MALÓN en vivo en Buenos Aires: “El mejor final para el inicio”


Fecha: Sábado 20 de diciembre| Lugar: Teatro Flores | Ciudad: CABA | Hora: 19 hs | Banda Invitada: No hubo

Sucumbir al paso del tiempo es algo que definitivamente no está en los planes de MALÓN. En su diccionario no hay lugar para palabras como rendición o extinción, ni tampoco para la tan usada hoy resiliencia. MALÓN no tuvo que reinventarse: tuvo que ser fiel a sus principios y sostener todo aquello que hizo bien desde su formación, allá por el año 1995, cuando justamente nacía el disco que en esta ocasión es homenajeado. eta. Ese mismo presente que lo vio nacer hace 30 años pareció regresar en el tiempo, haciendo que ambas noches en el Teatro de Flores recobraran la esencia de los 90, con públicos extasiados, como si fuera la primera vez que escuchaban esas melodías en vivo.

En la antesala a la apertura de puertas, ya se percibía un clima festivo, una ansiedad digna de quien espera algo muy particular, casi como un niño a la navidad. Gente cantando en las esquinas, coreando fragmentos de canciones y fundidos en abrazos fraternales. Para muchos de los concurrentes fue parte de su ritual típico, pero muchos otros que se sumaban por primera vez a esa misa que congrega a diversas generaciones que crecieron tanto con Malón, como con su antecesora, HERMÉTICA, esa celebración fue la ignición de la hoguera que minutos más tarde se traslado al interior del teatro.

Con un recinto colmado de almas sedientas de metal, entonando “…baila la hinchada baila, baila de corazón, somos los negros, somos los grasas, pero los chetos no”, fue Espíritu combativo, tema homónimo al disco, el encargado de dar el punta pie inicial y elevar aún más la temperatura interna, una que ya venia en alza debido a la época propia del año. El calor fue, sin dudas, un enemigo importante durante todo el desarrollo, tanto para los músicos como para los presentes debajo del escenario, quienes en todo momento buscaron refugio en las salidas de aire y ventiladores.

Claudio O’Connor (voz), Antonio “Tano” Romano (guitarra), Karlos Cuadrado (bajo) y Javier Rubio (batería), continuaron el repertorio con Malón mestizo, para darle así comienzo a la seguidilla en orden del disco. Pasó Culto siniestro, cediéndole el protagonismo a Rubio, quien durante todo el show tuvo la precisión de un reloj suizo y el poder de una bestia. Luego fue el turno de Síntoma de la infección, canción que no deja una sola fibra corporal quieta. Imposible no revolear la cabeza y las manos al aire, mientras se escucha ese riff tan característico. 

Tras Castigador por herencia que, como era de esperar, movió a la masa en su totalidad, haciendo que esta salte y coree al unísono “…a que golpea a su progenitor”, llegaron las primeras y muy escuetas palabras de O’Connor, quien simplemente agradeció por la presencia y el aguante. Sin más, soltó el micrófono por unos segundos y dio lugar al “Tano” para que este, de manera instrumental, inicie Cancha de lodo y bajar apenas las pulsaciones de la gente. 

Durante todo el desarrollo del recital, lo musical pareció quedar relegado frente a la efusividad de la gente. Como si las canciones estuvieran en un segundo plano. Sin importar que canción se avecine, todo fue canto, jolgorio y alegría. Y, dato no menor, un público entrado en edad. No había “pibes”. Si bien había un recambio generacional frente a quienes pudieron haber presenciado este disco hace 30 años atrás, la mayoría parecían formar parte de aquella estirpe que los vio nacer. 

Siguiendo con el homenajeado, pasaron Ciegos del mundo y Gatillo fácil, donde Claudio le concedió la palabra a la gente para que, fundidos en una sola voz, canten “…cuídate si andas por la calle, tu sangre van a derramar”. Tras esto, tomo fuerza la figura de Romano quien dibujo un solo propio de un maestro, un sensei, y junto a la potencia en las piernas del experimentado baterista, llevaron el tema a otro nivel.

Como un tren paso Mendigos, para así llegar a uno de los momentos más raros y hasta quizás incomodos de la noche. El disco así lo manda, el tema es el último de la lista, pero no deja de tener un sabor particular, algo agrio. Fábula del avestruz y el jabalí es una canción que evoca la riña que tuvieron con RICARDO IORIO, por la cual disolvieron HERMÉTICA y los llevo a una confrontación que perduró hasta la muerte de RICARDO en 2023. Es por ello que, si bien la cantaron con fuerzas, no falto quien al cierre comentara “…Iorio es lo más grande del heavy nacional”. Frase para analizar en el contexto. Un contexto donde si bien los participantes de esa noche bajo el escenario eran ajenos al conflicto entre bandas (ALMAFUERTE / MALÓN), muchos tomaron como propio y hubo intercambio de chiflidos.

Habiendo pasado ESPIRITU COMBATIVO en su totalidad, los músicos, salvo Rubio, aprovecharon para tomarse un breve descanso, y regresar para interpretar clásicos que navegaron entre Justicia o resistencia, Nuevo orden mundial y Oscuro plan del poder.

