PIGS x 7 en vivo en Argentina: “Una zapada lisérgica al borde del colapso”


Fecha: Domingo 5 de julio de 2026 | Hora: 19 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Uniclub | Banda invitada: BANFIELD WITCH

Antes de que el show terminara de tomar forma, apareció una vibración extraña desde los synths: un zumbido espeso, casi subterráneo, que empezó a deformar el aire de Uniclub y preparó el terreno para la entrada del bajo distorsionado, las guitarras saturadas y una batería bien pesada. Desde ese primer clima, PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS dejó claro que no iba a construir la noche desde la prolijidad ni desde el repertorio cómodo, sino desde una experiencia física, cruda y sensorial. El volumen no apareció como un simple recurso de impacto, sino como una materia viva que se podía sentir en el cuerpo: cada riff empujaba contra las paredes, cada golpe abría una nueva capa de tensión y cada textura parecía formar parte de una máquina hermosa y averiada, siempre al borde de romperse pero avanzando con una lógica propia. En ese comienzo hubo algo de advertencia y de invitación: lo que estaba por venir no sería un recital para observar desde afuera, sino una inmersión en una masa sonora donde el ruido también podía funcionar como lenguaje.

La banda de Newcastle, también conocida como PIGS x 7, llegó a Buenos Aires con Matthew Baty en voz, Sam Grant y Adam Ian Sykes en guitarras, John-Michael Joseph Hedley en bajo y Ewan Mackenzie en batería. Su último disco, Death Hilarious, editado en 2025, ocupó buena parte del repertorio y marcó el pulso de un show pensado más como afirmación de presente que como repaso histórico. La lista también recorrió Land of Sleeper, King of Cowards y Viscerals, pero el eje estuvo puesto en el ahora: una decisión lógica para una banda que parece desconfiar de cualquier gesto demasiado nostálgico. No hubo manual para recién llegados ni desfile equilibrado de etapas: hubo una idea de intensidad, un sonido empujado hasta el límite y una voluntad clara de transformar cada canción en una experiencia de trance pesado. En tiempos donde muchas bandas administran su historia como recursos para vender entradas, PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS hizo lo contrario: puso el cuerpo en su presente y obligó al público a entrar ahí, sin demasiadas explicaciones previas.

La apertura con The Wyrm funcionó como una puerta de entrada perfecta: densa, amenazante y venenosa, con esa sensación de que el grupo no necesitaba calentar motores porque ya venía lanzado desde algún lugar oscuro. El tema instaló de entrada una forma de tensión que no dependía solo del peso, sino de la acumulación: una manera de dejar que el sonido creciera hasta ocupar todo el espacio. Enseguida, Mr Medicine, de Land of Sleeper, llevó esa densidad hacia un pulso más hipnótico, entre stoner, doom y psicodelia pesada, como si la banda empezara a estirar el golpe hasta convertirlo en trance. Ahí quedó planteada una de las coordenadas centrales de la noche: la canción como excusa para entrar en una frecuencia, no como objeto cerrado que se despacha y se abandona. En vivo, el grupo no parecía interesado en reproducir canciones de manera quirúrgica, sino en usarlas como vehículos para empujar una sensación cada vez más envolvente.

Ese viaje se volvió más físico con Ultimate Hammer, que hizo honor a su nombre con una lógica de martillazo: repetición, peso y una energía casi mecánica, de esas que se sienten más en el pecho que en la cabeza. No hubo necesidad de adornar demasiado la idea: el tema avanzó como una pieza de maquinaria pesada, sostenida por un pulso insistente y por una distorsión que parecía ensanchar el escenario. Después, Carousel abrió otra dinámica, menos frontal pero igual de envolvente, construida como una espiral sonora que gira, insiste y suma presión hasta generar una especie de vértigo controlado. En esas dos canciones quedó claro uno de los secretos del grupo: no todo pasa por acelerar o aplastar, sino por sostener una idea hasta que el cuerpo del público entra en esa frecuencia y deja de pedir explicaciones. La banda entiende algo básico y poderoso: en el rock pesado, la repetición no es falta de recursos cuando está bien usada; es una forma de hipnosis.

