Entrevistamos a Tommy Rogers de BETWEEN THE BURIED AND ME: “No escribimos para permanecer dentro de un género”


Tommy Rogers lleva más de dos décadas poniendo voz —en todos los sentidos posibles— a una de las bandas más inquietas y difíciles de encasillar que dio el metal estadounidense de este siglo. Desde Carolina del Norte, BETWEEN THE BURIED AND ME comenzó en el 2000, todavía muy cerca del hardcore y el metalcore de su tiempo, pero rápidamente quedó claro que permanecer dentro de esas fronteras no iba a ser una opción. El debut Between the Buried and Me (2002) y The Silent Circus (2003) mostraron la violencia y el vértigo de los primeros años; Alaska (2005) empezó a darle una identidad más definida a ese caos y The Anatomy Of (2006), su disco de versiones, permitió entender hasta qué punto convivían músicas muy diferentes dentro de una misma banda. La gran ruptura llegó con Colors (2007), un álbum que terminó convertido en referencia obligatoria para una generación de metal progresivo extremo y que abrió definitivamente una etapa en la que cualquier límite parecía negociable.

Desde entonces, BETWEEN THE BURIED AND ME hizo de la transformación una costumbre. The Great Misdirect (2009) llevó las composiciones hacia territorios todavía más amplios; The Parallax: Hypersleep Dialogues (2011) y The Parallax II: Future Sequence (2012) expandieron su ambición conceptual; Coma Ecliptic (2015) mostró una banda más teatral, melódica y cinematográfica, mientras que Automata I y Automata II (2018) volvieron a trabajar sobre una obra extensa y narrativa. Incluso cuando regresaron al nombre de su disco más emblemático con Colors II (2021), no lo hicieron para vivir del recuerdo, sino para confrontar aquella identidad con todo lo que habían aprendido en el camino. En el centro de ese recorrido estuvo Rogers, alternando registros extremos, voces limpias y teclados, pero también ayudando a darle forma a una música que nunca se conformó con repetir una fórmula.

El presente se llama The Blue Nowhere (2025), undécimo álbum de estudio de la banda y una nueva muestra de esa necesidad permanente de moverse. A lo largo de más de setenta minutos, BETWEEN THE BURIED AND ME conserva la intensidad, los quiebres abruptos y la imprevisibilidad que forman parte de su ADN, pero abre todavía más el juego hacia melodías amplias, sintetizadores, pasajes de rock progresivo, grooves inesperados y momentos de una sensibilidad mucho más expuesta. No es un disco que busque resumir su carrera ni ordenar todo lo anterior: funciona mejor como otra puerta dentro de una trayectoria construida a base de desplazamientos. Después de veinticinco años, Rogers y compañía siguen sonando como una banda incómoda ante cualquier idea de estabilidad, siempre dispuesta a cambiar de dirección antes de quedar atrapada en una identidad demasiado fácil de reconocer. Y probablemente allí esté una de las claves de su permanencia: BETWEEN THE BURIED AND ME no sobrevivió repitiendo lo que alguna vez funcionó, sino convirtiendo la transformación en su manera más auténtica de seguir siendo la misma banda.

La banda apareció a comienzos de los 2000 dentro de una escena asociada al hardcore y al metalcore, pero con el tiempo desarrollaron un sonido cada vez más difícil de clasificar. ¿Hubo algún momento concreto en el que se dieron cuenta de que ya no pertenecían completamente a esa escena? ¿La experiencia de Ozzfest tuvo algo que ver con eso?

