Entrevistamos a Ole Hartvigsen de KAMPFAR: “El black metal te permite empujar los límites de lo que querés transmitir”


Desde su formación en Fredrikstad en 1994, KAMPFAR fue una de esas bandas que encontró un lugar propio dentro del black metal noruego sin quedar encerrada en la postal más obvia del género. Nacida alrededor de Dolk y Thomas Andreassen, la agrupación construyó una identidad atravesada por la épica pagana, el folklore escandinavo, la mitología nórdica y una relación con la naturaleza que no funciona como decoración, sino como una parte central de su lenguaje. Su discografía, iniciada con Mellom Skogkledde Aaser (1997), fue ampliando esa marca entre crudeza, melodía, atmósferas rituales y una intensidad emocional que distingue a la banda dentro de una escena históricamente asociada a la confrontación, el hermetismo y la oscuridad.

Con discos como Fra Underverdenen (1999), Kvass (2006), Mare (2011), Profan (2015), Ofidians Manifest (2019) y Til Klovers Takt (2022), KAMPFAR mantuvo viva una lectura del black metal donde lo ancestral convive con una sensibilidad compositiva cada vez más amplia. Ese recorrido también le dio al grupo un reconocimiento particular dentro y fuera de Noruega: sin perder su raíz áspera ni su vínculo con el pagan black metal, la banda logró sostener durante tres décadas una obra reconocible, ajena a las fórmulas más previsibles del género y apoyada en una idea del sonido como territorio emocional, ritual y físico.

Actualmente integrada por Dolk en voz, Ask Ty Ulvhedin Bergli Arctander en batería y voces, Ole Hartvigsen en guitarra y Stig Ese Eliassen en bajo, KAMPFAR llega a Sudamérica con una formación que combina continuidad, renovación y una concepción del vivo como ceremonia antes que como simple repaso discográfico. En el marco de su Latin America Tour 2026, la banda tendrá su primera presentación en Argentina el sábado 30 de mayo en Uniclub, una visita largamente esperada por quienes siguen de cerca el costado más pagano, oscuro y emocional del black metal noruego.

Me gustaría empezar hablando del presente. KAMPFAR siempre tuvo una identidad muy directa con el black metal noruego. ¿Sentís que la banda todavía está evolucionando o que ya llegó a un sonido y una forma distintiva?

Sí, creo que todavía estamos evolucionando. Al menos así se siente para nosotros, porque siempre dijimos que cuando lanzamos un nuevo álbum y la gente pregunta cuándo vendrá el próximo, la respuesta es siempre la misma, y es la verdad: no sabemos si habrá un próximo disco. No vamos a editar un álbum si no sentimos que tenemos algo para decir, algo que podamos transmitir o algo nuevo que queramos hacer. En ese sentido, creo que vamos a seguir progresando hasta que terminemos, básicamente. Mientras tengamos cosas para decir, cosas que sentimos que todavía no expresamos, creo que estaremos evolucionando constantemente. Tampoco creo que hayamos tenido miedo de probar nuevas maneras de hacer esas cosas. Espero que continúe durante mucho tiempo, pero uno nunca sabe: tal vez algún día nos despertemos y digamos: “Ya no tenemos nada más para decir”. Y eso será todo.

Esperemos que ese momento nunca llegue. Si tuvieras que describir a KAMPFAR sin usar la palabra metal, ¿qué dirías que es?

Diría que es una banda y una música que, ante todo, puede crear una conexión emocional fuerte. Eso es lo más importante: te guste o no, al menos debería generar algún tipo de reacción. No creo que seamos una banda que escuchás y simplemente decís: “Bueno, está bien”. Debería producir algo. Como banda, también estamos muy enfocados en cómo logramos presentar eso cuando hacemos nuestros shows en vivo. Entonces, creo que a la gente le puede gustar o no, pero no debería encogerse de hombros. Ojalá mucha gente lo disfrute y le guste. Creo que esa es la manera de describirlo.

KAMPFAR es una banda intensa, como decís, y muchas veces fue asociada con el paganismo, no solo como una cuestión estética sino también como una filosofía. ¿Qué significa hoy el paganismo para vos o para el resto de la gente?

