BLACKBERRY SMOKE en vivo en Argentina: Una carretera abierta al sur de Estados Unidos


Fecha: Viernes 14 de abril, 2026 | Hora: 20 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Groove | Bandas invitadas: PIL DE VILLAR

Imaginense manejando con la ventanilla baja por alguna ruta del sur de Estados Unidos, con el aire caliente pegándoles en la cara, el asfalto estirándose hasta perderse en el horizonte y un estéreo analógico escupiendo esa mezcla exacta de polvo, whisky, guitarras y verdad. Esa sensación de viaje, de carretera y de vida sin maquillaje no apareció como simple decorado en su paso por Argentina: fue el corazón mismo de esta primera visita de BLACKBERRY SMOKE a nuestro país. Principalmente porque lo que la banda de Atlanta llevó al escenario, no fue solamente un repertorio de canciones, sino una forma de entender el rock como refugio espiritual, como celebración de la canción clásica y también como un pequeño acto de resistencia frente a un mundo cada vez más apurado, más plástico y bastante más tonto.

No se trató, además, de la visita de una banda cualquiera ni de un número más dentro del calendario local. BLACKBERRY SMOKE llegó con el peso de haberse convertido, en los últimos años, en uno de los nombres más sólidos y respetados de ese territorio donde se cruzan el rock sureño, el country y esa etiqueta amplia, discutible pero útil, que suele resumirse bajo el nombre de “americana”. Su música dialoga con LYNYRD SKYNYRD, THE ALLMAN BROTHERS BAND y la tradición del country rock, pero sin caer en el museo ni en la simple recreación nostálgica. Lo suyo tiene raíces profundas, sí, pero también una vitalidad contemporánea que explica por qué sus canciones siguen encontrando oyentes nuevos en un tiempo donde casi todo parece consumirse con la ansiedad de un scrolleo interminable.

En ese marco, la presentación en Argentina tuvo algo de celebración largamente esperada y también de confirmación. Confirmación de que detrás de sus discos hay una banda de verdad, de esas que entienden que una canción no se impone solamente por volumen o por pose, sino por espesor emocional, por oficio y por una química interna que no se fabrica. Sobre el escenario, ese universo apareció completo: la hermandad rutera, el pulso sureño, la sensibilidad country, la aspereza rockera y esa nobleza de grupo que parece tocar cada tema como si todavía creyera de verdad en él. Y eso, en estos tiempos de tanta impostación, vale oro.

Si algo terminó de ordenar esa travesía fue la presencia de Charlie Starr, verdadero alma mater de BLACKBERRY SMOKE, no solo por su rol como cantante y guitarrista sino por esa clase de liderazgo que no necesita sobreactuarse. Hay músicos que conducen una banda desde el gesto ampuloso; lo suyo va por otro lado. Starr empuja desde la canción, desde el tono, desde la autoridad tranquila de quien sabe exactamente qué clase de música tiene entre manos y no necesita subrayarlo a cada minuto. En vivo, esa centralidad se vuelve evidente: su figura organiza el relato, pero sin aplastar al resto. Todo lo contrario. Lo que aparece es una banda de funcionamiento coral, donde cada integrante entiende su lugar y lo hace rendir al máximo.

Ahí radicó una de las grandes virtudes del show. Paul Jackson aportó ese equilibrio fundamental entre guitarra rítmica y punteos rockeros, Richard Turner sostuvo desde el bajo un andamiaje robusto y preciso, Brandon Still sumó con los teclados esa textura indispensable que termina de abrir el paisaje sureño, y Benji Shanks, ya plenamente incorporado al ADN del grupo (Ndr. Ingresó oficialmente a la banda en 2018), se convirtió en una presencia imposible de pasar por alto. Todo un personaje: impávido, casi estático, con esa media sonrisa apenas insinuada y un aire de tipo que parece no inmutarse nunca, pero desde ese lugar fue agregando capas decisivas con tercera guitarra, mandolina y momentos acústicos. No necesitó hacer teatro; su sola manera de habitar el escenario ya decía bastante. Y cuando intervenía con esas líneas de color más bluseras, más rurales o directamente ligadas al slide, el sonido de la banda ganaba una profundidad especial.

