SMITH/KOTZEN en vivo en Argentina: “Malas compañías”


Fecha: Martes 21 de abril, 2026 | Hora: 20 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Teatro Flores | Bandas invitadas: KARKAMAN

Había algo especialmente atractivo en la visita de SMITH/KOTZEN a Flores. No era sólo la posibilidad de ver a dos guitarristas de peso compartiendo escenario, sino el cruce entre dos identidades bien marcadas, dos maneras distintas de entender el rock, la melodía, el canto y la manera de encarar el instrumento. Sobre el papel, la fórmula era muy difícil de rechazar. En la práctica, la noche ofreció varios momentos de vuelo real, aunque también dejó un problema demasiado evidente desde el arranque: el sonido no estuvo a la altura de lo que el show prometía.

Antes incluso de que la banda apareciera en escena ya había un gesto de contexto. En los parlantes sonó la versión original de Bad Company, el clásico de BAD COMPANY ligado para siempre a la voz y la impronta de Paul Rodgers, y la elección difícilmente haya sido casual. La ironía apareció enseguida: un tema cuyo título remite a una “mala compañía” terminaba presentando a una sociedad musical que, al menos en los papeles y en varios pasajes de la noche, demostró exactamente lo contrario. Pero además había algo más. La letra de Bad Company trabaja una idea de identidad endurecida, de pertenencia casi fatal a un nombre y a una forma de vida, algo que dialogó muy bien con la presencia de Adrian Smith y Richie Kotzen: dos músicos curtidos, de recorrido enorme, sin necesidad de sobreactuar peligrosidad ni de vender juventud, entrando con la autoridad de quienes hace tiempo construyeron un nombre propio. El problema fue que, terminado ese guiño perfecto desde los parlantes, el comienzo real del recital no tuvo el peso sonoro que esa introducción insinuaba.

Y ese no fue un detalle menor. Para una propuesta apoyada casi por completo en el diálogo entre guitarras, la mezcla resultó llamativamente opaca durante buena parte del inicio. Las violas aparecieron sin la definición necesaria e incluso, de manera sorprendente, algo bajas dentro de la mezcla general. Eso les quitó presencia a varios de los primeros temas y desdibujó durante un largo tramo uno de los grandes atractivos del proyecto: escuchar con claridad el contraste entre el audio de Adrian Smith y el de Richie Kotzen. Con el correr del set la situación se fue acomodando, pero apenas a medias. Nunca terminó de ser una noche de sonido realmente nítido, y esa limitación acompañó al recital casi hasta el final.

Por eso costó más de la cuenta, al principio, apreciar con plenitud la diferencia de sonido entre ambos. Adrian Smith, con su Jackson Stratocaster, trabajó desde un sonido más filoso, abierto y aireado, con ese brillo clásico que remite a su costado más melódico y elegante. No fue una cuestión de volumen sino de intención: aún cuando la mezcla no ayudaba, se percibía una búsqueda de claridad, de fraseo cantable, de dejar que cada línea respirara. Richie Kotzen, en cambio, se movió desde una sonoridad más gruesa asentada en el cuerpo de sus Fenders. Su audio empujó hacia un terreno más blusero, más soul, por momentos más áspero. Ahí estuvo una de las riquezas del show: no eran dos guitarras peleando por el centro, sino dos colores muy distintos intentando convivir dentro de una misma arquitectura.

Desde lo vocal pasó algo parecido. Los aportes estuvieron repartidos de manera equilibrada y esa alternancia le dio dinamismo al repertorio. Adrian Smith aportó una voz blusera, noble, sobria e interesante, menos espectacular pero muy eficaz para este tipo de canciones. Richie Kotzen, por su parte, se plantó desde otro lugar: una voz más virtuosa, con mayor elasticidad, más desborde y momentos realmente cercanos al Chris Cornell más melódico. Esa combinación evitó cualquier sensación de monotonía. Cuando uno sostuvo la canción desde el aplomo, el otro la llevó a una zona más expresiva, más amplia, más dramática.

