Entrevistamos a GILBY CLARKE: “El éxito es poder elegir”


La primera vez que GILBY CLARKE pisó Buenos Aires fue en 1992, en plena gira de Use Your Illusion, cuando GUNS N’ ROSES era probablemente la banda más grande, excesiva y caótica del planeta. Aquel tour terminó convirtiéndose en una fotografía perfecta de una era donde el rock todavía podía ser peligroso, desmesurado y completamente dominante a nivel cultural. Más de tres décadas después —y tras varias visitas posteriores al país, ya lejos de aquella maquinaria gigantesca— Clarke vuelve a Argentina como solista, en un presente muy distinto: teatros, clubes, cercanía con el público y una relación mucho más humana con la música.

Pero reducir su historia únicamente a su paso por GUNS N’ ROSES sería injusto. Antes de entrar a la banda ya había recorrido la escena angelina con proyectos como CANDY y KILL FOR THRILLS, y después de aquellos años construyó una carrera solista consistente, atravesada por el rock clásico, el blues, el country y cierto espíritu stoneano que quedó plasmado a lo largo de seis discos de estudio, además de colaboraciones y proyectos paralelos como SLASH’S SNAKEPIT.

Antes de comenzar la entrevista surge una confesión inevitable: aquel show de River fue el primer recital grande y realmente importante de mi vida. “Esos fueron grandes momentos para todos…para ustedes y para nosotros”, responde Gilby con una sonrisa cómplice inmediata. Y quizás ahí se entiende rápidamente el tono que tendrá toda la charla: relajada, honesta y sorprendentemente introspectiva.

Lejos del personaje clásico de rockstar, Clarke habla sobre libertad, sobre tocar por placer, sobre el desgaste de los egos dentro de las bandas y sobre la necesidad de seguir buscando canciones honestas incluso después de haber vivido el pico absoluto del rock masivo. Porque si algo atraviesa toda la conversación es justamente eso: cómo alguien que tocó en estadios frente a decenas de miles de personas todavía puede encontrar sentido en subir a un escenario pequeño y tocar para cien personas como si fuera la primera vez. Y quizás no haya mejor reflejo de eso que sus próximos shows del 24 y 25 de mayo en The Roxy Live, una sala íntima para apenas un par de cientos de personas, muy lejos de aquellos días de River Plate pero probablemente mucho más cerca de la experiencia humana que hoy parece buscar arriba de un escenario.

Muchos músicos legendarios terminan funcionando casi exclusivamente alrededor de la nostalgia. En tu caso seguís grabando, produciendo y girando. ¿Qué es lo que todavía te entusiasma de hacer música hoy?

Seguir persiguiendo esa canción que siempre quiero lograr y siento que todavía no terminé de escribir. Creo que ese es el gran objetivo para cualquier compositor: esa melodía simple pero emocionalmente fuerte, algo que realmente conecte con la gente. Y lo increíble es que todavía me sorprende la cantidad de cosas que podés crear con unos pocos acordes.

También me entusiasma tocar en vivo y ver a la gente feliz de estar ahí. En un momento donde gran parte de la música se hace con computadoras, inteligencia artificial o procesos muy mecánicos, agarrar una guitarra y tocar rock and roll simple sigue siendo algo emocionante para mí. Hay algo muy humano en eso que todavía me mueve muchísimo.

Escuchando tus discos solistas, da la sensación de que fuiste alejándote progresivamente del sonido asociado a GUNS N’ ROSES. Pawnshop Guitars todavía tenía algo de ese ADN, pero después Swag fue mucho más crudo y The Gospel Truth se acercó a un sonido más clásico y “stoneano” por decirlo de alguna manera. ¿Sentís que tu carrera solista también fue una manera de descubrir tu verdadera voz musical?

Sí, definitivamente. Mucho de Pawnshop Guitars ya estaba compuesto antes incluso de grabar el disco. Varias de esas canciones venían de un momento en que estuve en bandas y proyectos antes de entrar a GUNS N’ ROSES. Pero creo que con el tiempo fui entendiendo cada vez más qué tipo de música quería hacer realmente. La única canción que escribí casi al final de aquellas sesiones fue Cure Me… Or Kill Me… y terminó convirtiéndose en una de las más importantes del disco. Pero sí, toda mi carrera solista fue una búsqueda de esos sonidos que siempre estuvieron dentro mío: algo más roots, más directo, menos preocupado por encajar en una escena determinada.

En Pawnshop Guitars ya aparecían el blues, el country, el rock más tradiconal si se quiere y cierta raíz más americana que después fue creciendo en tus discos. ¿Esos elementos siempre estuvieron en tu identidad musical?

