HELLOWEEN en vivo en Argentina: “El todo es más que la suma de las partes”


Fecha: Domingo 13 de septiembre de 2026 | Hora: 19 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Movistar Arena | Bandas invitadas: AZEROTH 

El crecimiento de HELLOWEEN en la Argentina también permite contar la transformación de una banda que atravesó cambios de integrantes, discusiones, separaciones y regresos hasta encontrar, finalmente, la que parece ser su versión definitiva. Desde aquel debut de 1996 en Dr. Jekyll y la posterior presentación en Obras como invitada de IRON MAIDEN, el vínculo con el público local se amplió al mismo tiempo que lo hicieron su convocatoria y la dimensión de sus espectáculos. A lo largo de doce visitas, el grupo ofreció dieciséis conciertos en tres ciudades —Buenos Aires, Rosario y Córdoba— y pasó por diez escenarios diferentes: Dr. Jekyll, Obras Sanitarias, Vélez Sarsfield, el Teatro Broadway de Rosario, Hangar, Groove, la Plaza de la Música de Córdoba, Luna Park, Parque de la Ciudad y, finalmente, el Movistar Arena. Un recorrido que fue desde los clubes y las participaciones en grandes festivales hasta encabezar uno de los recintos cubiertos más importantes del país.

Es infrecuente que una banda reúna a integrantes de diferentes etapas y consiga ir más allá de la celebración nostálgica o de una gira sostenida por un repertorio de grandes éxitos. HELLOWEEN hizo exactamente eso: convirtió el reencuentro en una nueva etapa creativa y editó dos discos, Helloween (2021) y Giants & Monsters (2025), que superan largamente a My God-Given Right (2015), la última obra publicada antes de la reunión. No se trata solamente de que las nuevas canciones estén a la altura de su historia, sino de que revelan algo casi inédito dentro de este tipo de regresos: la reunión no clausuró el pasado, sino que abrió posibilidades que ninguna de las formaciones anteriores parecía capaz de alcanzar por separado. La presencia de Michael Kiske, Andi Deris, Kai Hansen, Michael Weikath, Sascha Gerstner, Markus Grosskopf y Dani Löble no funciona como una acumulación de nombres célebres ni como una disputa por el centro del escenario. Aquí no parecen mandar los egos, sino una manera de entender la música como una cooperativa en la que cada integrante, aporta su identidad sin anular la de los demás y donde el todo resulta mucho más poderoso que la suma de las partes.

El ingreso al show resultó tan inesperado como coherente con ese espíritu. En lugar de recurrir a una introducción solemne o abiertamente metalera, comenzó a sonar Let Me Entertain You, de Robbie Williams, una elección que parecía pedirle permiso al público para dejarse entretener y que, al mismo tiempo, exponía con claridad el propósito de la noche. Porque lo que seguiría no sería solamente un recital ni una sucesión de clásicos, sino un espectáculo construido para celebrar, emocionar y divertirse, sin quedar atrapado en la gravedad de su propia historia. Luego comenzó a proyectarse un recorrido por las tapas de todos los discos de HELLOWEEN, desde los primeros trabajos hasta sus lanzamientos más recientes, como una sucesión de imágenes que condensaba cambios de formación, búsquedas musicales, crisis y reconstrucciones. La retrospectiva terminó con la cifra de los cuarenta años ocupando las pantallas y, recién entonces, la banda apareció para transformar ese repaso visual en música. Desde los primeros acordes quedó claro que el despliegue tendría un sonido perfecto y equilibrado: potente sin volverse estridente, definido en cada instrumento y con las tres guitarras, el bajo, la batería y las voces ocupando su lugar sin disputarse frecuencias.