En Ozzfest definitivamente sentimos que estábamos fuera de lugar. Fue uno de esos momentos en los que, como grupo, nos dimos cuenta de que no éramos realmente como la mayoría de las bandas que formaban parte de ese mundo, y tampoco había nada malo en eso. Desde que Paul Waggoner (Ndr. guitarra) y yo empezamos a hablar sobre formar la banda, la idea era hacer música extrema porque amábamos el metal extremo, pero al mismo tiempo escuchábamos muchísimas otras cosas. Crecimos con músicas muy diferentes y queríamos ser una banda pesada capaz de incorporar todo eso sin tener miedo de probar nuevas ideas. Fue un proceso gradual porque también habíamos visto lo que sucedía con otras bandas cuando cambiaban completamente de sonido de un día para otro, y no necesariamente nos parecía el mejor camino. Entonces decidimos que, a medida que nos sintiéramos más cómodos componiendo juntos y creciéramos como músicos, íbamos a empujarnos un poco más en cada disco y ver hasta dónde podíamos llegar. Esa sigue siendo nuestra manera de funcionar. Con los años también cambiamos individualmente y cambió nuestra forma de escribir. Finalmente, nos convertimos en una banda en la que prácticamente cualquier cosa puede entrar si consigue entusiasmarnos. No escribimos para permanecer dentro de un género o una escena determinada: escribimos para hacernos felices a nosotros mismos y, con suerte, llevar a quienes nos escuchan por un viaje diferente y divertido. Fue algo que ocurrió naturalmente, casi como parte de nuestro ADN. Seguimos siendo una banda muy pesada, pero nunca sentimos una pertenencia demasiado fuerte a una escena particular y creo que eso terminó siendo algo positivo porque nos permitió participar de giras muy diferentes. Como músicos, también te da una enorme libertad: podés salir de tu zona de confort, intentar algo nuevo, mandárselo al resto y no tener miedo de que alguien diga que eso no es death metal, hardcore o lo que sea. Me alegra muchísimo formar parte de un grupo que funciona de esa manera.

Con Alaska encontraron una identidad muy particular y Colors llevó esa búsqueda todavía más lejos, incluso modificando la idea de lo que podía llegar a ser una banda surgida del metalcore. ¿Colors los liberó creativamente o también los condenó, de alguna manera, a competir para siempre con el disco más celebrado de su carrera?

Lo curioso es que cuando apareció Colors no sentimos inmediatamente que estuviera ocurriendo algo extraordinario. De hecho, al comienzo recibimos bastante rechazo. Había gente que escuchaba el disco y decía: “¿Qué demonios es esto?”. Después, lentamente, terminó convirtiéndose en una especie de disco de culto para nosotros. Creo que en ese momento muchas cosas empezaron a encajar. Parte de eso tuvo que ver con algunos de los integrantes que se habían incorporado, especialmente Dan Briggs (Ndr. bajo y teclados), que empezó a sentirse mucho más cómodo componiendo. Él tiene una manera muy particular de escribir, bastante diferente de la forma en que Paul y yo habíamos trabajado principalmente hasta Alaska, y eso abrió muchísimo el panorama. También existía un ambiente mucho más cómodo dentro del grupo: teníamos ganas de escribir y ya no sentíamos miedo de probar cualquier cosa que se nos ocurriera. Simplemente fuimos hacia adelante. Veníamos de hacer Ozzfest y, como decía antes, habíamos sentido que estábamos completamente fuera de lugar. Recuerdo que en algún momento pensamos algo así como: “A la mierda, hagamos un disco completamente demente. Divirtámonos, probemos absolutamente todo y encontremos una manera de hacer que funcione, que sea interesante, pero que también sea bueno”. Ese era realmente el objetivo. Además, acabábamos de hacer un disco de versiones y esa experiencia fue muy inspiradora porque fue la primera vez que pudimos experimentar en el estudio con muchos tipos de música diferentes. Nos enseñó que podíamos incorporar todas esas cosas a nuestra propia música y que, aun así, seguirían sonando a BETWEEN THE BURIED AND ME. Aprendimos muchísimo sobre el estudio, sobre los sonidos y sobre la posibilidad de mirar el metal desde una perspectiva diferente. Después de eso, el resto prácticamente fue consecuencia natural. Creativamente, Colors fue un momento fundamental para nosotros.

Cuando empiezan a trabajar en un disco nuevo, ¿qué suele aparecer primero: la música, el concepto o el deseo de explorar una determinada idea?

