CELESTE en vivo en Argentina: “Cuando la oscuridad se vuelve física”


Fecha: Miércoles 11 de septiembre de 2026 | Hora: 21.30 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Club Bula | Bandas invitadas: FENECE, PSICOSFERA y MONJE

La primera visita de CELESTE a la Argentina fue mucho más que la presentación en vivo de una banda europea con más de veinte años de trayectoria: se convirtió en una de las grandes y gratas sorpresas de la temporada. Durante casi una hora, el cuarteto francés transformó el escenario de Club Cultural Bula en un espacio cerrado, opresivo y absorbente, dentro del cual el sonido, la oscuridad y las luces rojas funcionaron como partes inseparables de una misma obra. No hubo discursos extensos, movimientos exagerados ni recursos destinados a facilitar el vínculo con el público. La propuesta fue exactamente la contraria: sumergirlo en una experiencia física y emocional de la que no pudiera permanecer como simple observador. En el centro de la escena, Johan Girardeau permaneció prácticamente estático, pero esa quietud nunca transmitió pasividad. Con el cuerpo aferrado al bajo y el rostro recortado por la característica luz roja colocada sobre su cabeza, concentró toda la energía en una interpretación vocal áspera, desesperada y por momentos asfixiante. Cada grito pareció surgir menos de una decisión técnica que de una necesidad física, como si las canciones debieran atravesarlo antes de alcanzar al público. Esa contención exterior volvió todavía más intensa su presencia: mientras apenas abandonaba su posición, la voz expandía las composiciones hasta otorgarles una dimensión visceral y catártica.

El volumen arrollador terminó de transformar el recital en una experiencia corporal. Las guitarras de Guillaume Rieth y Sébastien Ducotté, junto con el bajo de Girardeau, formaron una masa compacta que no buscó la limpieza convencional, sino envolver, incomodar y sacudir. Aun así, la intensidad no derivó en una saturación confusa: los quiebres conservaron su impacto y cada nueva explosión pareció ampliar los límites del escenario. El sludge, el post-hardcore y la velocidad heredada del black metal dejaron de escucharse como géneros separados para convertirse en distintos grados de una misma violencia emocional. Esa combinación apareció con especial contundencia en Des torrents de coups, cuyo título puede traducirse como “Torrentes de golpes” y cuya letra se introduce en una relación atravesada por el maltrato, la negación de uno mismo y la progresiva pérdida de identidad de quien termina conviviendo con el odio. La pesadez del riff reprodujo ese encierro hasta que las aceleraciones convirtieron la angustia contenida en una descarga inmediata. Nonchalantes de beauté, “Indolentes de belleza”, enfrentó la atracción y la apariencia exterior con un fondo de indiferencia, deseo, vulnerabilidad y violencia latente: la belleza no aparece como una forma de salvación, sino como una superficie bajo la cual continúan creciendo el daño y la degradación. En ambas composiciones, los riffs monolíticos avanzaron con una pesadez casi tectónica antes de ser quebrados por aceleraciones repentinas.

Le cœur noir charbon, literalmente “El corazón negro carbón”, encontró en la repetición una fuerza hipnótica. Su letra presenta la imagen de un hombre miserable pero imperturbable que arrastra una interminable carga con el corazón ennegrecido, una figura que puede leerse como representación del peso emocional, la soledad y la incapacidad para escapar de una existencia que lo consume. La canción también se vincula con las relaciones humanas violentas y enfermizas que atraviesan Assassine(s): vínculos en los que el sometimiento, el miedo y una mínima promesa de alivio pueden encerrar todavía más a quien los padece. Por su parte, Cette chute brutale, “Esta caída brutal”, perteneciente a Infidèle(s), transformó el derrumbe afectivo en un movimiento sonoro. La caída puede entenderse como el final abrupto de una relación, pero también como el descenso interior provocado por la traición, la culpa y la pérdida de confianza. Allí CELESTE condensó su identidad al enfrentar densidad, vértigo y desesperación, haciendo que el título dejara de ser una simple imagen para convertirse en algo que podía experimentarse físicamente. Los cambios nunca funcionaron como demostraciones de virtuosismo: cada transformación rítmica aumentó la tensión y empujó las canciones hacia un nuevo estallido.

Esa violencia musical encuentra su correlato en las letras escritas en francés por Girardeau, quien desde los primeros trabajos de CELESTE se ocupa de algunos de los aspectos más brutales y difíciles de la experiencia humana. Abuso, violación, incesto, pedofilia, violencia contra las mujeres, sometimiento religioso, infidelidad, culpa, autodestrucción y degradación social aparecen dentro de historias fragmentarias que evitan la descripción complaciente y cualquier resolución tranquilizadora. Discos como Misanthrope(s) y Morte(s) Née(s) penetran en esos territorios desde la perspectiva de personajes dañados, víctimas que intentan sobrevivir y seres humanos capaces de destruir a quienes los rodean y destruirse a sí mismos. Infidèle(s) juega con el doble sentido de la infidelidad amorosa y religiosa, mientras que Assassine(s) desplaza el foco hacia la violencia íntima, el maltrato doméstico y la desaparición progresiva de la identidad dentro de una relación destructiva. Por eso el carácter opresivo de su música no funciona como una simple elección estética: esos riffs repetitivos, los gritos y las aceleraciones repentinas convierten en sonido el miedo, la angustia y la imposibilidad de escapar presentes en las letras.

