DRACONIAN y EMMA RUTH RUNDLE en vivo en Argentina: “La música también puede ser un paisaje”


Fecha: Martes 21 de abril, 2026 | Hora: 20 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Teatro Flores | Bandas invitadas: KARKAMAN

La música también puede ser un paisaje. No sólo porque ciertas canciones evoquen imágenes, sino porque algunas propuestas son capaces de construir un territorio completo: una forma de entrar, de mirar, de respirar y de perderse. La noche compartida por INAZULINA, EMMA RUTH RUNDLE y DRACONIAN en Teatro Flores permitió pensar esa idea desde distintos lugares. Primero, como una entrada local a una sensibilidad oscura, gótica y teatral; después, como una intemperie atravesada por agua, viento, animales, lluvia y una figura humana mínima frente a la inmensidad natural; finalmente, como una arquitectura gótica levantada con guitarras lentas, voces enfrentadas, melodías fúnebres y una solemnidad casi ritual. Una misma oscuridad, varias geografías posibles.

Antes de que la noche desplegara sus dos grandes paisajes internacionales, INAZULINA abrió la fecha desde una conexión directa con la escena local. La banda argentina, ligada al rock y al metal gótico con elementos dark, sinfónicos, industriales y electrónicos, funcionó como una entrada coherente para un concierto atravesado por distintas formas de la oscuridad. Su presencia no fue un dato menor: en una noche marcada por la llegada de nombres largamente esperados, también hubo lugar para una propuesta nacional que dialoga con ese universo estético desde sus propios recursos, su teatralidad y su búsqueda de identidad. Fue, en ese sentido, el primer umbral de una noche pensada menos como sucesión de shows que como recorrido por climas, imágenes y sensibilidades.

La primera gran imagen internacional fue la de EMMA RUTH RUNDLE convirtiendo la música en paisaje. Sola en escena, descalza, vestida de rojo y con una guitarra acústica atravesada por efectos, reverbs y capas que expandían cada acorde más allá de su forma inicial, la artista estadounidense construyó un espacio de una intensidad poco común. Detrás, una pantalla mostraba (en tonos azules contrastando con su atuendo rojo intenso) la inmensidad de la naturaleza: paisajes abiertos, movimientos de agua, tierra, viento, animales, materia viva. Esa relación entre cuerpo, sonido e imagen fue clave para entender su presentación. No había banda, no había despliegue escénico tradicional ni una búsqueda de impacto inmediato; había una figura humana mínima frente a un mundo desbordante, como si cada canción intentara traducir algo que está antes o después de las palabras. La propuesta de EMMA RUTH RUNDLE se movió en una zona difícil de encasillar: una especie de folk psicodélico, siempre oscuro y sensible, construido desde la austeridad formal pero expandido por efectos, reverbs y una enorme capacidad para generar climas. No se trata de folk en un sentido tradicional, sino de una materia acústica deformada por repeticiones, resonancias y silencios hasta volverse casi líquida. En ese marco, su voz fue francamente apabullante: por hermosura, por potencia, por color y también por sutileza. Una voz capaz de sonar quebrada sin perder firmeza, delicada sin volverse frágil, intensa sin caer en el gesto teatral. En una noche donde luego habría guitarras densas y voces guturales, ella recordó que la pesadez también puede nacer de una nota sostenida, de una respiración o de una palabra dejada al borde del vacío.

El set de EMMA RUTH RUNDLE también acompañó esa idea de la música como paisaje en transformación. La apertura con Living With The Black Dog y Arms I Know So Well instaló desde el comienzo una zona de confesión oscura, casi doméstica, donde la guitarra acústica cargada de efectos parecía agrandar cada herida. Con Citadel y Blooms Of Oblivion, el clima empezó a expandirse hacia una dimensión más visual: ya no solo una canción cantada desde el dolor, sino una superficie abierta, ondulante, atravesada por reverbs, silencios y resonancias que dialogaban con las imágenes de naturaleza proyectadas detrás. En ese contexto, Darkhorse y Marked For Death aparecieron como centros emocionales del set, piezas donde su folk psicodélico, oscuro y sensible mostró toda su potencia sin necesidad de perder austeridad. Real Big Sky, por su propio peso simbólico, terminó de abrir la escala: de la intimidad de una voz y una guitarra a la sensación de estar frente a un horizonte enorme. El cierre con una canción nueva, presentada como vinculada a la corrupción, dejó una última nota amarga: después del agua, los caballos, la lluvia, el pájaro y la inmensidad natural, también aparecía el deterioro humano como parte del paisaje.

