Fecha: Jueves 30 de abril, 2026 | Hora: 20 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Tecnópolis | Banda invitada: AGAINST
La visita de MEGADETH a Tecnópolis tuvo algo de despedida, algo de celebración y algo de ajuste de cuentas con su propia historia. Frente a un predio repleto, Dave Mustaine volvió a quedar en el centro de una escena marcada por sus limitaciones vocales, su oficio para convertirlas en parte del personaje y una banda que respondió con precisión demoledora. Esta cobertura reúne las miradas de Carlos Noro y Franco Felice sobre una noche atravesada por clásicos, canciones nuevas, guiños discutibles y una pregunta que quedó flotando después del último riff: si fue realmente el final de MEGADETH en Argentina o apenas otra pausa en la larga supervivencia del colorado.
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MEGADETH en vivo en Argentina: “Nosotros fuimos MEGADETH”
Por Carlos Noro
Había algo distinto flotando sobre Tecnópolis antes de que MEGADETH saliera a escena. No era solamente la ansiedad propia de volver a ver a una de las bandas fundamentales del thrash metal, ni el ritual argentino de recibir con devoción a todo nombre grande que haya ayudado a escribir el diccionario pesado de las últimas cuatro décadas. Era una sensación más espesa: la de estar frente a una gira que obligaba a mirar hacia atrás sin que eso implicara convertir la noche en museo. Dave Mustaine, a esta altura, ya no aparece únicamente como el guitarrista expulsado de METALLICA que convirtió el resentimiento en motor creativo, ni como el compositor venenoso que llevó la velocidad, la paranoia política y la precisión del riff a un lugar propio. En este tramo final, su figura se parece más a la de alguien que decide revisar su historia con el público como testigo, sin ser complaciente y sin aflojar del todo la mandíbula.
El comienzo con Tipping Point fue más importante de lo que podía parecer en la superficie. Abrir con una canción nueva, en una noche cargada de pasado, fue una decisión conceptual antes que una simple apuesta de repertorio. MEGADETH no empezó diciendo “acá están los clásicos que vinieron a buscar”, sino “todavía hay presente”. El tema entró como una declaración de estado: áspero, frontal, con esa tensión característica entre amenaza y control que atraviesa buena parte de la obra de la banda. La intro previa también ayudó a instalar el clima justo, con una construcción de expectativa efectiva, casi cinematográfica, que puso al público en modo ceremonia antes del primer golpe. No hubo una entrada tibia, ni una aparición rutinaria: hubo una puesta en escena pensada para cargar de sentido ese inicio, como si el show necesitara anunciar desde el minuto cero que no se estaba frente a una fecha cualquiera.
El verdadero sacudón llegó enseguida con Hangar 18, donde el público terminó de entrar en combustión y la banda mostró una de sus marcas registradas: convertir la complejidad técnica en una forma de agresión. No se trata solo de tocar rápido o encadenar solos, sino de hacer que cada cambio parezca una puerta que se abre hacia otro nivel de ansiedad. Ahí MEGADETH sonó firme, filoso, con esa precisión que necesita para no volverse una masa confusa. La canción funcionó como una primera confirmación: más allá de cualquier discusión posible sobre el estado vocal de Mustaine, la maquinaria instrumental estaba en condiciones de sostener una noche grande.
