Año: 2026 | País: Argentina | Género: Melodic Death metal | Sello: Independiente | Lemmymómetro: ♠♠♠♠♠♠♠♠ (8/10)
El 2026 marcará el regreso de PLAGUESTORM con nueva música, proyecto consolidado ahora como un dúo integrado por Sebastián Pastor, responsable de la composición, instrumentación y producción, y Alexander Richichi, a cargo de las voces y las líricas. Con esta nueva formación, el proyecto presenta su álbum Path to Emptiness, programado para un lanzamiento independiente el 26 de junio de 2026. La obra contó con la mezcla y masterización de Fredrik Nördstrom, referente del sonido de Gotemburgo y colaborador habitual de agrupaciones fundamentales como IN FLAMES y DARK TRANQUILLITY. Musicalmente, este nuevo lanzamiento busca desplazar el sonido de PLAGUESTORM hacia un terreno extremo pero profundamente emocional, equilibrando riffs agresivos y armonías melancólicas con una base rítmica densa y atmosférica. La propuesta vocal destaca por su versatilidad, alternando registros desgarrados y matices expresivos que otorgan dinamismo a las composiciones. Además, se trata de la primera colaboración con el cantautor estadounidense, tras haber contado en discos anteriores con vocalistas como Björn Strid de SOILWORK, Mikael Sehlin, actualmente en AMARANTHE, y Eugene Ryabchenko de FLESHGOD APOCALYPSE, por nombrar solo algunos. La placa cuenta nuevamente con la participación de Diego Martínez como músico invitado, cuyos solos aportan una capa adicional de emotividad al conjunto. En su faceta lírica, el álbum surge como una corriente de conciencia que refleja temas derivados de la introspección y la experiencia personal, materializados en una línea narrativa continua.
Los adelantos ya habían marcado parte del tono que tendría este trabajo y daban bastante tela para cortar. La producción musical se mostraba más densa, con mayor cuerpo y definición, construyendo un sonido que golpea con fuerza de la mano de letras particularmente crudas. Por un lado, Don’t pass it on profundiza en el trauma generacional y el miedo a transmitir el dolor a un hijo, utilizando múltiples metáforas corporales y asociadas al nacimiento para hablar del peso emocional heredado. Musicalmente, evoca gran parte de la melodía y el trabajo de riffs característico de IN FLAMES, aunque con una propuesta vocal menos agresiva. Por otro lado, How could she know relata el dolor de una pérdida o tragedia inevitable desde la mirada de una mujer marcada por la culpa, el duelo y la violencia emocional. Su atmósfera comienza de forma casi a capela y evoluciona hacia una composición brutal, de aire fatalista y profundamente dramático, tanto por el contenido lírico como por el trabajo de las guitarras, que entre trémolos y punteos melancólicos terminan de consolidar esa sensación de desolación. La voz del estadounidense ciertamente se aleja un poco de la visceralidad que predominaba en lanzamientos anteriores como Purifying Fire y el EP Empty Eyes. Su versatilidad, acompañada de un matiz más rockero, le permite moverse entre gritos que oscilan entre el gutural y el fry scream, aportando dramatismo al mensaje, pero también recorrer melodías más suaves y gruñidos graves y contundentes cuando la canción lo requiere.
Ya con el disco completo en nuestras manos, el panorama comienza a cobrar más sentido. It’s a play arranca con una marcada presencia de riffs y funciona como una invitación oscura a abandonar la identidad propia para seguir a alguien hacia una experiencia violenta y salvaje, representando una oda a la manipulación y a la fascinación por el caos. Regresa esa voz melodiosa que acompaña una arquitectura sonora capaz de remitir a los mejores momentos de Whoracle de IN FLAMES, con riffs que no necesariamente buscan la agresión más visceral, pero sí transmiten un peso considerable. Luego, River of death abre con una melodía cargada de nostalgia y un grito más cercano al hard rock por parte de Alex Richichi, en una verdadera demostración de versatilidad vocal y riqueza metafórica. La imagen del río funciona como símbolo del tránsito hacia el final, transmitiendo resignación, agotamiento emocional y una rendición frente a la muerte o a un destino inevitable. Las guitarras están especialmente inspiradas en este tema, liderando la acción instrumental con un enfoque épico. Esta línea estilística continúa en The Void, que sigue explorando traumas heredados y el vacío existencial, mientras que Garden of fire aborda la desesperanza y la imposibilidad de alcanzar un paraíso prometido, aunque desde una interpretación vocal aún más dolorosa, representando con claridad ese jardín de fuego entendido como un espacio mental de sufrimiento permanente.