En escena, PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS funcionó como una maquinaria rara, pesada y descentrada, donde cada músico parecía metido en su propio mambo, en su propio viaje, aunque todos terminaran empujando hacia el mismo lugar. No había una lógica de banda milimétrica ni de ejecución fría: lo que aparecía era una sensación de zapada lisérgica controlada, con miradas entre los músicos, entradas que parecían surgir desde la fricción y una tensión permanente entre caos y precisión. Esa fue una de las claves de la noche: la banda sonaba como si estuviera a punto de salirse de eje, pero siempre encontraba una forma de volver al golpe común. En ese equilibrio inestable, los temas respiraban distinto, se deformaban un poco, acumulaban mugre y volvían a caer con más peso. La experiencia no pasaba por la perfección sino por el riesgo: por esa impresión de estar viendo a cinco tipos empujando una estructura hasta el borde, confiando en que todavía podía sostenerse un poco más.

Matthew Baty fue el centro físico y verbal de esa tormenta. No ocupó el lugar clásico del frontman que ordena todo desde adelante, sino el de un cuerpo en combustión, atravesado por la música. Se movía como si mezclara trance, arte marcial y desborde, peleando con el escenario, con el micrófono y con su propio cuerpo. En más de un momento terminó enredado con el cable, pero lejos de parecer un accidente, eso encajaba con naturalidad en el ritual escénico de la banda. También sumó sintetizadores y un segundo micrófono, ampliando esa idea de caos organizado que atravesó todo el show. Entre tema y tema, además, apareció su humor ácido, seco, muy británico: bromeó con que cuando llegan a un lugar nuevo nunca saben si alguien va a ir a verlos. La frase sonó entre agradecimiento, ironía y sorpresa real frente a una respuesta del público que acompañó el viaje sin pedir manual de instrucciones. Ese contraste entre el cuerpo desbordado y el comentario seco le dio a Baty una presencia particular: podía parecer poseído por el sonido y, al segundo siguiente, cortar la tensión con una frase mínima, casi al pasar.

La zona media del set mantuvo esa tensión entre empuje y deformación. Stitches mostró el costado más urgente y filoso del grupo, una canción más nerviosa, menos expansiva, que avanzó con una energía cortante. Después de la lógica más envolvente de los primeros tramos, ese golpe más directo funcionó como una inyección de electricidad, una forma de tensar el show desde otro lugar. En cambio, GNT, única visita a King of Cowards, conectó con una etapa anterior de la banda y recuperó un pulso más primitivo, sucio y expansivo. Puestas una al lado de la otra, funcionaron como dos caras del mismo animal: una más directa y otra más psicodélica, pero ambas sostenidas por esa base de ruido, groove y distorsión que evita cualquier comodidad. PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS no cambia de clima para alivianar la carga; cambia de clima para encontrar nuevas formas de seguir presionando.

Las guitarras trabajaron desde lugares distintos pero complementarios. Sam Grant sostuvo buena parte de la pared sonora con riffs espesos, estructura y ese peso de fondo que hacía avanzar a la banda como un bloque. Su rol fue menos exhibicionista y más arquitectónico: levantar la masa, mantenerla en pie y hacer que cada canción tuviera un centro de gravedad reconocible, incluso cuando todo parecía abrirse hacia el ruido. Adam Ian Sykes, en cambio, aportó el costado más eléctrico y lisérgico del ataque. No se limitaba a tocar los riffs: parecía buscar físicamente el sonido. En varios pasajes se acercaba una y otra vez a sus equipos Orange, casi pegándose a los parlantes para sentir la vibración en el cuerpo, como si necesitara entrar en la misma frecuencia que estaba generando. Esa imagen resumió buena parte de la lógica del grupo en vivo: el volumen no como simple potencia, sino como experiencia corporal. En PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS, la distorsión no decora; se habita, se prueba, se mide contra el cuerpo.

El bajo de John-Michael Joseph Hedley fue una de las armas secretas de la noche: hiper distorsionado, crudo, grueso, casi como una segunda guitarra embarrada. No estuvo para decorar la base, sino para ensuciarla todo, para darle al sonido una profundidad áspera y una vibración permanente. En una banda donde las guitarras ya ocupan mucho espacio, el bajo no eligió el camino de la discreción: se metió en el centro del barro y desde ahí empujó las canciones hacia adelante. Ewan Mackenzie, desde atrás, sostuvo el movimiento con una pegada firme, seca y física, clave para que el desborde no se convirtiera en dispersión. En ese tramo, Big Rig avanzó como una maquinaria pesada sin frenos, con riffs grandes y un ritmo firme que reforzó la sensación de movimiento constante. Luego, Blockage comprimió el clima hacia una zona más densa y opresiva, como si la banda cerrara el puño después de haberlo dejado vibrar durante buena parte del show.

