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KAMPFAR en vivo en Argentina: “El bosque también puede arder bajo techo”


Fecha: Sábado 30 de mayo, 2026 | Hora: 20 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Uniclub | Bandas invitadas: CERNNUNOS & DEMIURGO

Hay bandas que llegan para ejecutar un repertorio y bandas que parecen abrir una puerta hacia un territorio propio, difícil de traducir fuera del escenario. KAMPFAR pertenece con claridad al segundo grupo. La visita de los noruegos a Buenos Aires no tuvo el espíritu de un show construido para la nostalgia cómoda ni para la postal turística del black metal vikingo. Lo que ocurrió en Uniclub fue más seco, más oscuro y más físico: una ceremonia donde el paganismo, la furia, la épica y cierta solemnidad de bosque antiguo se mezclaron con la respiración pesada de una sala cerrada. Porque sí, el bosque también puede arder bajo techo.

La historia de KAMPFAR siempre tuvo una relación particular con el black metal noruego. Nacida en 1994, en plena resaca de una escena que todavía convertía cada gesto en mito, la banda eligió otro camino: menos escándalo, más raíz; menos pose incendiaria, más invocación. Esa diferencia se notó también en Buenos Aires. Dolk no necesitó sobreactuar la oscuridad. Su presencia fue la de un frontman que entiende que el ritual no se explica: se sostiene. Con gestos medidos, mirada fija y una voz que atravesó el recinto como si viniera de un lugar más viejo que la propia banda, marcó el pulso de una noche donde cada canción funcionó como parte de una misma arquitectura.

El comienzo con Feigdarvarsel / Ravenheart fue una declaración perfecta. No hubo entrada tibia ni tanteo con el público. Desde el primer golpe quedó claro que el show iba a apoyarse en una dinámica de acumulación: capas de guitarra, batería de avance marcial, voces que alternaron aspereza y profundidad, y una sensación permanente de marcha hacia un lugar incómodo. Skogens Dyp reforzó esa idea con un peso más envolvente, casi telúrico, mientras que Ophidian llevó la oscuridad hacia una zona más moderna, más cortante, con esa capacidad que tiene la banda para sonar antigua sin convertirse en museo.

Uno de los méritos principales del concierto fue evitar el formato de repaso complaciente. El setlist recorrió distintas etapas, pero nunca pareció una lista armada para cumplir cuotas. Trolldomspakt, Dødens Aperitiff y Urkraft mostraron la vigencia de una etapa donde KAMPFAR consiguió sonar más amplio sin perder crudeza. Las canciones recientes tuvieron un peso enorme en vivo porque no dependen solo del riff filoso ni del golpe de efecto: crecen desde una tensión interna, como si cada pasaje estuviera empujando algo que tarda en romperse, pero cuando rompe, arrasa.

En ese entramado, Ole fue clave para sostener la dimensión melódica sin ablandar el sonido. Su guitarra no funcionó como simple pared: abrió espacios, dibujó líneas, sostuvo climas y volvió a cerrar la puerta cuando la canción pedía violencia. Ask, desde la batería y las voces, le dio al show una base firme, con esa mezcla de precisión y empuje que impide que el costado ceremonial se vuelva estático. Ese, en bajo, terminó de darle cuerpo a una formación que sonó compacta, sin lujos innecesarios y con la seriedad de quienes no vienen a decorar una escena sino a ocuparla.

La mitad del concierto encontró uno de sus puntos más fuertes con Mylder, donde la banda alcanzó una intensidad casi hipnótica. No fue una descarga caótica, sino una forma organizada de presión. Esa es una de las grandes virtudes de KAMPFAR: puede sonar salvaje sin perder dirección. En vivo, su black metal no se apoya únicamente en la velocidad, sino en la construcción de un paisaje emocional. Hay frío, sí, pero también hay sangre. Hay épica, pero no cartón pintado. Hay tradición, pero no costumbrismo barato para remeras de runas compradas en Once.

La dimensión ritual de la noche se volvió todavía más explícita cuando Dolk arrojó cenizas sobre el escenario, gesto que no funcionó como simple teatralidad sino como una extensión física del imaginario de KAMPFAR. En una música atravesada por la muerte, la tierra, el paganismo y la memoria ancestral, esas cenizas parecieron marcar el espacio, convertir el escenario en un territorio consagrado por la oscuridad. Más adelante, el cantante tomó un cáliz, bebió vino y lo escupió, reforzando esa idea de ceremonia pagana en la que el cuerpo también entra en juego: la voz, la sangre simbólica, la tierra quemada, el líquido expulsado como una ofrenda o una profanación. Entre esos gestos, Dolk arengó al público con la autoridad de quien no pide participación sino entrega, empujando a la sala a responder desde las entrañas.

Durante buena parte del concierto, sin embargo, la reacción no pasó por el desborde físico inmediato, sino por una concentración casi devocional: más cabezas en trance que pogo constante, más atención que espuma festivalera. La descarga corporal llegó recién hacia el final, cuando el público terminó de romper la contención y el pogo apareció como consecuencia natural de una tensión acumulada durante toda la noche. En manos de otra banda, esos recursos podrían rozar el cliché; en KAMPFAR, en cambio, aparecieron integrados a una lógica estética y espiritual que el grupo sostiene desde hace tres décadas. No se trató de “hacer black metal”, sino de habitarlo.