Las gráficas proyectadas entre las canciones se movieron permanentemente entre lo gracioso y lo fantástico, sin buscar un tono uniforme ni demasiado solemne. El gran protagonista fue “El guardián de las 7 llaves“, convertido aquí en una suerte de guía que acompañó el recorrido, presentó diferentes momentos y aportó una continuidad narrativa al espectáculo. Las animaciones recuperaron el humor característico de la banda, las calabazas, las criaturas y la imaginería de sus portadas, pero también ampliaron el componente fantástico de las canciones. Esa misma ligereza apareció sobre el escenario: entre tema y tema, Andi Deris amenizó la espera con su español “alemanoide”, esforzado, simpático y deliberadamente exagerado, mientras Michael Kiske aportó algún que otro chiste cómplice que reforzó la química entre ambos. No fueron simples intervenciones para cubrir los cambios de instrumentos o las pausas, sino parte de una dinámica distendida que permitió celebrar cuarenta años sin quedar atrapados en la solemnidad. Música, imágenes y humor terminaron construyendo un relato donde la banda podía reconocer el peso de su historia y, al mismo tiempo, divertirse con ella.

March of Time encontró a Kiske y Deris compartiendo, desde el comienzo, un protagonismo que se mantendría durante toda la noche. El primero conserva la limpieza, la amplitud y los agudos que definieron una parte esencial del power metal europeo, mientras que el segundo aporta un registro más áspero, expresivo y teatral. Por separado se lucieron, pero juntos alcanzaron otra dimensión: sus voces no buscaron parecerse ni disputarse el centro, sino complementarse. Esa combinación apareció nuevamente en la versión abreviada de The King for a 1000 Years, donde una composición perteneciente a la etapa de Deris fue reinterpretada por ambos cantantes, y se amplió en Future World con la intervención de Kai Hansen. Los tres vocalistas quedaron reunidos dentro de una canción emblemática, sintetizando, en pocos minutos, las distintas identidades que atravesaron la historia del grupo.

El protagonismo comenzó luego a circular de manera más marcada. Kiske y Deris compartieron This Is Tokyo, antes de que Andy quedara al frente de la velocidad de We Burn y demostrara por qué su llegada en los años noventa, no solamente permitió la supervivencia de HELLOWEEN sino que abrió una etapa con personalidad propia. Kiske recuperó el centro en Twilight of the Gods, interpretada con la claridad y la potencia que exige una de las piezas más vertiginosas de Keeper of the Seven Keys, Part I, mientras Hansen tomó el micrófono en Ride the Sky. Allí el concierto retrocedió hasta la crudeza de Walls of Jericho: su voz filosa y menos pulida devolvió por unos minutos al grupo a una época en la que el speed metal pesaba tanto como las melodías que más tarde terminarían definiendo su estilo. Cada cantante dispuso de momentos propios y de canciones asociadas con su identidad, pero también aceptó ingresar en territorios que originalmente habían pertenecido a otro, evitando que el show quedara dividido en bloques históricos o pareciera una negociación entre antiguas jerarquías.

La actualidad apareció con fuerza en Into the Sun, nuevamente compartida por Kiske y Deris, alcanzando uno de sus puntos más ambiciosos con Universe (Gravity for Hearts). La canción fue compuesta por Sascha Gerstner, el integrante más joven de la formación, quien también encontró allí un espacio autoral propio dentro de una banda atravesada por compositores de enorme peso histórico. Su desarrollo cinematográfico, la sucesión de climas y el crecimiento progresivo mostraron que su aporte no se limita a completar el frente de tres guitarras: Gerstner introdujo una sensibilidad más moderna dentro del lenguaje clásico de HELLOWEEN. Kiske asumió la voz principal y Hansen se sumó para potenciar algunos pasajes, mientras el guitarrista ocupó el centro musical de una composición que demostró que la historia del grupo continúa escribiéndose desde lugares nuevos. Ese momento resumió otra de las particularidades más valiosas de la noche: a nadie pareció importarle si había formado parte o no de la banda cuando determinada canción fue compuesta. Las obras dejaron de funcionar como propiedades individuales o territorios delimitados por antiguas formaciones; cada músico pudo ingresar en ellas, reinterpretarlas y aportar algo propio sin discutir quién tenía mayor legitimidad para ocupar ese lugar.