Antes de Blockage, además, llegó uno de los momentos más simpáticos de la noche: Baty presentó al baterista escocés Ewan Mackenzie, que habló en español, y desde ahí apareció la mención al cumpleaños del bajista. Fue un corte de cercanía breve, casi doméstico, en medio de una música que venía trabajando sobre la saturación, el trance y el choque. Esa mezcla entre brutalidad sonora y humor seco le dio al show una identidad particular: la banda podía sonar como una trituradora, pero nunca se volvió solemne. Ahí también apareció una de las marcas más interesantes del concierto: debajo del ruido había juego; debajo del peso, una complicidad rara, torcida, muy de banda que entiende que la intensidad no necesita ponerse seria para ser efectiva. Esa cercanía no rompió el clima, lo volvió más humano y más extraño: como si, en medio del derrumbe, alguien se acordara de hacer un chiste y brindar por un cumpleaños. 

Ya sobre el final, Collider llevó la idea de choque a un punto más abrasivo: guitarras, bajo, batería y voz parecían empujar todos contra la misma pared, generando una descarga compacta y directa. El tema condensó bien esa sensación de colisión permanente que recorre al grupo: no se trata solo de tocar fuerte, sino de hacer que las partes parezcan estrellarse entre sí sin perder dirección. Antes de ese tema hubo otro gesto de complicidad con la sala: subió Maxi, alguien del público, a quien le regalaron una gorra. Después, Toecurler terminó de condensar el costado más físico de la banda, con una intensidad incómoda y arrasadora, como si cada parte del grupo estuviera tensada al máximo pero todavía encontrara margen para seguir apretando. A esa altura, el show ya había dejado de funcionar como una suma de canciones y se había convertido en una experiencia de acumulación: cada tema agregaba otra capa de presión sobre la anterior.

Y cuando todo parecía haber terminado, apareció el último gesto de desborde. La banda salió de escena y volvió casi como si se tratara de unos bises, aunque el asunto tuvo más de impulso espontáneo que de formalidad rockera. Matthew Baty avisó, con esa mezcla de humor seco y sorpresa genuina: “Casi nunca hacemos esto”. Entonces llegó World Crust, fuera de set, como una última descarga no prevista. El tema, perteneciente a Viscerals, dejó a PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS en su versión más corrosiva, mugrienta y psicodélica. No fue una despedida elegante ni falta que hacía: fue una última sacudida, como si en vez de bajar la persiana decidieran arrancarla. Después de un set dominado por el presente de Death Hilarious, esa elección final funcionó como conexión con una etapa anterior, pero también como síntesis del espíritu de la noche: ruido, trance, suciedad, groove y una forma de entender el rock pesado más cerca del desborde que del museo. Ese cierre fuera de set tuvo además un valor simbólico: cuando una banda que parece hecha de ruido y control decide correrse de su propio plan, el resultado no puede ser prolijo; tiene que ser, necesariamente, una explosión.

El paso de PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS por Uniclub confirmó que todavía hay formas de hacer rock pesado sin convertirlo en pose ni repetición de fórmulas gastadas. Hay riffs, hay psicodelia, hay humor y hay una conciencia muy clara del impacto físico del sonido, pero sobre todo hay una idea de intensidad que no necesita pedir permiso. Matthew Baty dijo alguna vez: “Para mí, los mejores shows son aquellos en los que puedes desconectar y estar completamente en otro mundo, otro universo”. Eso fue, precisamente, lo que ocurrió en Buenos Aires: durante un rato, la banda abrió una grieta en la rutina y empujó al público hacia otra dimensión, una más ruidosa, más densa, más absurda y más liberadora. En vivo, PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS PIGS no suena como una máquina perfecta. Suena mejor: como una zapada lisérgica montada sobre una máquina a punto de romperse que, contra todo pronóstico, sigue avanzando.

Texto: Carlos Noro
Imágenes: @ddaileyph (cortesía Noiseground & Rock City Agencia)
Agradecemos a Noiseground & a Rock City Agencia por la acreditación al evento.

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