Desde la guitarra, la diferencia fue todavía más clara. Adrian Smith fue el feeling: el peso exacto de las notas, la melodía precisa, la capacidad de hacer hablar a la guitarra con una economía envidiable. Richie Kotzen, sin resignar feeling, le sumó a ese diálogo una cuota mayor de técnica y virtuosismo. Su toque fue más expansivo, más cargado, más dispuesto al lucimiento, pero sin caer en la gimnasia vacía. En ese cruce entre sobriedad y exuberancia, entre fraseo contenido y desborde controlado, apareció una parte central del encanto de SMITH/KOTZEN.

La verdadera apertura del recital llegó con Life Unchained, que terminó funcionando como la primera declaración concreta de principios del dúo: hard rock clásico, groove, oficio y una entrada en escena sin apelar al golpe de efecto fácil. En otro contexto sonoro, habría sido un comienzo mucho más contundente. Algo parecido ocurrió con Black Light, canciones que pedían justamente claridad para que se apreciara mejor el juego entre el filo más melódico de Adrian Smith y el cuerpo más espeso de Richie Kotzen. También hubo canciones que funcionaron más por atmósfera que por impacto inmediato. Wraith apareció con ese costado sombrío y arrastrado que le sienta bien al proyecto, como si la banda quisiera bajar la ansiedad del arranque y meterse en una zona más densa. Glory Road, en cambio, dejó ver otra cara del dúo: una más abierta, más rutera, más ligada a ese hard rock de amplitud melódica que ambos manejan con naturalidad. En esos temas ya se intuía que el show tenía una narrativa posible, aunque el audio todavía no terminara de acompañar del todo.

Más adelante, Blindsided y Taking My Chances ayudaron a sostener el pulso en un tramo donde la noche necesitaba afirmarse. No fueron necesariamente los momentos más impactantes del concierto, pero sí canciones valiosas para mostrar que el proyecto tiene una espina dorsal real y no apenas una suma de apellidos pesados. En Blindsided se percibió especialmente bien esa convivencia entre sobriedad y vuelo: la canción no explota enseguida, sino que avanza a medida que el feeling fluye. Taking My Chances, por su parte, tuvo algo de declaración de carácter, de banda confiando en su material sin necesidad de apoyarse todavía en guiños externos. Durante esa primera mitad, sin embargo, casi todo se intuyó más de lo que realmente se oyó. El repertorio avanzó entre canciones que pedían otra presencia en la mezcla, otro relieve, otra fuerza  La banda estaba ahí, claro, y también el oficio, pero el recital todavía no encontraba el punto exacto para desplegar todo su potencial. En ese sentido, la noche tardó bastante en revelar con nitidez qué tenía realmente para ofrecer.

El punto de quiebre llegó con Darkside. Ahí empezó a hacerse más evidente el aporte de Adrian Smith, no sólo desde el toque sino también desde una atmósfera más ligada a ese costado del MAIDEN más abierto, melódico y levemente progresivo. Hubo incluso una cercanía estética con el arranque de The Writing On The Wall, de Senjutsu: no como cita directa, claro, pero sí como sensibilidad parecida, esa forma de abrir paisaje con la guitarra, de dejar aire entre frase y frase, de convertir la melodía en un recurso narrativo y no sólo en un gancho. Desde ahí en adelante, aunque el sonido nunca terminó de ser ideal, el recital empezó a parecerse mucho más a lo que prometía desde antes de arrancar. Después de ese momento, canciones como Outlaw y White Noise encontraron un terreno algo más favorable para desplegarse. Outlaw tuvo algo de marcha pesada, de rock con polvo y carretera, y le calzó perfecto a la veta más terrosa del dúo. White Noise, por su parte, funcionó casi como una síntesis del proyecto: melodía fuerte, cuerpo rockero, un estribillo con gancho y ese equilibrio entre accesibilidad y oficio que evita que la propuesta se vuelva plana. No fueron interpretaciones perfectas en términos de audio, pero sí momentos donde el show empezó a dejar de pelearse tanto con la mezcla y a mostrarse con mayor claridad.