Hay canciones que parecen haber sido construidas para una voz determinada y que encuentran su expresión definitiva cuando regresan a su intérprete natural. Eagle Fly Free pertenece a Kiske, porque exige esa combinación casi inhumana de amplitud, limpieza y altura; Power necesita el carácter más áspero y afirmativo de Deris, mientras que Ride the Sky conserva en Hansen la urgencia y la crudeza del primer HELLOWEEN. Los tres estuvieron en un nivel extraordinario, incluso superior al mostrado en las anteriores presentaciones de esta reunión. Hansen asumió sus intervenciones sin intentar pulir una voz cuya fuerza reside precisamente en su filo; Deris cantó con potencia, control y seguridad, y Kiske volvió a demostrar que es un superdotado, una especie de Messi del power metal capaz de resolver con aparente facilidad melodías que para casi cualquier otro cantante representarían el punto culminante de una noche. Sin embargo, reducir el concierto a las facultades excepcionales de Kiske sería tan injusto como contrario a lo que ocurrió sobre el escenario. Deris no se quedó atrás ni se recostó jamás en la idea de que su compañero resolvería los temas compartidos: sostuvo las melodías, impuso su potencia y realizó un notable trabajo de armonización. Si Kiske aportó claridad, elasticidad y una facilidad vocal fuera de serie, Deris respondió con cuerpo, intención y una energía que nunca quedó escondida detrás de él. Ninguno funcionó como acompañante del otro.

El segmento acústico terminó por convertirse en el corazón humano del concierto. Después de tanta velocidad, potencia y despliegue visual, Deris y Kiske quedaron solos, cada uno con una guitarra acústica, para realizar un intercambio que explicó mejor que cualquier discurso el espíritu de esta formación. Deris comenzó con In the Middle of a Heartbeat, una canción perteneciente a su etapa, pero Kiske se sumó para acompañarla y hacerla también propia; después llegó A Tale That Wasn’t Right, uno de los momentos más emotivos de los años de Kiske, interpretada junto a Deris antes de que el resto de la banda ingresara para conducirla hacia su desarrollo eléctrico.

Cada cantante estaba tocando una canción vinculada con la historia del otro, sin competir ni tratar de demostrar quién podía defenderla mejor: simplemente disfrutaban de compartirlas. En el medio, Kiske improvisó una versión de Let It Be, de THE BEATLES, que abandonó rápidamente cualquier pretensión de solemnidad cuando el conocido remate se transformó, de manera risueña, en un prolongado “Helloooooweeeen… helloweeeeen” (reemplazando las palabras Let it Be pero manteniendo la melodía de la canción). La ocurrencia provocó la risa de Deris y del público, y confirmó que detrás de la precisión del espectáculo existe una banda capaz de burlarse de sí misma y disfrutar genuinamente de estar junta. Fue un gran momento, no solo por la cercanía que produjo dentro de un recinto de semejante tamaño, sino porque condensó la lógica de toda la noche: dos cantantes provenientes de períodos diferentes, interpretando las canciones del otro y convirtiendo una posible tensión histórica en complicidad, humor y música.

Las guitarras fueron otro de los grandes argumentos de la noche. Las “hachas alemanas” desplegaron una pericia técnica descomunal que jamás perdió el sentido de la melodía ni convirtió las canciones en una excusa para la exhibición. Michael Weikath y Hansen recuperaron el lenguaje clásico de las violas gemelas, cruzando riffs, armonizando líneas y alternando solos que parecían responderse entre sí, mientras Gerstner amplió ese entramado con una tercera guitarra capaz de aportar espesor, precisión y texturas más contemporáneas. Las armonizaciones conservaron siempre una dirección clara: incluso en los pasajes más veloces o complejos, cada nota siguió al servicio de una melodía reconocible. Esa fue la verdadera medida de su virtuosismo: tocar mucho sin saturar, repartirse los espacios sin competir y sostener la identidad de HELLOWEEN en ese equilibrio permanente entre velocidad, fuerza y canciones que todavía pueden tararearse cuando las guitarras dejan de sonar. Por debajo, el bajo de Markus Grosskopf no se limitó a acompañar, sino que sostuvo el movimiento interno de las composiciones, mientras Dani Löble administró velocidad, cortes y variaciones de intensidad con una precisión que nunca volvió mecánica la interpretación.