También Kent Aberle (Ndr. otro de los nuevos integrantes) en batería entendió a la perfección la lógica interna de BLACKBERRY SMOKE. Nada de sobrecargar, nada de tocar para la tribuna. La banda entera pareció trabajar bajo una idea muy clara: menos es más. Y justamente por eso todo respiró mejor. Las melodías se entrecruzaron con naturalidad, las guitarras fueron encontrando distintos matices —bluseros, rockeros, ruteros, de slide— y el show evitó en todo momento el exceso ornamental. No hubo necesidad de empastar todo ni de llenar cada hueco, porque el grupo comprendió algo que muchísimas bandas olvidan: cuando las canciones están bien hechas, cuando hay oficio y escucha interna, el espacio también toca.

Ese criterio se sintió desde el comienzo. Good One Comin’ On abrió la noche con esa mezcla de groove canchero, mugre sureña y seguridad de banda curtida que funciona casi como una declaración de principios. No hubo vueltas innecesarias: BLACKBERRY SMOKE salió a plantear el clima del show desde el minuto cero. Después, Six Ways To Sunday y Payback’s A Bitch terminaron de afirmar esa primera impresión, con un sonido firme, aceitado y sin grandilocuencia. Ya desde ahí se notaba que la banda no venía a ofrecer una postal congelada del southern rock, sino a mostrar una versión viva, dinámica y muy bien ensamblada de ese lenguaje.

A partir de ahí, el concierto mostró otra de sus virtudes: la capacidad de administrar intensidades sin romper nunca la unidad del viaje. Hammer And The Nail reforzó el costado más rocoso de la propuesta, con ese pulso firme que no necesita atropellar para hacerse sentir, mientras Rock And Roll Again funcionó casi como una declaración estética en tiempo real, no solo por el título sino por la manera en que BLACKBERRY SMOKE la sostuvo: sin cinismo, sin guiños sobradores, como una banda que todavía cree en el rock and roll como forma de vida y no como souvenir de remera gastada. Let It Burn, por su parte, aportó intensidad rockera, pero siempre dentro de ese equilibrio tan bien medido que el grupo maneja entre empuje y respiración.

Lo interesante fue que esa solidez nunca derivó en rigidez. BLACKBERRY SMOKE entendió durante toda la noche que su fortaleza no pasa por aplastar, sino por dejar que las canciones encuentren su peso específico. Por eso, incluso en los momentos más eléctricos, el show mantuvo una elasticidad muy particular. Las guitarras se iban relevando y complementando con una naturalidad admirable: una sostenía el cuerpo del tema, otra abría pequeños dibujos melódicos, otra metía detalles de slide o acentos más bluseros, y todo convivía sin amontonarse. Esa es una de las marcas de las bandas que de verdad saben tocar juntas: nadie está desesperado por sobresalir porque el verdadero lucimiento está en la totalidad.

En ese marco, Till The Wheels Fall Off y Hey Delilah permitieron empezar a correrse de la pura afirmación rockera para abrir una zona más ligada a la canción y al color emocional del repertorio. No hizo falta que la banda cambiara de piel: simplemente dejó ver otra cara de la misma identidad. Ahí aparecieron con más claridad esa sensibilidad country y ese gusto por la melodía que vuelven a BLACKBERRY SMOKE algo bastante más rico que una simple banda de riffs sureños. Pero fue sobre todo en Pretty Little Lie donde el grupo terminó de exhibir una de sus virtudes menos subrayadas y, al mismo tiempo, más valiosas: la capacidad de escribir canciones con esa nobleza melódica, ese pulso narrativo y esa aparente sencillez engañosa que remiten a la mejor tradición de TOM PETTY. Ahí BLACKBERRY SMOKE demuestra que también sabe moverse en ese terreno donde la canción manda, donde todo parece fluir con naturalidad y, justamente por eso, queda claro lo difícil que es hacerlo bien.