En ese contexto, la banda también comenzó a afirmarse mejor alrededor de ellos. Julia Lage, bajista brasileña de VIXEN, no se limitó a sostener la base: aportó presencia real, solidez y groove, amarrando el centro del sonido cuando la mezcla amenazaba con deshilacharse. Bruno Valverde, baterista brasileño de ANGRA, empujó con potencia, precisión y oficio. Pero si hubo un instrumento claramente beneficiado en la mezcla y fue el bajo. Y ahí Julia Lage fue espectacular. No sólo tocó con solvencia y mostró una técnica muy visible, sino que además cantó, se movió, sedujo escénicamente y terminó siendo una de las figuras más completas de toda la noche. Su rendimiento tuvo incluso algo de paradoja: en un show comandado por dos guitarristas de ese calibre, el instrumento con mejor audio fue, insólitamente, el bajo. Eso permitió apreciar con bastante más claridad su digitación, su firmeza rítmica y su capacidad para darle espesor a las canciones cuando las guitarras todavía peleaban por encontrar definición. Con Bruno Valverde la lectura fue un poco más ambigua. Cumplió, tocó con seguridad, sostuvo la estructura y jamás desbarrancó el show, pero tal vez para una propuesta como esta habría sido interesante un baterista con más groove, más sutilezas de arreglo y una muñeca más orientada al detalle que al puro empuje. No porque faltara capacidad, ni mucho menos, sino porque varias canciones parecían pedir una batería con más swing interno, más aire entre golpes, más pequeños comentarios rítmicos que ayudaran a acentuar el costado blusero, soul y hard rockero del proyecto. En una noche donde el audio ya venía complicando la definición de las guitarras, una batería con más refinamiento en ese terreno quizá habría contribuido a darle otra respiración al show.

También hubo un elemento que condicionó bastante la atmósfera general del recital: la reacción del público. En líneas generales, la respuesta fue más bien fría, algo que por momentos hizo pensar que acaso este show hubiera tenido más sentido en un teatro con butacas que en una sala como Flores. No porque faltara respeto ni interés, sino porque buena parte del repertorio pedía una escucha más atenta, más reposada, más cercana al disfrute del matiz que al estallido físico. Y ahí apareció una tensión difícil de ignorar. Muchos seguramente fueron a ver de cerca al guitarrista de MAIDEN y del proyecto solista de Bruce Dickinson; otros, más ligados al recorrido de Richie Kotzen, probablemente esperaban encontrarse con ese costado más personal, más soul, más blusero y más sofisticado de su cancionero. Pero no dio la sensación de que las canciones, más vinculadas al espacio de confort de Kotzen que al costado más metálico y reconocible de Smith, hayan impactado de verdad en la sala. Tal vez por las expectativas. Tal vez por el sonido. Tal vez por la combinación de ambas cosas.

Eso se percibió con claridad en varios de los pasajes donde el show se inclinó hacia una sensibilidad más blusera, más soul o más hard rockera en un sentido menos épico. No hubo rechazo, desde luego, pero sí una respuesta más contenida, más observadora que visceral. Como si una parte importante del público hubiera ido a ver nombres, trayectoria, técnica, cercanía, pero no necesariamente a entregarse por completo a un repertorio que, salvo en contados momentos, no apelaba al golpe directo sobre la memoria metalera colectiva. En ese sentido, la recepción nunca terminó de acompañar del todo lo que pasaba arriba del escenario, y eso también aportó a esa sensación de velada algo distante, algo más admirada que verdaderamente vivida.

