RAUNCHY – Prisoner


Año: 2026 | País: Dinamarca | Género: Metal Industrial/Metalcore | Sello: Mighty Music | Lemmymómetro: ♠♠♠♠♠♠♠♠♠ (9/10)

En un mundo que constantemente busca etiquetar y encasillar dentro de una cuadrícula a personas, estilos, géneros y cosas, todavía existe una resistencia que se niega a elegir un casillero. Una que dice: “No soy esto ni aquello, no soy blanco ni negro; me gusta coquetear con los grises”. Una postura que, lejos de preocuparse por las etiquetas o por el murmullo de quienes necesitan definirlo todo, simplemente responde: “Soy lo que hago, y hago lo que siento en el momento en que lo siento”.

A esa estirpe, a esa tribu, es a la que RAUNCHY siempre pareció pertenecer. Los daneses fueron desde sus comienzos una banda que habitó todos los territorios y, al mismo tiempo, ninguno: demasiado melódicos para los puristas del death metal, demasiado pesados para el público de radio, demasiado cargados de sintetizadores para los seguidores del metalcore y demasiado aferrados a los riffs como para ser encerrados dentro de la etiqueta industrial. Una contradicción que, lejos de intentar resolver, RAUNCHY convirtió en parte fundamental de su identidad.

Y Prisoner, su séptimo trabajo de estudio, no llega para cambiar esa fórmula ni para encontrar finalmente un lugar donde acomodarse. Todo lo contrario: se entrega a esa indefinición y deja que cada uno de esos elementos continúe fluyendo con la naturalidad que caracteriza a la banda.

Doce años tuvieron que pasar para volver a encontrarnos con una nueva entrega de los daneses. Un período extenso, aunque aparentemente necesario para que las canciones maduraran sin presiones ni fechas límite. Como explica el tecladista y vocalista Jeppe Christensen: “No teníamos una fecha límite. Simplemente escribimos hasta que las canciones nos parecieron correctas y descartamos todo lo que no funcionaba”. Creo que eso se puede escuchar: “No hay material de relleno en este disco”.

Y quizás ahí encontremos una de las claves para entender Prisoner: no es un disco que parezca haber sido apurado para justificar un regreso. Es un disco que esperó hasta estar listo.

Abre el disco Frostbite con sintetizadores que van ganando intensidad hasta desembocar en riffs oscuros y pesados, acompañados por guturales y una marcada impronta industrial. Los estribillos cambian el clima con melodías más luminosas y voces limpias, mientras la batería, rabiosa y protagonista, termina de darle forma a un excelente comienzo.

Stranded se muestra algo más intrincada, con una base rítmica y unos riffs que pueden recordar por momentos a los italianos Noveria y Eldritch, aunque atravesados por el sello industrial de RAUNCHY. Las estrofas van acumulando tensión hasta desembocar en estribillos donde la banda libera todo, acercándose incluso al metalcore. En una línea similar aparece Frameworker, con gran protagonismo por parte de Morten Toft Hansen tras los parches, como durante todo el disco, sumando muchas voces limpias que funcionan a la perfección.

Con un cambio de aire aparece Darkest Self. Un punk melódico llevado hacia terrenos más pesados, con melodías casi pop y un tono inesperadamente luminoso. Las estrofas esconden algunos tintes progresivos, mientras los estribillos terminan de convertirla en uno de los momentos más eufóricos del álbum. Por su parte, Designed Despair recupera la crudeza y la violencia, pero agrega una interesante atmósfera cinematográfica. Las voces limpias y guturales se cruzan sobre una base que por momentos recuerda a AVENGED SEVENFOLD, antes de desembocar en pasajes industriales que incluso pueden resultar sorprendentemente bailables. Una combinación tan extraña como efectiva.

Bajando un cambio en velocidad, Higher Truths dice presente y deja que los sintetizadores ganen protagonismo. Recorre terrenos industriales que pueden recordar a MARILYN MANSON, mientras el metalcore aporta cierto pulso bailable. Un pequeño respiro dentro del estribo, aunque nunca termina de bajar la intensidad. Masquerade es, sin dudas, uno de los puntos altos del disco. Hay teatralidad, mucho juego entre las voces y una estructura que por momentos coquetea con el progresivo. RAUNCHY parece tirar acá todas sus cartas sobre la mesa y el resultado es de los más interesantes del disco.

El costado más salvaje de la banda pasa junto a Revealing I. Velocidad, blast beats, machaques cercanos al death metal y una batería que directamente se roba buena parte de la escena. Los estribillos permiten tomar aire fresco, pero es apenas un descanso antes de que la canción vuelva a arremeter con toda su fuerza. En tanto, Vanishing Act retoma algunos de los caminos transitados anteriormente. La impronta musical que los caracteriza vuelve a convivir con riffs complejos y fragmentos melódicos y esperanzadores, funcionando como una buena fórmula utilizada en varias partes del álbum.

Y finalmente llegamos a Prisoner, el tema que da nombre al disco y un cierre particularmente emocional. Piano, cuerdas y voces se funden en una melodía triste, dramática e íntima, apenas acompañada por algunos detalles electrónicos. Hay algo profundamente vulnerable en este cierre, que encuentra justamente en la ausencia de distorsión y agresividad una de sus mayores fortalezas. Un final que no necesita levantar la voz para dejar su marca.

Tras mucho tiempo en silencio, RAUNCHY vuelve sin la necesidad de demostrar que sigue siendo la misma banda, porque nunca dejó de serlo. Prisoner no busca reinventar su sonido ni acomodarlo dentro de una etiqueta que finalmente consiga definirlos; por el contrario, vuelve a abrazar esa mezcla de metal industrial, electrónica, melodía, agresividad y sensibilidad que siempre los hizo difíciles de clasificar. Sí, Vices.Virtues.Visions. Fue el álbum de la banda con mayor carga emocional; Prisoner lleva esa sensibilidad un paso más allá y se convierte en su trabajo más cinematográfico, construyendo atmósferas que van mucho más allá de la simple contundencia del metal.

Otro detalle asombroso es la química entre sus vocalistas. Mike Semesky y Jeppe Christensen intercambian líneas de una manera que se siente menos como un dúo y más como un diálogo, donde las voces se encuentran, se complementan y fluyen con una naturalidad que termina siendo uno de los grandes atractivos del disco.

Puede que doce años sean demasiado tiempo para esperar un nuevo álbum, pero al escucharlo queda la sensación de que la espera no fue en vano. RAUNCHY regresó cuando tuvo algo que decir y lo hizo a su manera, sin apurarse y sin pedir permiso, tal como manda su ADN. Doce años después, siguen sin necesitar una etiqueta para explicar quiénes son.

Formación:
Jesper Kvist – bajo
Morten Toft Hansen – batería
Jesper Andreas Tilsted – guitarra, teclados
Lars Christensen – guitarra
Jeppe Christensen – teclados, voz
Mike Semesky – voz

Texto: Santiago Izaguirre

Agradecemos a Mighty Music por la facilitación del material.
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