Ese carácter físico de su música fue uno de los grandes aciertos del set. Los pedales generaban un movimiento ondulante que por momentos remitía al mar, al trigo movido por el viento, al agua desplazándose lentamente o incluso al propio cuerpo de EMMA RUTH RUNDLE, que parecía dejarse arrastrar por esa corriente sonora. Las imágenes de la pantalla no ilustraban de manera literal lo que sonaba: ampliaban su respiración. Caballos que podían transformarse en mar, una lluvia cayendo hacia un barranco, la aparición de un pájaro como resto de fuga o de vida posible. Todo reforzaba la idea de que la música podía ser paisaje, pero no un paisaje quieto de postal, sino uno en transformación permanente. Frente a la escala casi indiferente de la naturaleza proyectada, el rojo de su vestimenta aparecía como una marca de sangre, calor y fragilidad. Fue una presentación de intemperie: una mujer, una guitarra y un universo alrededor.

El marco también dijo mucho sobre el tipo de relación que estas músicas construyen con su público. Teatro Flores no estuvo lleno: la sala se mostró a medio ocupar, pero con una asistencia fiel, concentrada y claramente vinculada con el universo estético de la fecha. No había clima de consumo ocasional ni de curiosidad pasajera; quienes estaban ahí parecían saber muy bien a qué habían ido. Entre remeras negras, maquillajes, prendas de inspiración gótica y cierta teatralidad asumida sin pudor, el público formó parte del paisaje de la noche. Hubo incluso imágenes que parecían extender la propuesta más allá del escenario: una novia oscura, figuras caracterizadas dentro del imaginario gótico y hasta una especie de virgen negra arrodillada y llorando antes del comienzo del show de los suecos. En una fecha así, esos gestos no funcionaron como color de tribu urbana, sino como parte de una sensibilidad compartida. DRACONIAN no tocó para una multitud, pero sí para una congregación.

En DRACONIAN, la idea del paisaje tomó otra forma: ya no la intemperie natural de EMMA RUTH RUNDLE, sino una arquitectura gótica, pesada y ceremonial. La banda sueca llegó por primera vez a la Argentina con In Somnolent Ruin (2026) recién editado, pero sin convertir el show en una simple presentación de disco nuevo. El repertorio funcionó como una construcción progresiva antes que como una suma de canciones. La apertura con I Welcome Thy Arrow fue una declaración de presente: la banda decidió empezar desde su etapa actual, como si quisiera dejar claro que esta primera visita no iba a depender solamente de la espera acumulada por sus seguidores. Ese gesto tuvo sentido porque el material nuevo se integró de manera orgánica al resto del concierto y sostuvo una parte fundamental del clima de la noche.

DRACONIAN es una banda en la que las canciones siempre aparecen profundamente trabajadas, con una musicalidad que no se agota en el peso ni en la alternancia de voces. Hay una arquitectura interna muy precisa: momentos doom solemnes, pasajes funerarios, zonas de belleza melódica y estallidos extremos que pueden volverse directamente asfixiantes. Esa combinación fue una de las claves del show en Teatro Flores. La banda no necesitó acelerar ni forzar el impacto; construyó densidad desde la respiración de cada tema, desde el modo en que las guitarras levantaban paredes lentas, desde los teclados que ampliaban el clima y desde la tensión permanente entre la voz luminosa de Lisa Johansson y el registro gutural de Anders Jacobsson.