En el tramo final, Scars y Running ayudaron a cerrar el set principal con una sensación bastante más sólida que la del arranque. Scars tuvo un aire más introspectivo, más apoyado en el dramatismo del fraseo y en el peso expresivo de las voces, mientras que Running dejó la impresión de un cierre con nervio, sin caer en la tentación de reservar toda la emoción para los bises. A esa altura la banda ya sonaba más ensamblada, o al menos más inteligible, y por eso el concierto empezó a parecerse más a lo que en teoría prometía.

Los bises merecieron una lectura aparte. You Can’t Save Me, ligado al recorrido solista de Richie Kotzen, aportó un último vistazo a su ADN más personal: esa combinación de melodía amplia, técnica vocal, soul y filo rockero que lo vuelve un músico difícil de encasillar. Fue una buena antesala para Wasted Years, que apareció no sólo como el momento de mayor reconocimiento inmediato del público, sino también como un puente entre el presente del proyecto y la historia de Adrian Smith como compositor. Lejos de sonar forzado, el clásico de IRON MAIDEN funcionó como cierre lógico y emocional: una canción enorme, sí, pero también una manera de recordar que detrás del guitarrista de feeling refinado que se vio en Flores sigue estando uno de los grandes arquitectos melódicos del heavy metal clásico.

Y ahí, efectivamente, todo cambió. Wasted Years disparó una reacción inmediata, poderosa y reconocible. La versión fue realmente muy buena, con Richie Kotzen cantando además algunas partes, y eso terminó de darle al cierre una intensidad que el resto del concierto sólo había alcanzado de manera intermitente. En ese momento pareció pasar de todo junto. Por un lado, la reacción del público pareció confirmar ante los ojos de Kotzen algo que quizá Adrian Smith ya sabía de memoria: el vínculo emocional y la efusividad del público argentino cuando se trata de MAIDEN juega en otra liga. Pero, al mismo tiempo, en la mirada de Ritchie pareció haber también un segundo sentido, más ambiguo, más difícil de nombrar: algo de asombro, sí, pero también una cuota de desazón, como si esa explosión final confirmara que la conexión total con la sala había llegado demasiado tarde, recién cuando apareció una canción que ya venía consagrada desde otro lugar.

En ese cierre quedó más clara que nunca la lógica del dúo. Cuando el repertorio pidió clima, como en Wraith o Scars, Adrian Smith aportó el gusto por la melodía justa y el fraseo con sentimiento. Cuando hizo falta más expansión, más despliegue y más dramatismo, como en pasajes de Black Light, Outlaw o You Can’t Save Me, Richie Kotzen cargó el show con su técnica, su voz más elástica y ese filo expresivo que por momentos recordó al Chris Cornell más melódico. Ahí apareció con nitidez la lógica de SMITH/KOTZEN: uno ordena, el otro incendia; uno recorta, el otro expande.

La sensación final fue ambivalente, pero no por eso menos interesante. SMITH/KOTZEN dejó en claro que tiene canciones, personalidad y una química genuina entre sus protagonistas. También mostró una banda capaz de sostener con solvencia un repertorio exigente. Pero al mismo tiempo quedó la impresión de que El Teatro Flores no devolvió del todo lo que el show podía ofrecer, sobre todo en una primera mitad donde las guitarras tendrían que haber gobernado la escena con mucha más autoridad y donde el público tampoco terminó de entrar del todo en la propuesta. Cuando la mezcla permitió escuchar mejor, aunque fuera parcialmente, el contraste entre ambos, el recital mostró su verdadero valor. Y cuando llegó Wasted Years, también quedó claro que la llave emocional de la noche estaba en otro lado, en ese punto exacto donde el proyecto propio del dúo se cruzó con la historia inmensa de Adrian Smith en IRON MAIDEN. Ahí apareció el estallido. Ahí apareció la comunión. Y también, quizás, la evidencia de todo lo que el show no había terminado de encender antes.

Texto: Carlos Noro

Fotos y videos: Estanislao Aimar

Agradecemos a Marcela Scorca de Icarus Music por la acreditación al evento. 

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