Casi siempre aparece primero la música. Hubo algunos casos en los que el concepto existió desde una etapa muy temprana, pero es bastante raro. Normalmente no empiezo siquiera a hablar sobre letras o conceptos hasta que ya estamos metidos dentro del disco. El proceso suele comenzar con algunos de nosotros aportando ideas, escribiendo determinadas partes, secciones grandes o incluso canciones más completas. Muy rápidamente empezás a entender dónde está mentalmente cada uno, cómo está escribiendo y hacia qué lugar parece dirigirse el material. A partir de ahí se convierte casi en un ejercicio de construcción colectiva: trabajás sobre el material de los demás, alguien te inspira a tomar una parte y mejorarla, expandirla o modificarla, y todo empieza a moverse al mismo tiempo. Es algo en lo que nos volvimos bastante buenos después de tantos años. Por lo general, cuando aproximadamente tres cuartas partes de la música están terminadas, recién entonces empiezo realmente a pensar en las letras y las voces. Siento que tengo una especie de cerebro musical y otro cerebro vocal, y en determinado momento necesito apagar uno para poder concentrarme completamente en el otro.

¿Todavía se reúnen en una sala para componer o improvisar juntos?

Nunca fuimos demasiado una banda de juntarnos a improvisar; simplemente no suele funcionar demasiado bien para nosotros. Nos reunimos para trabajar determinadas cosas, resolver ideas o desarrollar algunas partes, pero hace bastante tiempo que la mayor parte de un disco no se escribe con todos nosotros dentro de una misma habitación. Probablemente habría que remontarse a The Great Misdirect o quizás Parallax I para encontrar una etapa en la que eso sucediera de manera más habitual. Con el tiempo encontramos una forma de composición muy fluida que simplemente funciona para nosotros. Todos tenemos nuestras propias agendas y, ahora que somos mayores, nuestras vidas son más ocupadas, así que cada uno puede escribir cuando encuentra el momento en el que mejor funciona creativamente. Algunos trabajamos mejor durante la noche y otros a primera hora de la mañana. Como ocurre con muchas cosas, año tras año vas descubriendo cuál es el método que mejor funciona para vos. Hoy esta manera nos resulta natural, aunque quién sabe: quizás en el futuro volvamos a juntarnos más a improvisar.

Desde discos como Colors hasta Coma Ecliptic fueron desarrollando obras cada vez más narrativas y cinematográficas. ¿Los conceptos sirven para ordenar una música que naturalmente está desbordada de ideas o, por el contrario, la música se vuelve tan expansiva porque intenta representar esas historias?

En la mayoría de los casos componemos primero la música y después mi trabajo consiste en crear letras y algún tipo de narrativa que consiga funcionar realmente bien con lo que musicalmente está sucediendo. Hace bastante tiempo que esa es mi función dentro del proceso. Soy una persona muy visual cuando escucho música, así que intento construir imágenes y situaciones que acompañen lo que estoy escuchando. Quiero que las palabras se sientan correctas dentro de aquello que la música está contando. Parallax fue una excepción porque en ese caso sí conocíamos el concepto antes de comenzar a trabajar en la música y, si no recuerdo mal, probablemente sea el único disco en el que ocurrió de esa manera. Colors II también fue diferente porque tenía una idea conceptual mucho más meta: inevitablemente estaba relacionado con un disco anterior nuestro. Pero, normalmente, la música es la que me muestra el camino y después trato de encontrar el relato adecuado para acompañarla.

Durante los últimos años volvieron a interpretar completos discos como Alaska, Colors y Coma Ecliptic. ¿Qué descubriste al tener que cantar, ya en tus cuarenta, canciones que escribiste cuando tenías veinte? ¿Hay letras o emociones de aquella época que hoy te resultan lejanas?