Con Un cielo rojo, de su último trabajo, comenzó la segunda etapa del show. Sin cambios prácticamente en su perfomance, con un baterista impoluto tras los parches y hasta canchero con sus antejos negros, y un Tano que, mágico con sus dedos, atinaba a alegrar a la gente desde su lugar en el escenario, mientras O’Connor y Cuadrado emanaban apenas algún gesto. Pasaron Nido de almas, nuevamente agigantando la figura de Rubio y desgatando la garganta de la gente, El gran reinicio, ya adoptado por la gente como un clásico aún siendo algo nuevo en la historia de la banda y Bajo el dominio danzante, que rompe con un poder especial entre sus interpretaciones. Sin dudas logró en la noche, ser de esas canciones que más movilizó y obligó a la multitud a vocalizar  “…Despierta, no duermas patria mía, despierta, derriba las fronteras”.

No quiero ser repetitivo, ni tampoco adulador, pero si algo le faltaba a la jornada para que sea “LA” noche de Rubio, era un buen solo de bata. No fue el más técnico, pero desde lo gestual, desde el movimiento y la interacción con el público es que podemos decir que fue excelente. Fue durante toda la velada quien más aportó a la arenga y trasladó su energía a los presentes.

Ancho falso e Impulsando el encuentro, continuaron como un tren, sin frenar y a toda máquina. Con la gente enardecida en este último, que imprime un thrash explosivo, nuevamente el pogo cobró notoriedad y volaron al aire vasos y algún que otro encendedor para, una vez concluido esto, la paz y la quietud colmen Flores con el arribo de 30.000 plegarias, tema que alude a los desaparecidos en plena época militar. Con el Tano en primera plana, la lluvia de aplausos invadió el recinto y hubo más de uno que acompaño la melodía con su voz. De haber un momento emotivo, sin dudas fue este. Rememorar lo ocurrido en aquel entonces, sin entrar en tintes políticos, es siempre recordar que ese tipo de cosas no deben volver a suceder nunca más.

Pacto pesado y Nuevo orden mundial, del disco que lleva su mismo nombre, fueron la antesala del cierre. Otra vez como a lo largo del show, Claudio dejo en varios momentos al público cantar, lo que dejó entrever que quizás no logró llegar a la fecha en su mejor versión. No obstante, no hubo desilusión en la audiencia. Todo lo contrario. Acompañaron y fueron protagonistas cada vez que les toco emular las líneas del frontman.

Como todo llega a un final y esta vez no iba a ser la excepción, guardaron dos canciones que no fueron al azar. Se eligieron con propósitos muy estratégicos. El primero, exprimir hasta la última gota de vida en el piso, y el otro, si algo hubiera salido mal durante el desarrollo del show, cosa que no sucedió, estos temas hubieran funcionado para hacer borrón y cuenta nueva, como si lograran alterar la memoria haciendo que un mal trago se olvidara rápido. Así pasaron Grito de Pilagá y el cierre con Hipotecado, ambos de Justicia o Resistencia, que dieron el desenlace perfecto. Gente que dejó sus cuerdas vocales en cada nota y pies ampollados de tanto saltar.  La imagen de una persona en sillas de ruedas, en lo más alto, siendo elevada entre la multitud y llevándola hacia donde la corriente se moviera, fue la postal de que esa noche fue única y quedará grabada en la retina de todos los presentes.

Ahora, no todo fueron rosas. Si bien desde la esfera musical fue una producción impoluta, prolija y ajustada, pareció que el Delorean para los intérpretes, salvo Rubio, no funcionó con la misma eficacia, dejando ver que los años pasaron con mayor crudeza para ellos, con una performance en el escenario que no fue la más enérgica desde el plano corporal, manteniendo actitudes más bien sobrias. Salvo el “Tano”, que al menos intento mostrar empatía y emano buenas vibras, tanto O’Connor como a Cuadrado se los noto poco participativos. El cantante como siempre agito la cabeza y el brazo, fiel a su estilo, pero nada más. Escatimo en palabras y no reflejó la emoción que se vivió debajo del escenario. Esto es un asunto actitudinal y no etario claramente. En diciembre del 2024, cuando oficiaron de teloneros de IRON MAIDEN, su actuar fue prácticamente el mismo, mientras la doncella de hierro no detuvo su marcha en las más de dos horas que duró el show. Bruce Dickinson, con cinco años más que Claudio, corrió, saltó y bailó a lo largo del recital, y eso que venía de más de 10 presentaciones en el último mes, con todo lo que implica una gira internacional entre traslados, horas de aeropuertos, cambios horarios, entrevistas, hoteles y más. Ojo, este sentimiento similar lo hemos tenido este año con Walter Meza en HORCAS y el Tano Marciello en su conmemoración a ALMAFUERTE quienes, al igual, plasmaron excelencia musical, pero poco comunicativos con el público.

Más allá de los contextos y de las etapas, por el peso simbólico de su obra y el valor cultural que representa, cada nueva presentación de MALÓN contará siempre con un séquito incondicional, un ejército propio dispuesto a acompañarlos donde sea. Es que su música ya no apela a la razón: atraviesa directamente el corazón, sostenida por letras que conservan intacta su vigencia y una potencia que no conoce el desgaste. Así, este cierre de gira no funciona como un punto final, sino como la confirmación de que aquel comienzo sigue latiendo con la misma fuerza. El mejor final para aquel inicio que, hace 30 años, dio forma a una tribu que, hoy como entonces, permanece fiel a sus tradiciones, sin importar lo que ocurra alrededor.

Texto: Santiago Izaguirre
Foto: Estanislao Aimar (Archivo)  
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