Cuando llegó You Hear Georgia, además, el show alcanzó uno de esos momentos donde repertorio, identidad y pertenencia terminan de alinearse. Porque esa canción, además de su potencia musical, carga con un espesor casi programático dentro de la historia reciente del grupo. Ahí estuvo condensado buena parte de lo que BLACKBERRY SMOKE representa: orgullo por la raíz, apego al territorio, pero también una actualización de ese lenguaje para que no suene a pieza de museo. En vivo, ese tipo de temas permiten entender que la banda no trabaja con la tradición como un objeto sagrado e intocable, sino como un material vivo, algo que todavía puede seguir diciendo cosas.

En la parte media del show, BLACKBERRY SMOKE terminó de confirmar que una de sus mayores virtudes está en saber moverse dentro de un repertorio amplio sin perder identidad. Waiting For The Thunder empujó otra vez hacia adelante con ese nervio de carretera y esa energía de banda que sabe cuándo ajustar el pulso sin necesidad de acelerar de más, mientras Sure Was Good abrió un clima distinto, más sereno, más ligado a esa melancolía tibia que tantas veces aparece en sus mejores canciones. Ahí volvió a hacerse evidente algo que atravesó toda la noche: el grupo no necesita elegir entre rockear o emocionar, porque su mejor versión aparece justamente cuando ambas cosas conviven.

Ese equilibrio también encontró un momento especialmente atractivo en la transición hacia Sleeping Dogs y su empalme posterior con Come Together. No fue solamente un guiño simpático ni una forma de sumar un cover célebre para levantar la reacción inmediata del público. Hubo, más bien, una inteligencia musical muy clara en cómo la banda enlazó materiales, estiró climas y dejó ver que detrás del formato aparentemente clásico hay una lectura muy fina del escenario. Y ahí apareció una de las sorpresas más gratas de la noche: en lugar de resolver Come Together desde un lugar más directo o más obvio, BLACKBERRY SMOKE la llevó hacia una zona de cuelgue, groove y psicodelia setentosa que le dio otra dimensión al momento. Fue uno de esos pasajes en los que la banda pareció correrse un poco de su centro habitual sin dejar de sonar a sí misma, encontrando una textura más flotante, más expansiva, casi hipnótica. Otro gran momento del show, no solo por lo inesperado, sino porque confirmó que el grupo tiene herramientas para abrir su lenguaje sin traicionar su identidad.

Después llegó Azalea, y con ella otra muestra de esa capacidad que tiene BLACKBERRY SMOKE para tocar fibras más sensibles sin caer en el golpe bajo. La canción aportó un tono introspectivo, casi contemplativo, antes de que la noche desembocara en el momento más celebrado del show. Porque cuando apareció One Horse Town, lo que se produjo fue otra cosa: no solo una reacción más efusiva del público, sino la sensación de estar frente al tema perfecto de la banda, esa composición en la que BLACKBERRY SMOKE parece haber condensado todo su universo estético, emocional y narrativo en unos pocos minutos.

No es difícil entender por qué. La letra de One Horse Town trabaja sobre esa mezcla de orgullo, encierro, desgaste y pertenencia que atraviesa a buena parte de la identidad sureña y rutera del grupo. Habla de crecer en un lugar chico, áspero, en el que parece no pasar nunca demasiado y, sin embargo, pasa todo: la familia, la herencia, los vicios, los mandatos, la sensación de estar atado a una tierra que al mismo tiempo se ama y se padece. No hay ahí romanticismo bobo ni desprecio altanero: hay una mirada más compleja, más humana, sobre ese mundo de pueblo pequeño donde la vida puede sentirse como condena, refugio y destino al mismo tiempo. Justamente por eso pega tanto. Porque la canción no habla solo de una geografía concreta, sino también de esa experiencia universal de querer irse, de no saber si realmente se puede y de entender que, aun cuando uno se aleja, ciertas marcas no se van nunca.