Con She-Wolf, sin embargo, apareció la primera señal clara de que el show iba a tener una tensión particular. A Mustaine le costó. No en términos de presencia ni de autoridad, sino en esa pelea concreta con ciertas líneas vocales que hoy parecen quedar en una zona incómoda para su registro. La voz ya no responde con la misma elasticidad ni con la misma crudeza de otros años, y en algunos pasajes eso quedó expuesto. Pero lo interesante no fue solamente detectar el límite, sino ver qué hacía con él. Porque Mustaine no se mostró perdido ni disminuido: empezó a administrar sus recursos como alguien que conoce cada rincón de sus canciones y sabe cuándo cantar, cuándo sugerir, cuándo dejar que el riff hable y cuándo convertir una frase en gesto. Ahí apareció una de las claves de la noche. Dave Mustaine ya no está parado al frente de MEGADETH como un vocalista que busca competir contra su propio archivo. Sería absurdo exigirle eso, y también bastante pobre como lectura. Su valor actual está en otra parte: en la forma en que representa las canciones. Durante Sweating Bullets, esa decisión fue evidente y funcionó casi naturalmente. La canción siempre tuvo algo de monólogo paranoico, de teatro mental, de conversación rota entre personajes internos. Entonces, sus problemas vocales no necesariamente jugaron en contra, sino que reforzaron esa dimensión escénica. Mustaine exageró gestos, administró silencios, subrayó frases, movió el cuerpo con esa rigidez irónica tan suya y convirtió cada línea en una pequeña actuación. No cantó para agradar: escupió, narró, acusó, jugó con el personaje. Y el público entendió que ese era su regalo, disfrutando, tal vez, la mejor versión de ese tema que se haya visto en argentina.
Esa misma estrategia se repitió, con distintos matices, en Hook In Mouth, In My Darkest Hour y Symphony Of Destruction. En Hook In Mouth, que fue dedicada por Dave Mustaine a los censores, apareció el Mustaine, sarcástico, venenoso, más interesado en señalar que en seducir. El gesto no fue menor: la canción, nacida como una crítica frontal contra los intentos de control moral y político sobre la música (mencionando explicitamente al ya reconocido P.M.R.C. que dio origen al icónico sticker de “Parental Advisory”), volvió a sonar en Tecnópolis con una vigencia incómoda. Cada frase parecía venir acompañada por una mueca mínima, una mirada torcida o un gesto seco, como si la canción siguiera siendo una denuncia antes que una pieza de repertorio. En una noche atravesada por la idea de despedida, esa dedicatoria recordó que MEGADETH nunca fue solamente velocidad y virtuosismo: también fue una forma de sospechar del poder, de discutir con los guardianes de la moral y de convertir la censura en combustible para el riff. En In My Darkest Hour, en cambio, el clima fue otro. Antes del tema se lo vio especialmente copado, comunicativo, de muy buen humor, como si por un momento dejara asomar una versión menos hermética de sí mismo. Esa distensión previa hizo que el contraste con la canción fuera más fuerte: cuando entró el tema, el dramatismo no apareció desde el desborde sentimental, sino desde una gravedad contenida, desde una presencia que entiende que esa herida no necesita ser sobreactuada para pesar.
En Symphony Of Destruction, la operación fue todavía más clara. La canción ya pertenece a la gente y Mustaine lo sabe. En lugar de forzar una autoridad vocal que hoy aparece irregular, se apoyó en el riff, en el canto del público y en su capacidad para manejar la escena con pequeños gestos. Sonrió, jugó, dejó que la multitud completara parte del trabajo y convirtió esa entrega en complicidad. Esa fue una de las virtudes principales de su actuación: no intentó negar el paso del tiempo como si no existiera. Lo incorporó al show. Con oficio, humor y una inteligencia escénica muy precisa, transformó sus limitaciones vocales en parte de la puesta. No siempre salió perfecto, pero casi siempre tuvo sentido.
Por eso la descripción de Mustaine en Tecnópolis no debería quedar reducida a “cantó bien” o “cantó mal”. Sería demasiado simple para una figura tan compleja. Su desempeño tuvo zonas frágiles, sí, pero también una lucidez enorme para leer la noche. Se lo vio de buen humor, más suelto de lo esperado, con una disposición a jugar con el público que alivianó el peso solemne de una posible despedida. A la vez, nunca dejó de ser Mustaine: mandíbula tensa, gesto filoso, esa manera de mirar como si estuviera evaluando al mundo desde una mezcla de ironía, fastidio y superioridad técnica. No fue el frontman invulnerable de otra época, sino algo quizás más interesante para este momento: un sobreviviente activo, consciente de sus límites, capaz de seguir conduciendo una de las máquinas más exigentes del metal desde el carácter, la memoria y el veneno.