Dentro de esa maquinaria, Antoine Royer fue una figura decisiva. Su batería no se limitó a sostener el pulso ni a acompañar el peso de las guitarras, sino que condujo las mutaciones de cada composición. Alternó blast beats, golpes secos, desplazamientos sobre los toms y un trabajo preciso de platillos, pasando de la lentitud aplastante a la velocidad extrema sin perder cohesión. Su técnica permitió que lo monolítico y lo vertiginoso convivieran sin anularse: fueron dos caminos diferentes hacia la misma catarsis. Si las guitarras construyeron la pared, la batería fue la fuerza encargada de derrumbarla una y otra vez. Royer también resultó fundamental para administrar los silencios, las pausas y los cambios de dinámica: no tocó permanentemente por encima de las canciones, sino que supo contenerlas hasta encontrar el momento exacto para liberar toda su potencia. En una música edificada sobre contrastes tan pronunciados, su precisión evitó que la intensidad se volviera plana y permitió que cada explosión tuviera un peso diferente a la anterior.

La puesta en escena resultó sobria, austera y cuidadosamente diseñada. Las luces rojas colocadas sobre las cabezas de los músicos apenas recortaron sus cuerpos dentro de la oscuridad, borraron sus rostros y los transformaron en figuras casi anónimas. A ellas se sumaron las luminarias distribuidas sobre el piso, sincronizadas con las pausas, los quiebres y las explosiones sonoras. No hicieron falta pantallas, decorados ni una producción desmesurada: cada destello reforzó un golpe y cada regreso a la penumbra prolongó la tensión. Más que iluminar a la banda, la puesta permitió visualizar por instantes la violencia que ya estaba ocurriendo dentro de la música. Los músicos aparecían y desaparecían detrás de sus propias sombras, como si fueran apenas siluetas encargadas de ejecutar una obra que estaba por encima de cualquier individualidad. Esa decisión también eliminó buena parte de las convenciones habituales de un recital de metal: no había un frontman buscando permanentemente la mirada de la gente ni guitarristas reclamando el centro del escenario, sino cuatro cuerpos trabajando sobre una misma construcción sonora y visual.

La reacción del público también mostró las distintas maneras en las que podía atravesarse una propuesta de semejante intensidad. Algunos permanecieron observando con atención, intentando descubrir dentro de aquella masa sonora los pequeños movimientos, las pausas y los cambios que modificaban el clima. Otros buscaron liberar la tensión mediante un pogo todavía contenido, difícil de sostener frente a una música que cambiaba constantemente de velocidad y que muchas veces parecía exigir más concentración que movimiento. También estuvieron quienes cerraron los ojos y se dejaron envolver por el volumen, aceptando que la experiencia no necesitaba ser comprendida de manera racional. Esas respuestas convivieron durante todo el recital y revelaron algo esencial sobre CELESTE: su música puede provocar una reacción física inmediata, pero también una escucha introspectiva y casi hipnótica. La catarsis no tuvo una única forma. Para algunos significó mover el cuerpo; para otros, permanecer quietos mientras el sonido hacía todo el movimiento por dentro.

Después de más de veinte años construyendo una identidad difícil de clasificar, CELESTE llegó finalmente a Buenos Aires y demostró que su lenguaje alcanza su forma definitiva sobre un escenario. En Bula, sus canciones no fueron solamente escuchadas: se sintieron en el cuerpo, golpearon y dejaron una marca. Durante cincuenta y cinco minutos, la oscuridad dejó de ser la ausencia de luz para convertirse en una presencia concreta, arrolladora y profundamente catártica. El grupo no necesitó abandonar su hermetismo ni suavizar una propuesta concebida desde la incomodidad para comunicarse con el público. Precisamente allí estuvo el valor de esta primera visita y su condición de grata sorpresa: CELESTE no adaptó su universo al escenario porteño, sino que obligó al escenario, al espacio y a quienes estaban dentro de él a ingresar en su mundo. El final fue tan abrupto como coherente con todo lo anterior. La banda interrumpió aquella descarga, abandonó el escenario y dejó durante algunos instantes la posibilidad de un bis flotando en el ambiente. El público permaneció frente al escenario y sostuvo el pedido, esperando que las luces rojas volvieran a encenderse y que los músicos regresaran para una última explosión. Hubo un amague, una espera cargada de expectativa, pero el bis nunca llegó. Lejos de sentirse como una resolución incompleta, esa ausencia prolongó el efecto del concierto: después de someter al lugar a semejante intensidad, CELESTE eligió retirarse sin ofrecer alivio ni una despedida convencional. Cuando quedó claro que el recital había terminado, no permaneció solamente la sensación de haber asistido a un gran concierto, sino la de haber atravesado una experiencia tan difícil de explicar como imposible de olvidar.

Texto: Carlos Noro
Fotos: Joaquín Oñate
Agradecemos a Noiseground por la acreditación al evento.

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