En The Wretched Tide apareció uno de los primeros grandes aciertos de la noche: la armonía de voces funcionó con una claridad notable, no como simple contraste entre belleza y aspereza, sino como una verdadera conversación dramática. En esa dinámica está buena parte del ADN de DRACONIAN: lo limpio y lo gutural, la caída y la elevación, la luz y el hundimiento, todo trabajando dentro de una misma estructura fúnebre. La banda entiende muy bien cómo dosificar peso y melodía. No se trató de velocidad ni de impacto frontal, sino de acumulación: riffs que caen como bloques, pausas que agrandan el espacio y melodías que funcionan como luz entrando por una grieta. En DRACONIAN, lo pesado no está solamente en la afinación o en el volumen, sino en la sensación de arrastre, en esa manera de hacer que cada cambio parezca más grande de lo que realmente es. La música no corre: avanza como una procesión.

Uno de los puntos más altos llegó con A Scenery Of Loss, que sonó espectacular y permitió ver a la banda en una de sus zonas más reconocibles: tempos lentos, melodías cargadas de tragedia y esa sensación de que cada riff cae como una piedra sobre otra. Ahí DRACONIAN no necesitó acelerar ni buscar un golpe efectista; le bastó con sostener el peso, dejar respirar los pasajes y hacer que la canción creciera desde su propia gravedad. El público respondió desde esa misma lógica: no con euforia constante, sino con una atención densa, sostenida, como si cada tema reclamara una escucha más cercana al ritual que al pogo.

La zona de In Somnolent Ruin (2026) encontró otro de sus mejores momentos en The Face Of God, donde el trabajo de doble voz volvió a marcar la diferencia. No fue un detalle ornamental: fue una herramienta narrativa. La voz de Lisa Johansson abrió el plano melódico y emocional, mientras Anders Jacobsson sostuvo la parte más áspera, casi tectónica, de la composición. Esa convivencia entre luz y hundimiento hizo que el material nuevo se sintiera integrado al repertorio histórico, no como una obligación promocional. Lo mismo ocurrió con Asteria Beneath The Tranquil Sea, Cold Heavens y Misanthrope River, que reforzaron la presencia del disco nuevo sin quebrar el pulso general del concierto.

Hacia el tramo final, Misanthrope River y Claw Marks On The Throne terminaron de confirmar que el set estaba muy bien armado. La primera aportó una corriente oscura, densa, casi líquida, mientras que la segunda golpeó con una fuerza más directa, bárbara en su manera de combinar dramatismo y empuje. En ese tramo, DRACONIAN consiguió que el show ganara espesor sin perder elegancia. La banda puede sonar extrema, solemne y profundamente melódica sin que esas dimensiones se anulen entre sí. Al contrario: cada una parece necesitar de la otra para completar el cuadro.

También fue importante la forma en que el repertorio dialogó con distintas etapas de la banda. Heaven Laid In Tears (Angels’ Lament) recuperó el peso histórico de Arcane Rain Fell (2005), uno de los discos centrales para entender la identidad más fúnebre del grupo, mientras que Seasons Apart y The Sethian terminaron de consolidar la dimensión ceremonial del cierre. La primera visita argentina no quedó congelada en una sola época ni se apoyó únicamente en la nostalgia: fue una lectura amplia de su propio mapa, con espacio para el presente, para los discos que marcaron a sus seguidores y para esa forma tan particular de entender el doom gótico como una música de belleza pesada, sufrimiento elaborado y dramatismo sin cinismo.

Después de la intemperie de EMMA RUTH RUNDLE, DRACONIAN propuso una oscuridad distinta: menos abierta, más arquitectónica; menos viento y más mármol; menos campo bajo tormenta y más templo en ruinas. En el medio, INAZULINA había marcado desde la escena local que esa sensibilidad también tiene traducción propia, cercana y argentina. La noche encontró su sentido completo en ese cruce: tres formas de habitar la oscuridad sin reducirla a una pose. La música, cuando realmente funciona, no solo se escucha. También se mira, se atraviesa y se recuerda como un lugar. En Teatro Flores, ese lugar tuvo agua, trigo, lluvia, pájaros, guitarras lentas, voces enfrentadas y una congregación vestida de negro mirando hacia el mismo abismo.

Texto: Carlos Noro

Fotos y videos: Estanislao Aimar

Agradecemos a GS Press por la acreditación al evento. 

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