La otra gran clave del show estuvo en la banda. Si Dave Mustaine sostuvo el frente desde el oficio, la actuación y una inteligencia escénica capaz de convertir sus límites vocales en parte del personaje, el resto de MEGADETH funcionó como una estructura de precisión casi perfecta. No hubo sensación de acompañamiento ni de banda contratada para cumplir expediente: hubo un bloque sólido, afilado, con una claridad instrumental que por momentos remitió al MEGADETH de los noventa, ese que podía sonar técnico sin volverse frío y agresivo sin perder elegancia. La diferencia entre una formación que simplemente reproduce clásicos y otra que los entiende se nota en los detalles: en los cortes, en las respiraciones, en la forma de resolver los cambios de clima, en el modo en que cada instrumento deja espacio para que el riff respire y, al mismo tiempo, para que la maquinaria no pierda tensión.
En ese sentido, Teemu Mäntysaari fue una de las figuras decisivas de la noche. Su tarea era enorme, casi ingrata: ocupar un lugar atravesado por fantasmas ilustres y, sobre todo, por la sombra inmensa de Marty Friedman, cuyo aporte en discos como Rust In Peace, Countdown To Extinction y Youthanasia no solo definió solos, sino una manera de pensar la guitarra dentro de MEGADETH. Mäntysaari no cayó en la trampa de sobreactuar ni de “hacer de Marty” como un imitador de lujo. Hizo algo más difícil: reconstruyó con una precisión asombrosa el fraseo, el tono, los estiramientos, la articulación y esa mezcla de exotismo melódico y filo técnico que convirtió a Friedman en una figura irrepetible dentro del metal. En Tornado Of Souls, especialmente, su trabajo tuvo algo de examen público aprobado con honores: cada frase reconocible apareció en su lugar, cada inflexión respetó el espíritu original y el solo mantuvo esa sensación de vértigo elegante que lo volvió legendario. Pero lo de Mäntysaari no se redujo a los solos. También estuvo en los riffs, en los detalles de ataque, en la limpieza con la que resolvió pasajes donde MEGADETH puede volverse una trampa para cualquier guitarrista. Hangar 18 exige exactitud, carácter y sangre fría: no alcanza con tocar las notas, hay que sostener la tensión acumulativa de una canción que parece subir escalones sin detenerse. Holy Wars… The Punishment Due pide otra cosa: cambios de pulso, agresividad, dinámica, una lectura casi narrativa del riff. En ambos casos, Mäntysaari mostró una seguridad notable, siempre al servicio de la canción y nunca del lucimiento vacío. Esa fue una de las razones por las que el show, aun con las marcas lógicas del paso del tiempo en Mustaine, tuvo una potencia instrumental tan convincente.
James LoMenzo también fue fundamental para esa sensación de solidez. Su bajo no apareció como simple colchón ni como refuerzo invisible de las guitarras, sino como una presencia física que le dio cuerpo a una noche donde el repertorio necesitaba peso, definición y empuje. En Peace Sells, claro, tuvo su momento más evidente: ese bajo inicial no es una introducción, es una contraseña generacional. Pero su aporte fue igual de importante en el resto del concierto, sosteniendo el centro de gravedad de una banda que, por diseño, puede dispersarse hacia la velocidad, la complejidad y el duelo de guitarras. LoMenzo le dio piso al sonido, músculo al riff y una energía escénica que ayudó a que la formación se viera como una unidad y no como un Mustaine rodeado de especialistas.
Lo de Dirk Verbeuren fue directamente una clase de cómo modernizar el motor sin alterar la identidad del vehículo. Su batería tuvo pegada, claridad y una precisión enorme, pero nunca sonó como si estuviera intentando actualizar artificialmente a MEGADETH para otra época. Al contrario: entendió que el thrash de la banda necesita nervio, no solo velocidad; necesita dinámica, no solo potencia. En temas como Wake Up Dead, Hook In Mouth o Mechanix, su trabajo permitió que los cambios respiraran y que los riffs golpearan con una fuerza ordenada, sin embarrar una música que depende mucho de la nitidez para no perder impacto. Verbeuren fue, en varios pasajes, el responsable de que la banda sonara ajustada sin volverse rígida.
