Fecha: Sábado 3 de octubre de 2026 | Hora: 19 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Uniclub | Bandas invitadas: DIOS SERPIENTE
¿Cuándo empieza a sentirse un recital en el cuerpo: antes de que suene la primera nota o cuando los amplificadores entran en juego? El sábado 3 de octubre, Uniclub estaba lleno a reventar. Hacía calor, HIGH ON FIRE era una banda esperada y los Orange descomunales ocupaban el escenario. Era la primera visita del trío a la Argentina. El lugar estaba cargado de gente y expectativa; todavía faltaba que la banda empezara a tocar. Entre el calor y la espera, los equipos anticipaban la escala que podía alcanzar el sonido cuando entraran la guitarra, el bajo y la batería. La mirada iba del escenario a la gente que se acomodaba como podía en un lugar cada vez más apretado. No había comenzado el set, pero el tamaño de los amplificadores ya ponía una imagen concreta en la cabeza: esa noche el sonido iba a ocupar todo el espacio.
La primera en sonar fue Karanlık Yol. Instrumental y de clima psicodélico, abrió una puerta distinta a la descarga que suele asociarse con HIGH ON FIRE. En lugar de entrar de inmediato con el riff más pesado, dejó que se desplegara una atmósfera hipnótica y preparó el oído para lo que venía. Ese comienzo permitió que la escucha se acomodara a otra velocidad: la sala seguía llena y expectante, pero la música no se lanzó todavía al ataque frontal. Enseguida, Burning Down cambió el aire con un riff espeso e insistente, que afirmó el peso de la banda y empujó el concierto hacia adelante. La guitarra puso el sonido en movimiento, mientras el bajo y la batería le dieron cuerpo. Desde ahí, el volumen dejó de ser una característica técnica y pasó a sentirse como parte de la experiencia: aun con tapones, golpeaba el pecho, vibraba en el cuerpo y borraba la distancia entre el escenario y la sala. No hacía falta estar pegado a los amplificadores para percibirlo; la presión llegaba igual.
En el centro de esa masa sonora estaba Matt Pike, guitarra y voz, figura decisiva en la identidad del grupo con una impronta y hasta un carácter más que identificable. En HIGH ON FIRE confluyen el impulso rocanrolero y feroz de MOTÖRHEAD, el peso sísmico de BLACK SABBATH y la agresividad primitiva de VENOM, filtrados por el sludge, el doom y un stoner pesado de deriva psicodélica. En ese contexto hay algo de Lemmy en su garganta rasposa y en la manera de empujar cada frase, pero Pike lleva esa aspereza a un lugar todavía más denso y corrosivo. La voz se mezcla con la distorsión, comparte su rugosidad y parece salir del mismo fondo que la guitarra. Ex SLEEP, Pike enlaza la lentitud hipnótica del doom con la urgencia del metal más veloz. Puede sostener un riff hasta volverlo un trance y, desde esa misma gravedad, abrirlo hacia una embestida.
Las canciones de HIGH ON FIRE están construidas desde, sobre y para el riff. El riff funciona como núcleo: de él nacen el pulso, la velocidad, las repeticiones y los cambios de intensidad. La banda lo presenta, lo estira y vuelve sobre él, variándolo o cargándolo con más fuerza; mientras tanto, bajo y batería le dan un cuerpo que puede avanzar a toda marcha o hundirse en una cadencia lenta. Por eso la repetición no significa quedarse quieto: cada vuelta suma presión y hace que el mismo motivo pese de otra manera. En los tramos más rápidos, el riff empuja desde el heavy hacia el thrash y a la música extrema; cuando la banda reduce la marcha, se vuelve una figura de doom o un foco de cuelgue psicodélico. Ese modo de construir las canciones explica por qué el sonido resulta tan físico: la escucha queda atrapada en el movimiento del riff y en la forma en que los tres músicos lo sostienen.
También el cuerpo de Mike Pike formó parte del espectáculo. Estuvo en cuero y terminó bañado en sudor: una imagen que hacía visible el esfuerzo físico de sostener el pulso dentro de ese volumen y que encajaba con el carácter de tracción a sangre del show. No era solo una música que hablaba de peso; había un cuerpo transpirando la camiseta en el escenario. Con los Orange a su espalda, Pike ordenaba el ruido con la guitarra y le daba dirección a una música que se mueve entre el arrastre y el ataque. La sensación de esfuerzo acompañaba lo que ocurría en las canciones: cada riff parecía pedir una fuerza distinta, desde la paciencia necesaria para prolongar un pasaje lento hasta la energía para empujarlo cuando la música aceleraba.
Hung, Drawn and Quartered mostró pronto el costado más heavy y extremo del repertorio. La sensación de arrastre cedió ante una marcha cortante: riffs que muerden, una base que empuja hacia adelante y una tensión que invita a responder con el cuerpo. La canción no abandonó la densidad, pero cambió su forma: el peso dejó de avanzar lentamente y empezó a golpear con más rapidez. Rumors of War sostuvo esa presión, compacta y frontal, sin perder la gravedad que distingue a la banda. Ahí apareció con claridad la imagen de la noche: fue una trompada en la cara. No la de un golpe aislado, sino la de una presión sonora que se acumulaba entre la sala llena, el calor y los riffs cada vez más espesos. La guitarra cortaba el aire; el bajo y la batería empujaban desde abajo; incluso con tapones, el volumen llegaba al pecho y atravesaba el cuerpo. Muchos cabeceaban, otros miraban colgados y algunos intentaban pogear. Cada cual recibía el impacto a su manera, pero nadie podía mantenerse ajeno a esa masa de sonido. El cuerpo podía moverse, quedarse quieto o seguir la música con la mirada; el golpe llegaba en cualquiera de esos casos.