El tramo final antes de los bises pegó de lleno en la historia más profunda de la banda. I Ondskapens Kunst / Norse funcionó como puente hacia los años donde KAMPFAR todavía se estaba definiendo como una voz singular dentro del black metal noruego. Ese pasaje tuvo algo de manifiesto: el recordatorio de que la banda no llegó hasta acá por casualidad, sino por haber construido una identidad propia cuando muchas agrupaciones del género preferían repetirse hasta la caricatura. Tornekratt, con su densidad oscura y su filo más directo, cerró el bloque principal con autoridad.

Los bises terminaron de poner las cosas en su lugar. Hymne abrió una puerta al origen, a ese paganismo primitivo que todavía late en el ADN del grupo, mientras que Det Sorte dejó una sensación final más pesada y sombría. No hubo necesidad de un cierre triunfalista. KAMPFAR no trabaja sobre la euforia, sino sobre algo más hondo: la persistencia. Su música no pide saltos, pide entrega. No busca el aplauso fácil, busca dejar una marca.

No es frecuente ver en Argentina a bandas de esta naturaleza, menos aún con una propuesta tan afirmada en su propio universo, lejos del gesto turístico o de la nostalgia prefabricada. Por eso, la noche tuvo algo de aparición: KAMPFAR no vino solo a repasar tres décadas de historia, sino a demostrar que su black metal pagano todavía conserva una extraña capacidad de trance. Esa fuerza nace justamente de la tensión que la banda siempre supo administrar entre dos mundos: por un lado, el filo áspero, hostil y abrasivo del black metal noruego; por el otro, una raíz folk que no aparece como adorno pintoresco, sino como una memoria antigua que empuja desde abajo. En KAMPFAR, lo folk no necesita sonar amable ni celebratorio: puede ser sombra, invocación, paisaje, rito. No funciona como descanso frente a la violencia, sino como su fundamento espiritual. Cada melodía parece venir de una tradición oral perdida, de un canto que pudo haber sido transmitido en medio del frío, la madera, la montaña y la superstición.

Ahí está una de las claves de su singularidad. El black metal de KAMPFAR no se limita a la velocidad ni a la agresión, aunque ambas estén presentes con claridad, sino que construye una atmósfera donde el ataque convive con una idea de territorio. La crudeza de las guitarras, la batería marcial y la voz rota de Dolk no suenan como una simple descarga extrema, sino como el modo en que ese imaginario pagano se vuelve cuerpo. La banda no “mezcla” folk y black como quien suma ingredientes para ampliar mercado: los funde hasta que ya no se distingue dónde termina la canción de batalla y dónde empieza el canto ancestral. Por eso, en vivo, los temas pueden sentirse violentos y ceremoniales al mismo tiempo, como si el golpe de la batería abriera una grieta y la melodía dejara entrar algo más viejo, más turbio, más difícil de domesticar.

El valor de la presentación creció todavía más cuando se conoció el contexto previo: KAMPFAR llegó a Buenos Aires prácticamente contra el reloj, después de vuelos cancelados y con apenas una hora de margen antes del show. La propia banda lo resumió luego con una frase directa: “Argentina, ¡lo logramos! Después de cancelar vuelos y llegar a Buenos Aires una hora antes del show, todos ustedes hicieron que valga la pena”. Ese dato no funciona como simple color de backstage, sino como una clave para leer la intensidad de la noche. Lo que arriba del escenario parecía una ceremonia firme, compacta y dominada por completo, había tenido detrás una carrera de resistencia, aeropuertos, tensión y cansancio. Y aun así, nada de eso se filtró como fragilidad: al contrario, pareció alimentar la entrega.

En ese punto, Dolk terminó de convertirse en la gran figura del concierto. Cerca del final, al mostrar en su abdomen el tatuaje con el logo de la banda y la imagen del macho cabrío con una flauta, la escena pareció condensar todo lo que había ocurrido sobre el escenario: la música como llamado, como mandato oscuro, como esa criatura mitológica que sopla desde algún lugar remoto y dicta sueños alucinados. Esa imagen no fue apenas un gesto visual o una extravagancia de frontman; funcionó como símbolo perfecto de una banda que entiende el paganismo no como decoración estética, sino como una forma de entrar en contacto con fuerzas primitivas. El macho cabrío, la flauta, el cuerpo marcado y la voz de Dolk componían una misma figura: la del músico como médium, como alguien que no inventa del todo lo que canta, sino que parece obedecer a una orden llegada desde otro lado.

El cierre terminó de darle una dimensión humana a esa ceremonia. Después de la oscuridad, del peso de las guitarras y de esa imaginería pagana atravesada por visiones de bosque, fuego y sangre antigua, los cuatro integrantes quedaron al frente del escenario. Primero levantaron el brazo en alto, como si todavía sostuvieran el pulso de la invocación; después llevaron la mano al corazón, en un gesto sobrio, agradecido y casi solemne. No hizo falta agregar demasiado. En esa imagen final estaba la síntesis de la noche: una banda feroz, sí, pero también profundamente consciente del vínculo construido con un público que rara vez tiene la oportunidad de encontrarse cara a cara con este tipo de propuestas. Saber que habían llegado a Buenos Aires apenas una hora antes del show, después de vuelos cancelados y una travesía al límite, volvió ese gesto todavía más significativo. No era solo protocolo de despedida: era alivio, gratitud y una forma silenciosa de decir que el esfuerzo había valido la pena.

Treinta años después, KAMPFAR sigue sonando como si obedeciera a esa voz. Y durante una noche, en Buenos Aires, también logró que el público la escuchara.

Texto: Carlos Noro

Fotos: cortesía Fernando Seranni

Agradecemos a Noiseground y Talent Nation por la acreditación al evento. 

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