Por eso la actuación del grupo tuvo un valor especial. Mientras Mustaine conducía desde la personalidad, la banda respondía con una perfección instrumental que levantó el show y le dio una dimensión muy cercana al recuerdo noventoso de MEGADETH: no tanto por una cuestión de nostalgia, sino por esa combinación de precisión, filo, elegancia técnica y canciones que parecen pensadas como mecanismos de relojería pesada. Hubo momentos en los que la formación actual hizo pensar en aquella versión clásica no porque la copiara, sino porque recuperó algo de su espíritu: la idea de que MEGADETH puede ser una banda implacable, sofisticada y peligrosa al mismo tiempo. Y en Tecnópolis, más allá de cualquier discusión sobre la voz, esa maquinaria volvió a funcionar con una exactitud impactante.
El repertorio, además, estuvo pensado como una autobiografía posible. Dread And The Fugitive Mind funcionó como puente ideal entre épocas: tiene gancho, fraseo reconocible y esa sensación de amenaza moral tan propia del universo de la banda. No es casual que haya calzado tan bien antes de Wake Up Dead, uno de los primeros grandes retratos de esa escritura donde el deseo, la culpa y la violencia parecen estar siempre a punto de chocar contra la pared. In My Darkest Hour, por su parte, llevó la noche hacia una densidad distinta. Más allá de su lugar dentro del cancionero, es una de esas canciones donde MEGADETH demuestra que la velocidad no siempre es el centro de la cuestión. Hay drama, construcción, hay melodía y una forma de dolor que se percibe como genuina. Mustaine no canta para quebrarse: canta como si estuviera señalando una herida con una navaja.
La inclusión de Let There Be Shred apareció como otro gesto de presente, pero también como una especie de broma interna llevada al extremo: MEGADETH sabe exactamente qué espera buena parte de su público. Espera riffs, espera solos, espera esa mezcla de exhibición y ataque que, cuando funciona, convierte la destreza en tensión narrativa y no en Biri Biri. La elección de los temas nuevos, de todos modos, también admite discusión. Mustaine justificó esa presencia al remarcar que Tipping Point, I Don’t Care y Let There Be Shred habían llegado al número uno en las listas de Estados Unidos, como si necesitara dejar sentado que el presente de la banda no estaba puesto ahí por capricho ni por obligación promocional. Desde esa lógica, no era extraño que el repertorio defendiera esas canciones en vivo. Tipping Point funcionó bien como apertura, porque tiene nervio, peso de inicio y una agresividad compatible con la idea de presentar el último capítulo sin pedir permiso. I Don’t Care, en cambio, quedó como un tema menor dentro del set: no molestó, pero tampoco pareció imprescindible; más bien sirvió como un punto de descanso para la banda, una zona menos exigente entre bloques de mayor tensión. Let There Be Shred tenía sentido como celebración explícita de la guitarra, pero también dejó la sensación de que podía haber sido reemplazado por otras canciones más fuertes del disco. La respuesta del público mostró algo lógico: los clásicos pesan más, pero los temas nuevos permitieron que el show no quedara congelado en una postal de los noventa. Y en una gira con sabor a despedida, eso no es menor. Despedirse tocando material nuevo tiene algo de desafío, casi de terquedad mustainiana: incluso al final, la banda insiste en no ser solo su pasado.
Después llegó una de las zonas más celebradas de la noche. Tornado Of Souls no es simplemente una canción querida: es una pieza de relojería emocional y técnica. Tiene uno de esos solos que el público escucha con una mezcla de respeto religioso y ansiedad adolescente, como si todavía esperara que aparezca una revelación en medio de cada frase. En manos de Teemu Mäntysaari, el momento no perdió su peso. La canción confirmó algo que a veces se olvida: Rust In Peace no es un disco importante solo por su velocidad o por su nivel instrumental, sino porque logró convertir la precisión en vértigo. En vivo, Tornado Of Souls sigue siendo eso: una caída controlada.