La enorme versión de Halloween concentró todo aquello que vuelve singular a HELLOWEEN y permitió que cada integrante encontrara un momento para lucirse dentro de una composición melódica, dramática, intensa y profundamente narrativa. Lejos de funcionar como una canción extensa sostenida por la repetición, avanzó como una pequeña obra dividida en escenas: comenzó construyendo tensión, aceleró hasta alcanzar su impulso épico, se replegó en pasajes más oscuros y volvió a explotar sin perder nunca el hilo del relato. Kiske y Deris se alternaron las líneas vocales y reforzaron juntos los momentos más elevados, combinando la claridad del primero con el espesor dramático del segundo, mientras Hansen recuperó desde la guitarra el nervio de la composición original. Weikath condujo sus melodías y cambios de clima con esa mezcla de precisión y extrañeza que define buena parte del lenguaje del grupo, y Gerstner agregó cuerpo, texturas y una mirada más contemporánea sin invadir los espacios de sus compañeros. Grosskopf enlazó las diferentes secciones desde el bajo y Löble consiguió que cada transición pareciera inevitable. Todos tuvieron su lugar, pero nadie convirtió la canción en una exhibición individual; justamente por eso creció como una obra colectiva en la que la técnica estuvo al servicio de la narración.

El regreso para los bises terminó de condensar el carácter celebratorio de la noche. Tras Invitation, Kiske asumió Eagle Fly Free, Deris respondió con Power y ambos volvieron a reunirse en Dr. Stein. La despedida llegó enlazada con el tramo final de Keeper of the Seven Keys, tal como aparece en el disco, cerrando el concierto con una melodía que remitió directamente a una de las obras fundamentales de su historia. Dos horas largas después de aquella invitación inicial de ROBBIE WILLIAMS, HELLOWEEN había hecho mucho más que entretener: recorrió cuatro décadas sin establecer cuál de todas sus etapas era la verdaderamente importante, permitió que cada integrante tuviera protagonismo y demostró que una reunión puede producir música nueva, revisar el pasado y proyectarse hacia adelante sin transformarse en un museo itinerante. Si esta formación parece haber encontrado la versión definitiva de la banda, la pregunta ya no es cuánto tiempo podrá sostenerla ni qué clásicos continuará recuperando. La verdadera pregunta es otra: después de alcanzar semejante equilibrio creativo y humano, ¿qué será capaz de hacer HELLOWEEN en el futuro?

Antes de HELLOWEEN, los argentinos AZEROTH aprovecharon su paso por el escenario del Movistar Arena con una presentación breve, veloz y respaldada por un gran sonido. La formación integrada por Ignacio Rodríguez en voz, Fernando Ricciardulli en bajo, Pablo Gamarra y David Zambrana en guitarras, Leonardo Miceli en teclados y Daniel Esquivel en batería desarrolló un power metal melódico deudor de STRATOVARIUS y SONATA ARCTICA, interpretado casi permanentemente a toda velocidad. Los teclados reforzaron el componente sinfónico, las guitarras construyeron armonías precisas y la base rítmica sostuvo el vértigo sin perder claridad. Por encima de ese entramado apareció el registro hiperagudo de Rodríguez, capaz de elevarse sobre la intensidad instrumental y conducir un repertorio compacto que comenzó con Condena eterna y Y sus máscaras caerán, continuó con A través del abismo y recorrió diferentes etapas de la banda sin desperdiciar ninguno de los pocos minutos disponibles.

La emoción de los músicos resultó visible durante toda la actuación y terminó dándole al set un significado que excedió la función habitual de una banda de apertura. Antes de La salida, Rodríguez se dirigió especialmente a quienes intentan sostener un proyecto musical desde abajo: “Aquellos que tengan una banda, no aflojen. Se cumplen los sueños”. La frase no sonó como una consigna preparada, sino como la expresión directa de un grupo que, después de años de trabajo dentro del metal argentino, estaba tocando en el Movistar Arena antes de una de las bandas fundamentales del género. Más allá del caos, mantuvo el impulso y Senderos del destino cerró una presentación que combinó precisión, velocidad y sentimiento. AZEROTH no trató de competir con la magnitud de lo que vendría después: utilizó el espacio para demostrar su identidad y convertir una oportunidad histórica en la confirmación de que, algunas veces, los sueños efectivamente llegan.

Texto: Carlos Noro

Fotos: Estanislao Aimar
Agradecemos a GS Press por la acreditación al evento.

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