Año: 2026 | País: España | Género: Atmosferic Doom Metal | Sello: Season of Mist | Lemmymómetro: ♠♠♠♠♠♠♠♠ (8/10)
Cada subgénero del metal proyecta una identidad emocional propia. Por ejemplo: El power metal hace del optimismo su bandera, irradiando una energía luminosa, triunfal y épica; es el sonido del héroe que se enfrenta al monstruo convencido de que regresará victorioso. El thrash metal, en cambio, encarna la rabia contenida, la rebeldía y la confrontación: la banda sonora de un mundo en crisis que necesita ser señalado y denunciado a gritos.
En algún punto intermedio entre la introspección y la trascendencia habita el atmospheric doom metal, un estilo que transmite contemplación, inmensidad y una profunda melancolía. Si el doom tradicional es el peso inamovible de una montaña, el doom atmosférico es contemplar esa misma montaña desde la distancia, envuelta en niebla mientras cae el atardecer. Es nostalgia por algo que quizá nunca existió, una sensación de vastedad y paisajes infinitos, tristeza, pero también belleza, aceptación y espiritualidad. Y es precisamente allí donde se sitúa TODOMAL.
Nacido en 2020 de la mano del músico y compositor anglo-español Christopher B. Wildman y del músico, compositor y productor Javier Fernández Milla, el proyecto surge del encuentro entre dos veteranos multiinstrumentistas de la escena underground española, con trayectorias que abarcan numerosos proyectos y estilos. Tras la publicación de Ultracrepidarian (2021) y A Greater Good (2023), el dúo decidió expandir la propuesta hasta convertirla en una formación completa, incorporando a Javier Félez (Teitanblood, Graveyard, Balmog), Javier «Bud» Martínez (Dejadeath, Jade, Ktulu) y Cecilia Tallo (Maud the Moth).
El resultado de esta nueva etapa es Graveyards of Joy, tercer álbum de estudio y cierre definitivo de una trilogía concebida desde la introspección, el duelo y la resiliencia. Escrito en soledad tras una tragedia personal, el disco canaliza el dolor, la ira y una esperanza conquistada a fuerza de resistencia emocional a través de nueve composiciones de desarrollo pausado, gran amplitud sonora y una notable profundidad expresiva. Un trabajo independiente, moderno y profundamente humano.
Desde sus primeros compases, Mare Ignis sumerge al oyente en una oscuridad devastadora. La atmósfera es espesa, casi tangible, oscilando entre el caos y el consuelo, con pasajes que evocan tanto la sensibilidad progresiva de Devin Townsend como ciertas expansiones espaciales propias de Pink Floyd. Pesada y desgarradora, inmersiva y contemplativa, la pieza nunca abandona por completo la sensación de que aún queda una luz al final del camino.
Lucid Nightmare se adentra en terrenos más progresivos y contemporáneos, entrelazando riffs densos y guitarras envolventes con apariciones inesperadas de piano que irrumpen como destellos de claridad en medio de la tormenta. En esa misma línea, Point of Coalescence incrementa la tensión mediante un trabajo rítmico más agresivo y una percusión que gana protagonismo. La canción transita entre momentos de furia controlada y expansiones ambientales de fuerte impronta sinfónica, elevando la experiencia a una dimensión casi cinematográfica.
El costado más introspectivo del álbum aparece con Misericordiah. Entre guitarras limpias, arreglos de cuerdas y una sensibilidad cercana al folk oscuro, la composición genera un clima suspendido entre la belleza y el desasosiego. Las voces funcionan como auténtico vehículo emocional, enfatizando el conflicto interno del personaje que habita la canción.
Unholy incrementa la intensidad respecto de su predecesora y se convierte rápidamente en uno de los puntos más altos del disco. Las voces limpias conviven con melodías sombrías y ciertos matices orientales —entre evocaciones egipcias y babilónicas— mientras una batería sólida y efectiva sostiene una estructura de enorme impacto. Hay ecos del espíritu contenido en Shells de Everon, aunque reinterpretados desde una óptica mucho más oscura y contemplativa.
Con sus más de siete minutos de duración, Deliverance se erige como el núcleo conceptual y emocional del álbum. Es un viaje por distintos estados anímicos donde convergen desesperación, pérdida y una tenue esperanza de redención. Su pesadez no reside únicamente en las guitarras distorsionadas, sino en la propia arquitectura de la composición, en la manera en que administra sus silencios, sus crescendos y sus texturas sonoras. Es una oscuridad construida desde la intención y el clima antes que desde el mero volumen.
Por su parte, Humanised Gods aporta un matiz más etéreo y luminoso, incorporando discretas pinceladas de electro-pop que la convierten en una de las piezas más accesibles del trabajo. A continuación, For Mercy retoma la senda abierta por Misericordiah, profundizando el uso de sintetizadores y manteniendo una base de guitarras limpias y voces flotantes que invitan a la contemplación.
Finalmente, la canción homónima, Graveyards of Joy, actúa como un epílogo emocional donde vuelcan todas las sensaciones acumuladas a lo largo del recorrido. Oscura, intensa y profundamente conmovedora, funciona como síntesis perfecta de una obra atravesada por la pérdida, la memoria y la capacidad de reconstruirse.
Uno de los mayores aciertos del álbum es, precisamente, su sentido colectivo. No hay figuras que busquen sobresalir por encima del resto. Cada integrante ocupa su espacio con precisión quirúrgica, aportando matices y texturas que enriquecen el conjunto. TODOMAL se presenta aquí como una entidad orgánica, equilibrada y cohesionada, donde el protagonismo pertenece a la obra en sí misma y no a individualidades.
Graveyards of Joy no pretende ofrecer respuestas fáciles ni refugiarse en los lugares comunes del doom contemporáneo. Es un disco que exige tiempo, escucha atenta y disposición para dejarse absorber por sus paisajes emocionales. Pero para quienes acepten esa invitación, encontrarán una obra madura, honesta y profundamente evocadora, capaz de demostrar que incluso en los territorios más sombríos todavía puede florecer algo parecido a la esperanza.
Texto: Santiago Izaguirre