El segmento formado por Mechanix y Ride The Lightning abrió, inevitablemente, una zona incómoda dentro del show. Mechanix tiene sentido dentro del repertorio de MEGADETH: es parte de la primera identidad de la banda, una descarga veloz, sucia y filosa que todavía conserva algo de ajuste de cuentas fundacional. Además, funciona como una pieza de archivo viviente, como un recordatorio de esa etapa en la que Dave Mustaine empezó a convertir la expulsión, el resentimiento y la competencia en una fuerza creativa propia. El problema apareció cuando esa referencia histórica dejó de insinuarse y se volvió demasiado explícita con Ride The Lightning, cover de METALLICA que, más allá de cualquier lectura biográfica posible, se sintió raro e innecesario en una noche donde MEGADETH tenía material de sobra para sostener su propio mito sin mirar hacia el costado. Porque ahí está la cuestión: MEGADETH no necesita tributar, ni de manera implícita ni explícita, a METALLICA para explicar su lugar en la historia. A esta altura, la obra de Mustaine habla sola. En una gira con sabor a balance final, el repertorio podría haber usado ese espacio para recuperar otra pieza propia, alguna canción menos transitada o incluso un clásico ausente capaz de reforzar la identidad de la banda sin volver, una vez más, sobre la novela eterna entre ambos nombres. Ride The Lightning pudo haber funcionado como guiño, como ironía, como reconciliación o como gesto de archivo, pero en términos estrictamente narrativos interrumpió el arco del concierto: sacó por unos minutos a MEGADETH de su propio universo para colocar el foco en una comparación que la banda ya no debería necesitar. Incluso se puede leer como una decisión contradictoria. Durante buena parte de la noche, MEGADETH había demostrado que podía recorrer su historia desde la autoridad: abrir con material nuevo, reivindicar clásicos de distintas etapas, sonar ajustado, apoyarse en una banda impecable y sostener el peso emocional de una despedida sin quedar preso de la nostalgia. Por eso, cuando apareció Ride The Lightning, la sensación fue ambigua. Sí, había una carga histórica evidente. Sí, el público entendió el guiño. Pero también quedó flotando la pregunta más incómoda: con tantas canciones propias disponibles, ¿hacía falta volver a poner a METALLICA en el centro de la conversación?
La respuesta, desde la lógica de la crónica, puede ser negativa. MEGADETH tiene demasiada identidad, demasiados riffs, demasiados discos y demasiadas heridas propias como para necesitar ese espejo. Si Mechanix alcanzaba para señalar el origen del conflicto y la transformación posterior de Mustaine, Ride The Lightning terminó subrayando de más lo que ya estaba claro. En una noche que podía funcionar como testamento de MEGADETH, ese bloque pareció más un desvío que una revelación. No arruinó el show ni mucho menos, pero sí dejó la impresión de una decisión discutible: como si, en medio de una despedida que debía pertenecerle por completo, la banda hubiera abierto una puerta innecesaria hacia una historia ajena que, paradójicamente, lleva décadas intentando dejar atrás.
El final, en cambio, volvió a poner las cosas en su lugar. Peace Sells mostró otra vez a MEGADETH como una banda capaz de hacer del cinismo una forma de comunión. Ese bajo inicial, esa pregunta escupida al sistema, ese estribillo que el público canta como si fuera una consigna y no una ironía: todo ahí resume una parte enorme del ADN del grupo. Y después, Holy Wars… The Punishment Due cerró la noche con la autoridad de las obras que no necesitan defender su lugar. Si el thrash metal tiene canciones que funcionan como manifiesto, esta es una de ellas. Cambios de clima, riffs que parecen perseguirse entre sí, tensión política, virtuosismo, violencia, melodía y una estructura que todavía suena ambiciosa sin haber perdido ferocidad.
MEGADETH no necesitaba una voz perfecta para que la noche funcionara. Necesitaba que esas canciones conservaran personalidad, filo y autoridad. Y en buena parte del show, Dave Mustaine logró exactamente eso: hacer que cada dificultad vocal quedara absorbida por el personaje, por el riff y por una historia que todavía impone respeto cuando se planta frente al público argentino. Tecnópolis, repleto, respondió como si también entendiera esa tensión entre despedida y permanencia: celebró cada clásico, sostuvo los temas nuevos y acompañó a Mustaine incluso en los pasajes más exigentes. Antes de irse, el propio Mustaine dejó una frase que funcionó como síntesis perfecta de esa mezcla de gratitud, ironía y autoestima que siempre rodeó a la banda: “Ustedes fueron geniales; nosotros fuimos MEGADETH”. La línea sonó a agradecimiento, pero también a guiño filoso, casi como si recordara que la excelencia no es una aspiración externa sino una parte constitutiva del nombre. Por eso, cuando la última descarga se apagó, no quedó necesariamente la sensación de haber asistido a un final irreversible, sino a uno de esos cierres que el metal suele dejar entreabiertos. Tal vez esta no haya sido la última vez de MEGADETH en Argentina. Aunque, con una banda que hizo de la incertidumbre, el conflicto y la supervivencia parte de su propio idioma, nunca se sabe del todo.