En ese instante reaparece la ya conocida How could she know para marcar un quiebre en la sonoridad antes de Down dirt road, una canción con ciertos aires de metalcore de principios de los 2000 que relata un viaje simbólico hacia el final. A través de una mezcla de imágenes funerarias y cósmicas, y apoyándose en la expresividad vocal de Alexander Richichi, transmite una profunda sensación de cansancio existencial y búsqueda espiritual infructuosa. Todo ello desemboca en un solo de guitarra marcadamente ochentoso a cargo del músico bahiense Diego Martínez, que podría haber funcionado perfectamente dentro de una power ballad, demostrando no sólo sus capacidades como productor sino también como intérprete. Luego de Shameless, un breve interludio vocal con escaso acompañamiento instrumental, y del single que sirvió como adelanto, llega Empty eyes, una de las composiciones más viscerales de todo el disco. Aquí la lírica gira hacia una crítica de la apatía, la estupidez colectiva y la desconexión emocional. Musicalmente esto se refleja de manera contundente: los guturales demoníacos toman el control del relato y transmiten una frustración palpable frente a determinadas conductas humanas. Sin embargo, incluso dentro de ese desprecio emerge un matiz épico que aporta una intensidad que hasta ese momento no se había manifestado con tanta fuerza en el álbum. Nuevamente aparecen destacados solos de Diego Martínez, interrumpidos por un interludio algo desestructurado que anticipa el tramo final.
Más allá de las diferentes facetas musicales exhibidas, el disco posee una carga emocional en sus letras que obliga a prestar atención, aunque en ocasiones esto puede verse dificultado por el frondoso paisaje sonoro que lo acompaña. No hay dudas de que se trata de un trabajo desarrollado con enorme nivel de detalle, y la paleta musical utilizada amplía considerablemente el universo de PLAGUESTORM. En ese sentido, Smoke and candy aporta un elemento particularmente rescatable: sus claras influencias rockeras. Un punteo constante lidera las estrofas y da la sensación de estar frente a un potencial himno de rock oscuro, mientras la letra mezcla deseo, violencia, dependencia y caos dentro de una relación tóxica. Finalmente, Underhill cierra el álbum con una composición melancólica sobre el abandono y la pérdida amorosa, cargada de imágenes otoñales y elementos casi fantásticos. El protagonista no logra aceptar la desaparición de alguien importante de su vida y comienza un descenso gradual hacia el colapso emocional. También aquí aparecen matices más cercanos al rock antes de que irrumpa nuevamente los guturales y los doble bombos para cerrar el recorrido.
Dos pilares fundamentales sostienen la arquitectura de este lanzamiento. Por un lado, la mente de Sebastián Pastor como compositor principal se manifiesta en una madurez técnica admirable, logrando que cada instrumento dialogue en función de una atmósfera opresiva pero melódica. Por otro lado, la contundencia y la enorme capacidad expresiva de Alexander Richichi elevan el resultado final. Su labor no solo destaca en la ejecución vocal, transitando con naturalidad entre registros desgarradores y matices más rockeros, sino también en la construcción de unas letras cargadas de introspección y simbolismo. Esta sinergia entre la visión instrumental de Pastor y la narrativa visceral de Richichi permite que el álbum se perciba como una obra cohesionada, donde la agresividad del death metal melódico se entrelaza con una corriente de conciencia cruda y emocionalmente devastadora. En definitiva, Path to Emptiness consolida a PLAGUESTORM como una fuerza relevante dentro del death metal melódico nacional, más allá de tratarse de un proyecto de carácter internacional por la procedencia de sus integrantes, y además marca un hito de madurez técnica y emocional dentro de su trayectoria. La sinergia alcanzada entre la visión compositiva de Sebastián Pastor y la versatilidad interpretativa de Alexander Richichi transforma el dolor existencial en una experiencia sonora cohesionada y visceral. Gracias a una producción que equilibra con acierto la agresividad característica del género y una atmósfera profundamente introspectiva, el álbum se erige como una obra honesta con su premisa y ambiciosa en su ejecución, reafirmando que el proyecto continúa evolucionando hacia territorios donde técnica y emoción no sólo conviven, sino que se potencian mutuamente.
Texto: Luis Gallucci
Agradecemos a Sebastián Pastor por la facilitación del material.
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