Definitivamente. Alaska, en líneas generales, todavía se siente bastante bien, pero especialmente cuando vuelvo a los primeros dos discos, hay algunas letras que escucho y pienso: “Dios, esto era bastante estúpido”. Hay momentos en los que inevitablemente reacciono de esa manera. Pero siempre pensé que los discos funcionan como cápsulas del tiempo: representan quién eras exactamente en ese momento. Por eso no cambiaría nada. Esa era la persona que yo era entonces y eso era lo que quería escribir. También hay otro problema: cuando era más joven, jamás pensaba demasiado en la interpretación en vivo cuando componía las voces. Ahora existen partes en las que pienso: “¿Por qué me hice esto a mí mismo? Ahora tengo que subir a un escenario y cantarlo”. Pero al mismo tiempo es muy divertido regresar a canciones que escribiste hace tanto porque estás entrando nuevamente en contacto con una versión anterior de vos mismo. Seguís conectado con esa persona, pero se siente diferente; existe otra energía. Personalmente, disfruto muchísimo tocar nuestro material antiguo porque estoy muy orgulloso del catálogo que construimos. Hicimos cosas realmente buenas a lo largo de todos estos años. Volver a Alaska fue genial, aunque tocar Coma Ecliptic y Alaska juntos dentro de una misma etapa fue bastante agotador. Estábamos un poco locos por hacerlo. Recuerdo terminar aquella gira y sentirme increíblemente orgulloso de la banda por haber podido llevarlo adelante, porque mental y físicamente era muchísimo material.

Cuando comenzó el proyecto, la complejidad podía funcionar casi como una forma de rebelión. Hoy ese vocabulario técnico se convirtió prácticamente en un género con reglas y clichés propios. ¿Cómo se puede seguir siendo realmente progresivo cuando un lenguaje que ustedes ayudaron a expandir también terminó convirtiéndose en una fórmula?

Nosotros realmente no pensamos demasiado en esos términos. Hubo una época, especialmente durante nuestros primeros años, en la que éramos jóvenes y simplemente queríamos escribir música completamente loca. Si escuchás Alaska, probablemente se note que estábamos tratando deliberadamente de hacer música técnica. Pero recuerdo que llegó un momento en el que dejamos de preocuparnos por que algo fuera técnicamente complicado, extraño de tocar o difícil simplemente por el hecho de serlo. Queríamos escribir buenas canciones, cosas que nos hicieran felices y que nos entusiasmaran. Desde hace muchísimo tiempo, ese es el centro de todo. No pensamos en mantenernos dentro de las reglas de algún supuesto género llamado metal progresivo. De hecho, ni siquiera siento que sonemos demasiado parecido a la mayoría de las bandas que forman parte de ese mundo. Simplemente hacemos nuestra propia música y, si algo nos resulta correcto, seguimos ese camino. Siempre confiamos mucho en nuestros instintos y en los instintos de los demás miembros de la banda, y no veo ningún motivo para cambiar eso.

En The Blue Nowhere parece que reemplazaron la escala casi cósmica de algunos trabajos anteriores por un hotel cambiante, anónimo y profundamente humano. ¿Ese movimiento desde el universo hacia habitaciones y espacios más pequeños también representa un período más introspectivo en tu escritura?

T.R.: “Introspectivo” es una muy buena palabra para definirlo, especialmente desde el punto de vista de las letras. Fue algo que apareció de manera bastante natural a medida que las canciones empezaban a tomar forma. Justamente por eso terminé eligiendo ese concepto. Cuando comenzamos a escribir realmente el disco, sentía que cada canción poseía su propio mundo, como si existiera dentro de un espacio independiente. Desde hacía tiempo quería escribir algo relacionado con un hotel y de pronto pensé que esta era la oportunidad perfecta porque cada canción podía habitar un espacio diferente dentro de ese mismo lugar. Todo pertenecía a una misma cosa y, al mismo tiempo, cada parte se sentía muy separada de las demás, en lugar de funcionar como un único bloque enorme y expansivo de música. También es un disco muy dominado por los estados de ánimo y eso me encanta. En cierto sentido, me recuerda a la manera en que escribíamos durante The Great Misdirect, porque aquellas canciones también podían sentirse como grandes historias independientes y tenían mucho clima. Fue algo que simplemente ocurrió y estoy realmente muy satisfecho con The Blue Nowhere. Sigo estando muy orgulloso del disco. Además, es muy divertido de tocar. Todavía no interpretamos todas las canciones en vivo y espero que podamos hacer cada vez más. En Argentina vamos a tocar parte de ese material, pero también habrá canciones de distintos momentos de nuestro catálogo. Creo que armamos un repertorio realmente interesante.