MEGADETH en Argentina: “Arquitectura de la agresión”
Por Franco Felice
La relación que MEGADETH forjó con el público argentino no es una más. Desde la primera visita a nuestro país allá por mediados de los 90, la agrupación de Dave Mustaine se impuso no solamente como número privilegiado sino casi como referencia obligatoria a la hora de hablar de metal en nuestro territorio, mucho de esto alimentado por el mismísimo Mustaine quien nunca se cansó de elogiar a nuestro suelo. Quizás por ese lazo estrecho, quizás por nostalgia, quizás por tratarse en apariencia de “la última vez” o solamente por el hecho de celebrar una nueva visita de MEGADETH al país, la respuesta fue positiva desde el momento en que se anunció la fecha a llevarse a cabo en Tecnópolis, predio donde MEGADETH se había presentado en 2017 en formato festival. Esta vez el asunto era al aire libre y en un predio casi colmado, el aire dejaba flotar la sensación de que no era una noche más de MEGADETH en Argentina sino una que se encuadra en la despedida anunciada por Mustaine y que arrastra consigo un componente mucho más emocional que en otras oportunidades. La patria thrashera local saludaría una vez más, quizás la última, a su caudillo favorito por adopción, a aquel que ayudó a cimentar el a veces cuestionable título de “mejor público del mundo”.
La fría noche comenzó a entrar en temperatura en el campo del predio bonaerense y de la mano de AGAINST se vivió una previa impregnada de velocidad y canciones aguerridas afortunadamente acompañadas por el grueso de los presentes. Sin embargo, en un evento donde costaba pensar en otra banda que no sea MEGADETH ya sea por la magnitud del mismo o por el aura de despedida la recepción fue ocasionalmente tibia, al menos desde la ubicación del campo trasero. Pocos aplausos y mucha expectativa por el plato fuerte.
Dave Mustaine no necesita demasiados artificios a la hora de salir a escena y ganarse a la multitud. Su sola presencia empuñando su Flying V sirve para generar la ola de aplausos y cantos que bautizan la noche y generan la sensación de que MEGADETH está nuevamente en su casa adoptiva. Como si la velocidad fuese un mandato no solamente en su música sino en todo lo que conlleva su personalidad, apenas unos segundos después de hacerse visible comienza con el riff -genérico pero eficiente- de Tipping Point y el frenesí se desata. Puede discutirse la decisión de abrir el show con un tema de su último disco, todavía fresco entre su catálogo, pero en los hechos concretos la canción funciona en vivo e incluso una buena porción del público corea estrofas y acompaña la avalancha. El sonido es apenas correcto hasta ese momento, con las guitarras de Mustaine y de Teemu Mäntysaari bien al frente y con el filo necesario. Casi de forma inmediata llegó el primer peso pesado del set y Hangar 18 decreta definitivamente el descontrol. Sorprendió que una canción seguramente interpretada miles de veces siga generando la misma sensación de espectacularidad a la hora del duelo de solos o del final extendido donde el público corea los primeros “Megadeth, Megadeth” de la noche. Algunos retoques técnicos, cambio de guitarras para Mustaine y Mäntysaari y el machaque amenazante de She-Wolf conectó con ese MEGADETH de fines de los 90 que se tomó en serio los estribillos y las canciones redondas con pasta radial y con el paso del tiempo demuestra lo bien que resultó, al punto de no encontrar a simple vista ni siquiera a un presente que no esté coreando ese estribillo.