Creo que, especialmente en los discos más recientes, nos movimos incluso más hacia cuestiones vinculadas con el folklore. Cosas que quizá hace cien o doscientos años la gente usaba como guías para entender el mundo, porque creo que los seres humanos siempre buscaron una manera de comprender lo que los rodea. Eso es algo bastante universal. Creo que se puede encontrar en Noruega, en Argentina, en Australia o donde sea. Me parece muy interesante investigar esas cosas porque, aunque en aquel tiempo la gente dependía mucho del mundo que la rodeaba, de la naturaleza, del clima, de las catástrofes que podían ocurrir y de todo ese tipo de cosas, intentaba darles sentido. Aunque eso haya desaparecido un poco en el mundo en el que vivimos hoy, creo que tal vez lo subestimamos. Las historias antiguas y el folklore pueden creerse o no; eso realmente no importa. Lo importante es que tienen algo para decirte, algo que quizás deberías escuchar sin importar el tiempo en el que estés viviendo. La gente siempre está muy enfocada en el presente, en lo que está sucediendo ahora, y se olvida de que probablemente dentro de cien años se van a reír de este tiempo. Esta época no es mucho más importante que la de hace cien o quinientos años. Y probablemente esas personas también pensaban cosas que nosotros hoy no estamos pensando. Me parece muy interesante porque tenemos esa perspectiva extraña de creer que nuestro tiempo es el más importante y que entendimos muchas más cosas. Claramente, en el año 2500 la gente nos va a señalar y se va a reír de nosotros.

Tengo una forma de ver esto: sea paganismo, cristianismo o judaísmo, finalmente Dios aparece como una respuesta a una pregunta sin respuesta. En tiempos antiguos, la gente escuchaba un trueno y no sabía qué era, entonces lo llamó Thor, el dios del trueno. Hoy tenemos el Big Bang y, para mucha gente, como no se sabe exactamente qué lo originó, Dios creó el Big Bang. Es una forma sencilla de encontrar una respuesta para preguntas que no la tienen.

Absolutamente. Creo que estas cosas son, de alguna manera, atemporales y universales. Uno puede señalar una época y decir que la gente creía tal o cual cosa, pero esas creencias son representaciones de algo mucho más universal.

Volviendo a la banda y a los años noventa, el black metal estaba muy atado a la confrontación y a la oposición, especialmente contra la religión. ¿KAMPFAR surgió como una reacción contra algo o como una búsqueda de algo?

Creo que fue un poco de ambas cosas. Los cuatro integrantes de la banda tuvimos caminos ligeramente diferentes cuando empezamos en los noventa. En mi caso, definitivamente hubo algo reaccionario. Vivir en Noruega en los noventa, en un país que se volvió muy rico, pero donde todavía existía una fuerte forma de control social, aunque no diría que hubiera una Iglesia fuerte como institución dominante, generaba una sensación extraña. Todo parecía bastante controlado socialmente. Vivías en una burbuja que, para mucha gente, podía parecer un poco falsa. Y uno quería hacerle un agujero a esa burbuja, mostrar algo diferente. Creo que algo de eso había. Pero, personalmente, eso también abrió algunas puertas. Una de las cosas que me resultaban fascinantes del black metal era que podías hacer de todo. Realmente podías empujar los límites de lo que querías transmitir con ese tipo de música. Eso es muy interesante en la música extrema, porque podés ir muy lejos con la agresión, pero también con las emociones, con la tristeza y con todo ese tipo de cosas. Para mí, la música se trata de expresar algo emocional. No es solo entretenimiento puro. Es algo más. Y creo que el black metal es una muy buena manera de hacerlo.

Vos no estuviste en la banda desde el comienzo, pero sí fuiste parte de la escena. En los primeros años, la banda fue de algún modo cuestionada por no seguir la estética tradicional del black metal. Mirando hacia atrás, ¿creés que esa hostilidad ayudó a solidificar la identidad de KAMPFAR?

Sí, absolutamente. Creo que eso los empujó todavía más hacia la creación de algo diferente. Cuando empezás a buscar en esa dirección, tal vez encontrás lo que realmente querés hacer vos mismo. Creo que eso fue muy importante para Thomas Andreassen (guitarrista y miembro fundador) y para Dolk (vocalista y miembro fundador). Ellos tenían ideas distintas a las de otros músicos de la escena y decidieron ir conscientemente por ese camino en lugar de seguir ciertas reglas o lineamientos. Eso fue muy importante. Para mí fue completamente diferente porque crecí en la escena de la parte occidental de Noruega, con gente de WINDIR y VREID, y allí todos eran mucho más solidarios. Probablemente porque era una comunidad mucho más pequeña. Entonces querías empujar a los demás hacia adelante en lugar de intentar mantenerlos abajo o bajo control. Es interesante cómo distintas áreas y distintos puntos del black metal noruego fueron ligeramente diferentes.

Es interesante porque hablamos del mismo país y del mismo movimiento, pero con muchas direcciones distintas que ocurrieron casi en el mismo período.

