesto siniestro y la conversación cotidiana, un lugar propio dentro de ese paisaje.

Texto: Carlos Noro
Imagen de portada: @ddaileyph (cortesía Noiseground)
Agradecemos a Noiseground por la acreditación al evento.

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