¿Qué representa específicamente ese hotel para vos? ¿Es un lugar físico, un estado mental o algo diferente?

T.R.: Para mí funciona más como un estado mental. El disco habla de la experiencia humana y de esa búsqueda permanente que todos realizamos para encontrar la sensación de que, finalmente, todo está bien. Creo que, en el fondo, todas las personas están tratando de encontrar eso de alguna manera. Puede aparecer dentro de tu vida creativa, en una relación amorosa, dentro de tu familia, en tu casa o en tu trabajo. Constantemente estamos persiguiendo esa sensación. Yo quería construir una especie de mundo extraño desde el cual pudiera atravesar la psiquis humana y mostrar lo caótica, perturbadora, feliz y hermosa que puede llegar a ser al mismo tiempo. Después intenté conectar todo eso con estas canciones extrañas que, para mí, terminaron funcionando casi como entradas de un diario personal. Desde el punto de vista de las letras, fue una manera de escribir bastante diferente respecto de nuestros discos anteriores y creo que el resultado quedó muy bien. Pero también terminé con la sensación de: “Bien, ya está, lo hice”. Probablemente no vuelva a encarar otro disco exactamente de esta manera. Y ese también es mi objetivo: intentar escribir diferente cada vez y buscar estados emocionales o lugares creativos hacia los que normalmente no iría.

Ustedes pueden introducir una cantidad enorme de ideas dentro de una sola canción. ¿Cómo saben cuándo una composición está realmente terminada? ¿Cómo reconocen el momento en el que agregar algo más sería demasiado?

T.R.: Es algo que prácticamente no necesitamos hablar. Simplemente sentimos cuándo una canción está funcionando, hacia dónde necesita ir después o incluso qué canción debería aparecer a continuación dentro del disco. Todo es muy instintivo. Después de trabajar juntos durante tantos años, existe una enorme cantidad de comunicación que ocurre sin necesidad de decir las cosas explícitamente. Nos entendemos, reaccionamos a lo que propone el otro y, antes de que nos demos cuenta, las piezas empiezan a funcionar y sabemos hacia dónde dirigirlas sin tener que discutir demasiado sobre eso. Es algo bastante especial y no creo que pudieras conseguir inmediatamente ese tipo de relación con una persona a la que acabás de conocer. Es el resultado de muchos años escribiendo, trabajando y aprendiendo juntos.

La primera visita de la banda a Argentina estaba prevista para marzo de 2020 y finalmente no pudo realizarse. Ahora el encuentro finalmente va a suceder. ¿Cómo se construye un set para un público que quiere escuchar el presente de The Blue Nowhere, pero que también lleva muchos años esperando canciones de las distintas etapas de la banda?

T.R.: Elegir un repertorio siempre es un poco difícil. Intentamos no analizarlo demasiado ni volvernos locos con la decisión. Para nosotros lo importante es representar a la banda de la mejor manera posible a través de sus diferentes épocas y, al mismo tiempo, mostrar claramente lo que estamos haciendo en el presente. Además, queremos que el show tenga buena energía y un buen flujo. Pensamos los repertorios de una manera bastante parecida a como pensamos un disco: las canciones tienen que funcionar entre sí aunque provengan de momentos completamente diferentes de nuestro catálogo. Queremos que haya subidas, bajadas y todos esos movimientos que existen dentro de nuestros álbumes, pero trasladados al escenario. Y cuando viajamos a lugares como Latinoamérica, regiones a las que no tenemos la oportunidad de ir demasiado seguido —y en el caso de Argentina será finalmente nuestra primera vez—, querés preparar un show largo en el que la gente sienta que realmente recibió algo especial por lo que pagó. Queremos que sea una noche que puedan recordar durante mucho tiempo. Y también queremos recordarla nosotros. La energía que encontramos en esa parte del mundo suele ser increíble, así que tenemos muchísimas ganas de estar ahí.

Entrevista: Estanislao Aimar
Edición: Carlos Noro
Imágenes: Randy Edwards (prensa)
Agradecemos a Noiseground por la gestión de la entrevista.

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