En vivo, todo eso se potenció. One Horse Town sonó como un himno sin grandilocuencia, como una de esas canciones que no necesitan sobreactuarse para quedar grabadas. Fue, claramente, el tema más festejado de la noche, y también uno de los momentos donde mejor se vio la conexión entre la banda y el público. Ahí BLACKBERRY SMOKE encontró una síntesis perfecta entre melodía, identidad, relato y emoción contenida. Si a lo largo del show el grupo había demostrado que podía moverse con autoridad entre el rock sureño, el country, la americana, el blues y hasta ciertos desvíos más psicodélicos, en One Horse Town quedó claro que todo eso no eran compartimentos estancos, sino partes de una misma lengua. Y que cuando esa lengua encuentra una canción así de redonda, así de honesta, así de bien escrita, el resultado es demoledor.

Después de Ain’t Got The Blues y Run Away From It All, los bises terminaron de redondear una noche que ya venía cargada de sentido. Primero apareció I Thank You, clásico de SAM & DAVE, es decir, una pieza nacida en el corazón mismo del soul sureño, en esa tradición donde el ritmo, la elegancia y la intensidad emocional iban siempre de la mano. No fue un detalle menor: elegir ese tema implicó tender un puente directo con una de las matrices más profundas de la música del sur de Estados Unidos, dejando en claro que el universo de BLACKBERRY SMOKE no se alimenta solo del rock sureño en sentido estricto, sino también de toda esa tradición negra, sureña y popular que ayudó a moldear el lenguaje del rock americano. Y, además, sonó bárbaro: con soltura, con swing y con esa naturalidad de banda que no interpreta un clásico para cumplir, sino porque realmente lo entiende.

Después, Ain’t Much Left Of Me volvió a meter a la banda en un terreno muy propio, casi como una reafirmación identitaria antes del último golpe. Y para cerrar, When The Levee Breaks llevó todo todavía más al fondo de la raíz. Porque ahí ya no apareció solamente un cover famoso: apareció una canción con historia larga y pesada. Originalmente compuesta y grabada por MEMPHIS MINNIE y KANSAS JOE MCCOY, mucho antes de que LED ZEPPELIN la volviera monumental y casi mítica para el público rockero, la pieza remite a una de las vetas más hondas del blues estadounidense, a ese linaje donde la música nace directamente del desastre, la intemperie y la supervivencia. Que BLACKBERRY SMOKE eligiera terminar ahí no fue casual: fue una manera de señalar de dónde viene todo esto, de bajar varios pisos en el árbol genealógico de su propio sonido y recordar que detrás del southern rock, de la americana, del country rock y del hard rock blusero hay una memoria mucho más antigua, más áspera y más verdadera. Y también sonó bárbaro, con ese aire espeso, arrastrado y ritual que convirtió el cierre en algo más que un guiño de buen gusto: fue un remate con peso, con historia y con carácter.

Y acaso ahí estuvo la verdadera potencia del show. Cuando todo terminó, lo que quedó no fue solamente el recuerdo de un buen recital, sino la impresión de haber salido a la ruta. Como si durante un par de horas Buenos Aires hubiese quedado atrás y el público hubiera viajado con BLACKBERRY SMOKE por ese mapa hecho de pueblos chicos, estaciones de servicio, atardeceres polvorientos, bares de madera, derrotas dignas y canciones que todavía creen en la emoción sin maquillaje. Ese es el mérito de la banda: no solo tocar este repertorio, sino hacerlo vivir.

También quedó una evidencia bastante clara. Este tipo de rock tiene público en Argentina. Lo tiene, lo encuentra, lo emociona y lo representa. Lo que no tiene, o al menos no tiene en la medida que merece, son visitas frecuentes. Por eso noches así valen más: porque recuerdan que todavía existe una audiencia para esa música que se mueve entre el rock sureño, el country, la americana, el blues y la psicodelia clásica sin volverse una pieza de museo. Y porque mientras haya bandas como BLACKBERRY SMOKE capaces de hacer que una sala se convierta, aunque sea por una noche, en una carretera abierta hacia el sur de Estados Unidos, ese viaje va a seguir teniendo sentido.

Texto: Carlos Noro

Fotos: Joaquín Oñate

Agradecemos a Noiseground y Rock City por la acreditación al evento. 

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