Fecha: Viernes 23 de octubre de 2026 | Hora: 19 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Teatro Flores | Banda invitada: EL MARQUESADO
Cuando terminó “War Pigs” —del álbum Paranoid—, el Teatro Flores ya no era solamente un lugar lleno: era una sola voz siguiendo la melodía de la guitarra, coreándola como si ese riff le perteneciera a todo el mundo. Quedó esa imagen —la sala entera cantando— como resumen de la segunda fecha de ZAKK SABBATH en Argentina: una noche atravesada por la memoria de BLACK SABBATH, pero también por la personalidad enorme de Zakk Wylde.
El repertorio recorrió sobre todo los primeros años de BLACK SABBATH, con canciones de sus cuatro primeros discos y algunas elecciones menos previsibles. En vez de quedarse únicamente con los himnos que cualquier público espera, la banda abrió espacio para piezas como “Wicked World” —del debut Black Sabbath—, “Tomorrow’s Dream” —de Vol. 4— y “Under the Sun/Every Day Comes and Goes”, también de Vol. 4. Esa selección le dio al show otro pulso: por momentos parecía que Wylde quería recordar de dónde salieron esos riffs, antes de que se volvieran parte del repertorio inamovible del heavy metal.
La sensación de estar viendo una suerte de “BLACK LABEL SOCIETY plays BLACK SABBATH” aparecía enseguida. Wylde ocupó el centro con su guitarra y con esa presencia que vuelve reconocible cualquier proyecto en el que participa. Pero, al igual que en su visita con BLACK LABEL SOCIETY este año, no necesitó llenar cada hueco con el “biri biri” ni convertir cada pausa en una exhibición interminable. Las canciones tuvieron aire, los cambios de clima se entendieron y los solos, aunque casi siempre extendidos, conservaron el sentido de los temas. Podían crecer y tomar desvíos, pero nunca daban la impresión de que Wylde se hubiera olvidado de la canción que estaba tocando.
También hubo una decisión llamativa en el sonido: Wylde no abusó de los armónicos, uno de sus sellos más reconocibles. Estuvieron ahí, como parte de su lenguaje, pero sin tapar el carácter de los riffs ni imponerse en cada frase. Esa medida le sentó bien al repertorio. En “Snowblind”, de Vol. 4, por ejemplo, el gesto más recordado llegó cuando se puso a tocar con la guitarra detrás del cuello; una postal de guitarrista desatado que retomaría al final de “War Pigs”. Entre ambos momentos, sin embargo, el show no quedó reducido a la pirotecnia: hubo espacio para que las canciones respiraran.
Y si “Snowblind” tuvo su imagen, “Wicked World” tuvo su color. Allí apareció el momento más blusero de la noche: Wylde estiró las frases, dejó que las notas se apoyaran unas sobre otras y se permitió jugar con ese costado más suelto y terroso que también habita en el primer BLACK SABBATH. El tema funcionó como una pausa distinta dentro de un set cargado de riffs pesados, y el solo no sonó como una obligación agregada para lucirse, sino como una conversación con la canción. Fue uno de esos pasajes que ayudan a entender por qué Wylde puede llevar un material tan conocido hacia su propio terreno sin desarmarlo.
El público respondió con fuerza en “N.I.B.” —del debut Black Sabbath—, “Fairies Wear Boots” —de Paranoid— y “Children of the Grave” —de Master of Reality—. En varios pasajes, la gente cantó las melodías de guitarra, como si también conociera de memoria cada curva y cada acento. No es un detalle menor: en estos temas la voz de la sala puede terminar disputándole espacio al escenario, y en Flores esa energía se sintió especialmente en los riffs que todos reconocen desde el primer golpe.
John DeServio estuvo correcto en el bajo y Jeff Fabb sostuvo la batería con solidez, aunque la comparación con Geezer Butler y Bill Ward es inevitable cuando el material pertenece a una banda cuya base rítmica fue tan determinante. En los momentos más veloces y pesados, esa diferencia se hizo más visible. “Under the Sun/Every Day Comes and Goes”, llevada hacia una aceleración casi a lo MOTÖRHEAD, dejó claro que la interpretación giraba principalmente alrededor de Wylde. Hubo poco espacio para que los otros músicos abrieran una zapada propia o disputaran el centro; el recorrido se ordenó alrededor de la guitarra del líder.
Eso también define los límites y el atractivo de ZAKK SABBATH. No busca reconstruir una réplica exacta de BLACK SABBATH ni esconder quién conduce la noche. La banda traduce ese repertorio a la voz de Wylde, con su peso, su volumen y su manera de frasear, pero manteniendo el esqueleto de las canciones. Por eso, incluso cuando se estiran, los temas no pierden el rumbo: el show puede ser una descarga de guitarra y a la vez una celebración de composiciones que ya tienen vida propia.
Al final quedó Flores cantando “War Pigs”, con las melodías de guitarra pasando de la banda al público y de vuelta al escenario. Después de una noche de clásicos, rarezas y solos largos pero contenidos, esa imagen cerró todo sin necesidad de agregar nada: BLACK SABBATH estaba en las canciones, Zakk Wylde estaba en la forma de tocarlas y el público terminó de hacerlas suyas.
Texto: Carlos Noro
Foto portada: Cortesía Julián Sabra