Cualquiera que haya visto a MEGADETH en los últimos años intuye que su set en vivo se basa mayormente en su discografia comprendida entre 1985 y 1997, con especial énfasis en el tramo que va de Rust in Peace a Countdown to Exctintion. Es por eso que la inclusión de Sweating Bullets y sus versos entrecortados funciona para no permitir que la rueda deje de girar. Pese a una correctísima interpretación (el interludio de escalas y doble bombo generan un aluvión de aplausos) fue en este punto donde el mayor inconveniente de la noche se hizo presente para, lamentablemente, no irse más: la casi inaudible voz de Mustaine hizo que por momentos haya que adivinar la letra. Sabiendo que nunca se trató de un cantante cuyo fuerte sea el desempeño vocal, la triste realidad es que desde hace al menos una década que su performance experimenta una cuenta regresiva a la extinción. Por más que intente estirar notas o apoyarse en los coros de Mäntysaari o del bajista James LoMenzo, los hechos indican hoy que el mayor enemigo de MEGADETH sobre un escenario es la voz de su figura clave: un enemigo que atentó contra I Don’t Care y Dread And The Fugitive Mind, dos canciones que, para colmo, no fueron de las más acompañadas por el público, quizás por tratarse en un caso de una canción nueva y en el otro por ser una canción de un disco mayormente ignorado como es The World Needs A Hero, testamento de MEGADETH en una de sus horas más oscuras.
Afortunadamente Wake Up Dead llegó para salvar las papas y representar a esa obra maestra del trash que es Peace Sells…but who’s buying? gracias a una colección de riffs harto coreados y a esa marcha casi militar que cierra el tema, pero ni un segundo después de la última nota fue el turno de In My Darkest Hour gigante canción del subestimado So Far, So Good… So What! y luego esa joya oculta del mismo álbum que es Hook In Mouth y que Mustaine aclaró antes de tocarla que habla sobre “toda esa gente y artistas que sufrieron la censura hace años, algo que afortunadamente hoy no es común”. Para el fan acérrimo o estudioso esto se sintió casi un regalo del cielo pero la mayoría del campo trasero no se inmutó demasiado, dejando en claro que se trata de una rara avis en el catálogo del colorado.
Promediando la mitad de la noche y con Mustaine un poco más sólido en lo vocal, llega el momento más esperado de cualquier show de MEGADETH y en este caso el más simbólico: Symphony Of Destruction encendió el obligatorio canto de “Megadeth, Megadeth aguante Megadeth” y reforzó la idea de que puede ser una canción tocada un millón de veces en vivo y particularmente en Argentina pero que su funcionamiento es indiscutible y su ejecución ineludible, algo que guiandose por las expresiones de los músicos se puede inferir que hasta ellos mismos lo piensan, observando a LoMenzo y a Mäntysaari sonrientes y sorprendidos. Incluso Mustaine, conocido cascarrabias, dejó escapar alguna sonrisa de satisfacción.
Llegó el turno de otra canción nueva y Let There Be Shred se expuso como el manual básico del trash metal: doble bombo frenético, clima de urgencia y riffs maratónicos. Bien recibido y sumado al aplauso general luego de que Mustaine cuente que las tres canciones nuevas interpretadas está noche lograron los primeros número uno de MEGADETH en toda su historia. Luego anunció la siguiente canción y Tornado of Souls se apoderó de las almas de los treinta mil presentes quienes apuntaron sus ojos a la ejecución del solo que hoy interpreta Mäntysaari, algo así como el Santo Grial de las seis cuerdas del catálogo de MEGADETH y que Marty Friedman inmortalizó en su paso por la banda. En este punto la voz de Mustaine comenzó a flaquear de nuevo, quizás en este caso debido al tiempo que llevaba de show, pero de todas formas el tornado finalizó triunfante aunque no sé detuvo: Mechanix seguramente sea la canción más rápida de todo el catálogo de MEGADETH y esta noche sonó aún más frenética y urgente, al punto de dejar a su gemela The Four Horsemen como una power ballad. El principal responsable de este carreo imparable fue el baterista Dirk Verbeuren quien gracias a una técnica impecable y una velocidad destacable se llevó más de un elogio tanto de sus compañeros como de los fans.