Sí, eso es muy interesante. No sé si fue una coincidencia que todo sucediera en esos pequeños núcleos o lugares. En ese momento estaban los cassettes que circulaban, se copiaban, y por supuesto todo se filtraba hacia cada fiordo, cada pueblo y cada aldea. Pero es muy interesante cómo esos pequeños núcleos evolucionaron de maneras ligeramente diferentes, tanto en lo social como en el sonido. A comienzos de los noventa, casi se podía escuchar de dónde venían las bandas solo por su sonido.

Hablando de la estética de KAMPFAR, la banda nunca estuvo asociada a la sobreproducción o a un sonido demasiado pulido. ¿Qué tan importante es mantener cierta crudeza en el sonido?

Creo que no lo pensamos realmente en un nivel técnico. Lo que intentamos hacer es que la producción y el sonido coincidan con aquello que queremos transmitir. En los primeros discos, por ejemplo, se trabajó con un sonido muy crudo y primitivo. En Mellom Skogkledde Aaser (1997), el primer álbum, casi no había bajo. Era un sonido muy frío y aislado. Cuando me uní a la banda, una de las primeras cosas en las que trabajamos fue en lograr un sonido más grande. Dolk quería un sonido más grande, pero en el sentido de que siguiera siendo crudo y enfocado, aunque con más dinámica, con la posibilidad de alcanzar niveles más altos cuando la música necesitara empujarte realmente. Creo que nuestro sonido se volvió más grande con el paso de los años porque eso te da un rango mayor de cosas que podés decir. Pero lo más importante siempre fue mantener el foco en la música y en las temáticas. Ahí volvemos otra vez a lo folklórico, a la conexión con el mundo o con las emociones que te rodean, y al intento de explicar ciertas cosas. No creo que se pueda transmitir eso con un sonido demasiado rígido. Necesitás algo más, quizás un poco más orgánico.

Mencionás mucho las emociones en relación con la música, pero las letras y la música de KAMPFAR también están profundamente conectadas con la naturaleza. ¿Esa conexión es algo real en la vida cotidiana o es más bien una construcción artística para la música?

Al vivir en Noruega, creo que casi todos amamos la naturaleza. ¿Qué hacemos cuando tenemos tiempo libre en Noruega? Vamos a las montañas, a los bosques o al campo. Hicimos la mayor parte de nuestros álbumes y de nuestra música en una cabaña en las montañas. Creo que estar allí es algo muy bueno a nivel mental. También soy muy consciente de que en Noruega somos bastante afortunados por tener la naturaleza que tenemos y porque, además, es muy accesible para todos.

Tuve la oportunidad de hablar con muchos músicos de Noruega y siempre recuerdo cuando hablé con Øystein G. Brun (guitarrista y fundador de BORKNAGAR). Me dijo algo muy parecido: cuando tenía tiempo libre, salía a caminar por las montañas o los bosques, y mucha de su música también fue compuesta en una cabaña. Nosotros tenemos muchos escenarios así en Argentina, pero somos un país tan grande que a veces hay que hacer mil kilómetros para llegar a un lugar de ese tipo.

Exactamente. Øystein G. Brun vive en Bergen, y yo también viví allí. Podía ponerme las botas, salir de mi casa y en quince minutos estaba en la cima de una montaña. Es increíble.

Con Profan (2015), KAMPFAR ganó el Grammy noruego, algo bastante paradójico si se piensa en las raíces del black metal. ¿Cómo se siente ser reconocido por una institución contra la cual, originalmente, el género se posicionaba?

Es difícil de explicar. En algún momento, a fines de los noventa o por ahí, se empezó a aceptar el black metal. Hubo un cambio en Noruega: pasó de ser algo que generaba escepticismo y temor a convertirse en algo de lo que muchos noruegos están casi orgullosos, porque saben que, especialmente en el exterior, la gente mira a Noruega por esto. Eso cambia un poco el clima dentro del país. Para nosotros, recibir ese premio fue extraño porque no era algo que nos hubiéramos propuesto conseguir. Ni siquiera era algo en lo que hubiéramos pensado. Fue una gran sorpresa cuando nos nominaron y una sorpresa todavía mayor cuando ganamos. No significa mucho más que eso, pero recibir ese reconocimiento de un jurado independiente que escucha la música y vota, por supuesto, es gratificante. Es bueno saber que hay otra parte que también valora lo que hacemos, no solo nuestros seguidores y fans. Otra gente también lo reconoce.

Si uno piensa en el black metal, están esas primeras bandas como MAYHEM o DARKTHRONE, muy crudas y difíciles de escuchar, y después aparecen otras como EMPEROR, ULVER o incluso DIMMU BORGIR, que llevaron el género hacia un lugar más accesible para mucha más gente.