La batería de Coady Willis fue fundamental para que el repertorio cambiara de marcha sin perder contundencia. En un trío, cada golpe forma parte de la arquitectura de la canción: sostiene el riff, marca el avance y modifica la sensación del conjunto cuando el pulso se acelera o se demora. Willis mantuvo la potencia sin volver uniforme el recorrido. Su trabajo ayudaba a que el set pudiera pasar de la velocidad a la pesadez y volver a arrancar sin que esos cambios parecieran cortes: el ritmo se transformaba, pero la presión seguía ahí. En 10,000 Years, acompañó una cadencia más lenta y pesada, casi ceremonial, que hizo crecer el clima por repetición. Fue el momento de mayor cuelgue: el riff parecía suspender el tiempo y dejar que la sala se hundiera en su vibración. Cuando terminó, Matt Pike le habló al público: “Este era el tema para fumar marihuana. Seguro lo hicieron”. La frase cayó con humor y describió el clima que acababa de construir la banda: la lentitud, la reiteración del riff y ese estado de concentración en el que uno queda siguiendo cada vuelta. Entonces llegó Fertile Green y cambió la marcha. La densidad se convirtió en velocidad, volvió el impulso thrasher y reaparecieron los cabeceos y los intentos de pogo; después de haber permanecido dentro de aquel pasaje suspendido, el cuerpo volvía a encontrar un empuje más directo.
Fireface volvió a torcer el recorrido. Sus riffs de contornos menos rectos abrieron un pasaje más psicodélico y alteraron el ritmo interno del concierto. La canción aportó otra textura al set: los cambios y las irregularidades quitaban la sensación de una marcha sostenida en una sola dirección y volvían a desplazar el centro de atención. Después, Sol’s Golden Curse llevó el set hacia el doom: un riff lento e insistente que crecía a medida que se repetía. La pesadez se volvió una experiencia de duración. El tema avanzaba despacio, pero no perdía tensión; sostenía una idea hasta que el público quedaba metido en ella. En ese tramo, varios seguían la música con la mirada fija, colgados de la repetición, mientras otros continuaban marcando el pulso con la cabeza. El calor de Uniclub, la sala colmada y el volumen que seguía vibrando alrededor reforzaban la sensación de estar dentro del sonido. Lo que en los pasajes más vertiginosos había sido un golpe rápido se transformaba acá en una presión sostenida, que no necesitaba apurarse para hacerse sentir.
Jeff Matz aportaba el fondo grave que sostenía ese movimiento. Su bajo no funcionaba solamente como refuerzo de la guitarra: daba espesor a la música y mantenía una base firme cuando Pike abría variaciones o cuando la banda se demoraba sobre un riff. Junto con la batería, organizaba la distorsión desde abajo y permitía que el trío pasara de los pasajes densos a los ataques veloces sin desarmar su potencia. Y había un detalle que conectaba esa agresividad con una de sus raíces más primitivas: Matz llevaba una remera de VENOM. La crudeza, el filo y el impulso casi elemental que asociamos con la banda británica encontraban un eco natural en el sonido de HIGH ON FIRE. En esa fecha, la camiseta fue además un homenaje claro a Cronos, cantante y bajista de VENOM, fallecido el 1 de octubre, apenas dos días antes del show. Su voz, su bajo y la visión con la que llevó a VENOM por un camino propio dejaron una marca profunda en la música extrema; que el guiño apareciera en el pecho del bajista le dio un sentido especial dentro de una noche atravesada por riffs primitivos y agresividad sin pulir.
La recta final volvió a cruzar lentitud y velocidad. Fury Whip partió de una marcha pesada y fue ganando impulso hasta inclinarse hacia el thrash. Snakes for the Divine amplió ese envión con riffs de gran escala y aceleraciones que renovaron los cabeceos y los intentos de pogo. No toda la sala se movía igual: algunos buscaban el impacto del pogo; otros permanecían quietos, mirando colgados y siguiendo cada cambio. Esa variedad de respuestas acompañó la música hasta el final, porque cada tema ofrecía otra forma de entrar en el sonido. Para cerrar, Darker Fleece volvió al registro lento, oscuro y psicodélico. Su desarrollo extendido dejó que la repetición del riff ocupara el espacio y que el final llegara por acumulación de peso. Después de las aceleraciones anteriores, el cierre volvió a hacer lugar para la demora, la densidad y una sensación de oscuridad que persistió hasta el último tramo.
Después del último riff, la sala seguía vibrando. HIGH ON FIRE había pasado por la hipnosis psicodélica, el peso del doom y el desenfreno, pero la sensación que unificaba el recorrido seguía siendo física: el volumen atravesaba el cuerpo incluso con tapones. Ahí terminaba de cobrar sentido el nombre de la banda: High on Fire, estar “colgado” y, al mismo tiempo, prendido fuego, una especie de oxímoron que atraviesa sin fisuras a la propuesta de la banda. Además, quedó otra certeza, sin vueltas: para hacer música pesada, a veces alcanzan varios amplificadores al máximo volumen, un par de pedales y salir a rockear. HIGH ON FIRE lo demostró, en uno de los mejores shows de este 2026. Ojalá vuelvan pronto.