Con la precisión de un reloj y la potencia de mil engranajes, no es exagerado decir que su performance eleva por demás el repertorio de MEGADETH y que es el baterista que merecía estar sentado en el banco desde mucho tiempo atrás. Con la inclusión de Mechanix y sabiendo que se trató de una canción que Mustaine compuso durante su tiempo en METALLICA, no es tan descabellado pensar que este tramo del show es un breve repaso por esos días, siendo que es el turno de Ride The Lightning y momento que se corona como sorpresa de la noche. Calcada de la original pero interpretada con muchísima más solidez gracias al tempo correcto de Verbeuren y la creatividad de Mäntysaari a la hora de solear, está rendición se sintió como un momento no solamente para homenajear a la figura de Mustaine como pionero del Thrash Metal sino como una conclusión, un merecido capricho artístico. Un circulo que se cerró con el guitarrista y compositor finalmente pudiendo interpretar frente a miles de personas una canción que compuso para la banda donde sufrió la peor de las traiciones. El público, consciente del carácter casi histórico de tal acto, festejó la canción como si los mismísimos Hetfield & cía. hubiesen aparecido en el escenario de sorpresa para sumarse al éxtasis.
Luego de semejante descarga eléctrica y ya promediando la hora y media solamente restaba esperar alguno de los clásicos a prueba de balas que suelen cerrar las noche de MEGADETH. El bombo de la batería de Verbeuren encendió la mecha y esa línea inconfundible de bajo comenzó a hacerse lugar entre los aplausos y el pogo: Peace Sells, quizás la primera gran canción del catálogo de MEGADETH sonó ajustadísima y revalidó su estatus de himno trasher, con un Mustaine que dispara uno de los mejores solos de su artillería. Un breve apagón de luces y Mustaine vuelve al escenario con su Flying V decorada con la bandera argentina para una vez más agradecer a todos los que hicieron de esta noche una de las más memorables de MEGADETH en este suelo.
Faltaba aún el gran cierre y pese a no ser una sorpresa para nadie, la reacción en cadena fue explosiva cuando los seis minutos y medio de Holy Wars invadieron los oídos y corazones de cada uno de los presentes. Una ejecución soberbia, enérgica y con una potencia que no pierde un milímetro de su versión original para cerrar con el solo inmortal de Mustaine al borde del escenario y arrojando su púa a algún afortunado. La eficacia de Holy Wars es algo pocas veces vista en un concierto de metal: siempre logra que cualquier show, por más regular que sea, suba dos o tres puntos. Ovación interminable para una de las mejores canciones del metal interpretada en vivo y en directo y una banda que de a poco comenzaba a despedirse sin hacer demasiados comentarios. Tampoco hizo mucha falta: quizás no fue tanto tiempo, pero la música había hablado.
Si se puede describir en una palabra la última visita de MEGADETH a la Argentina esa palabra sería “correcta”. Si la consigna se extiende a dos palabras, podría ser “correcta, emocionante”. No fue un show perfecto por más de un motivo: la ausencia inexplicable de algunas joyas (Trust, Take No Prisoners, ¡nada de Youthanasia!) jugaron en contra. La voz de Mustaine, por otro lado, es un problema difícil de ignorar y que hace peligrar la experiencia por momentos. Sin embargo, el oficio, el carisma y la notable carga emotiva y técnica de la banda inclinan la balanza a su favor y cumplen en entregar lo que el fan vino a buscar en un recital de MEGADETH: velocidad, canciones que soportan el paso del tiempo y la siempre magnética figura de Dave Mustaine haciendo lo que mejor sabe. Sabiendo que el colorado tiene una licenciatura en contradicciones, no sería raro contar con una nueva visita en el futuro. De lo contrario, si los anuncios de gira despedida se cumplen, el público argentino puede descansar en paz: en su último show en el país MEGADETH demostró que sigue siendo un monstruo que pisa fuerte.

Texto: Carlos Noro – Franco Felice
Fotos: Cortesía Tute Delacroix (Producción)
Agradecemos a Vicky Roa Prensa por la acreditación al evento.
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