Creo que, cuando se trata de los shows en vivo, nosotros pensamos de una forma un poco diferente a muchas bandas de black metal. Creemos que debemos poner algo sobre el escenario que sea tan interesante que incluso si no entendés o no tenés idea de qué es el black metal, igual puedas disfrutarlo desde un lugar de curiosidad o porque recibís algún tipo de experiencia que no esperabas. Creo que algo de eso también está en la música. Siempre queremos que nuestra música provoque algún tipo de emoción.

Con Ofidians Manifest (2019), las letras se volvieron mucho más personales, incluso trabajando temas como la ansiedad y las luchas internas. ¿Ves al black metal como un lenguaje más efectivo para expresar esos estados internos que los temas mitológicos, por ejemplo?

Sí, absolutamente. En ese álbum, especialmente Dolk y yo estábamos atravesando momentos muy difíciles a nivel personal, cada uno por distintas razones. Ese disco se convirtió casi en una terapia. Poder expresar algo tan difícil y ponerlo afuera a través de la música es algo por lo que me siento realmente agradecido, porque la música es algo muy extraño: es una cosa abstracta que puede provocar emociones. Eso me parece fantástico. No creo que podamos hacer música que no despierte algún tipo de emoción en el interior. No funcionaría. Creo que eso es lo más importante para nosotros. Y lo sabemos cuando lo escuchamos. Cuando estamos trabajando en música, nos damos cuenta: “Sí, esto es”. Sabemos cuándo tocamos algo importante y avanzamos hacia ese objetivo todo el tiempo. Por supuesto, somos los cuatro. Sabemos lo que queremos, lo que nos gusta y cómo lograrlo. Pero al final, cuando lanzás un nuevo álbum, siempre aparece esa sensación: “Los cuatro sabemos lo que estamos haciendo y nos gusta, pero quién sabe qué pensará el resto del mundo”. No tenemos idea hasta que el disco sale.

Después de tantos años —llevás quince años como guitarrista de KAMPFAR—, ¿qué te sigue impulsando a crear y continuar con la banda?

Seguir creando esos momentos casi mágicos. Cada vez que damos con algo nuevo, con algo que queremos lograr, se siente casi como magia. Tocar en vivo también se siente como magia. Creo que incluso más en esta época, cuando todos estamos atrapados en este horrible mundo digital. Cuando podés crear un momento especial ahí, con gente que no conocés y nunca viste antes, esos momentos realmente son algo que uno quiere seguir intentando crear. Entonces son ambas cosas: crear esos momentos mágicos con la música y también con los shows en vivo. Eso nos mantiene avanzando. Veremos cuántos años más podemos seguir haciendo magia.

¿Hay algo que todavía no hayas podido expresar o lograr en KAMPFAR?

Es una buena pregunta. En todos los álbumes desde que me uní a KAMPFAR estuvimos extremadamente orgullosos y felices. Cada vez pensamos: “No hay nada más que podamos hacer”. Pero pasa un poco de tiempo y empezás a sentir que querés expresar algo diferente. Tenés esa sensación y empezás a buscarla. Ahora, además, tenemos un nuevo integrante, nuestro bajista Stig Ese Eliassen (bajista), que también es un muy buen compositor desde hace muchos años. Eso inyecta algo nuevo en el grupo: una nueva voz, nuevas ideas y cosas diferentes. Creo que todavía tenemos cosas que queremos lograr con esta banda, por suerte. Y también a nivel de giras y conciertos. Finalmente, por primera vez vamos a Argentina, algo que realmente queríamos hacer y que ahora por fin podemos concretar. Estamos agradecidos de que suceda.

Si tuvieras que convencer a alguien en Argentina de ir a ver a KAMPFAR, ¿qué le dirías?

Le diría que, le guste o no, no va a ser una experiencia aburrida. Creo que solo ver esa energía y ese entusiasmo ya debería ser una experiencia. Conozco mucha gente que nos vio por primera vez sin saber qué era el black metal, o incluso pensando que era una porquería, y después se acercó a hablarnos y nos dijo: “No entiendo nada de esto, pero estuve completamente metido de principio a fin y no tengo idea de por qué”. Probablemente esa sea la mejor razón para ir a vernos. Además, es la primera vez en treinta años que vamos a Argentina. ¿Quién sabe? Tal vez pasen otros treinta años hasta la próxima. Esperemos que no

 

Entrevista: Estanislao Aimar
Fotos: Prensa
Agradecemos a Miguel mora por la gestión de la entrevista.
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