Sí, totalmente. Siempre estuvieron ahí. Mis “big four” son DAVID BOWIE, T. REX, THE BEATLES y THE ROLLING STONES. Todo eso está muy presente en cómo entiendo la música y las canciones. Incluso cuando escribo letras trato de mantener cierta ambigüedad. Me gusta que las canciones dejen espacio para la interpretación del oyente. Bowie hacía mucho eso: leías las letras y no siempre sabías exactamente de qué hablaban, pero igual conectaban emocionalmente. Por eso muchas veces ni siquiera me gusta incluir las letras en los booklets. Prefiero que la gente escuche con atención para entenderlas y saque sus propias conclusiones. Hay cierta magia también en descubrir una letra que nunca leiste ¿cuantas veces nos pasó que cantamos una canción convencidos de lo que estamos diciendo y al leer la letras nos damos cuenta que estabábamos mandando fruta? (risas)

Recuerdo que cuando hicimos SLASH’S SNAKEPIT había una canción, Monkey Chow, cuya letra escribí yo, y cada vez que le preguntaban a Slash qué significaba, él respondía: “No tengo idea, pregúntenle a Gilby” (risas).

Después de tantos años, ¿la guitarra sigue siendo un refugio, un trabajo o una forma de sostener tu identidad?

No necesito la guitarra para definir quién soy. Tampoco siento que sea simplemente un trabajo. Es algo que amo hacer. Mientras pueda tocar bien, voy a seguir haciéndolo. Hay días donde me siento a componer y otros donde simplemente toco canciones de otros artistas durante horas. Me hace feliz. ¿La necesito para vivir? No. ¿Hace mi vida mejor? Absolutamente. Pero la sigo haciendo porque quiero, no porque me vea obligado a hacerlo. Además tengo otros trabajos y otras cosas en mi vida, y eso también me gusta. Nunca fui una persona que quisiera vivir encerrada únicamente en el mundo de “ser músico”.

Cuando eras más joven, el éxito probablemente tenía una imagen muy concreta. ¿Cómo definís el éxito hoy?

Uf, que buena pregunta! Creo que cada músico vive el éxito de una manera distinta. Algunos lo miden desde lo económico, otros desde lo artístico y otros desde el acceso a excesos o estilos de vida que nunca hubieran podido tener de otra manera.

Para mí hoy el éxito es otra cosa: es poder elegir. Elegir qué shows quiero hacer y cuáles no. Poder seguir tocando sin presiones. No necesito embarcarme en una gira enorme para volverme millonario. Tampoco quiero eso. Hoy el éxito es tener libertad. Muchos músicos famosos viven rodeados de asistentes, guardaespaldas o gente que les abre la puerta y les sirve una bebida todo el tiempo. Yo nunca fui así. Ese nunca fue mi concepto de éxito.

Cuando voy a Buenos Aires salgo a andar en moto con mi hermano (él vive allá hace tiempo). Y si pinchamos una rueda, soy yo el que se arrodilla en el asfalto para cambiarla. Lo mismo pasa en una gira: claro que tengo crew y gente trabajando conmigo, pero me involucro en todo. Me gusta sentir que soy parte del conjunto, no una estrella separada de todo el mundo.

Cuando viniste por primera vez a Buenos Aires con GUNS N’ ROSES en 1992 eras parte de probablemente la banda más grande y caótica del planeta. Cuando volvés como solista. ¿Qué sentís que ganaste con el tiempo?

Libertad, justamente. En aquel momento no podíamos hacer nada. No podíamos salir a caminar, ir a comer tranquilos o conocer las ciudades porque todo estaba completamente desbordado de gente; los fans nos perseguían a todos lados. Era hotel, show, avión… y repetir. Hoy es distinto. Hoy me siento casi como un turista cuando voy a Buenos Aires. Amo esa ciudad… tiene algo indescriptible que me fascina. Mi hermano, como te dije, vive ahí, así que cuando voy salimos en moto, vamos a cenar, recorremos lugares. Y eso es algo que antes no podía hacer. Es curioso porque en aquel momento estaba viajando por todo el mundo con una de las bandas más grandes de la historia… pero casi no podía conocer ninguno de esos lugares realmente.

Viéndolo a la distancia, ¿qué tan difícil fue entrar a una banda tan enorme como GUNS N’ ROSES?

(Risas) ¡Esa es una buena pregunta!

No fue tan difícil como la gente imagina en realidad. Yo ya venía tocando profesionalmente. Había estado en bandas, había tocado en teatros y arenas… nunca en estadios gigantes, claro, pero sí tenía experiencia. En cambio Slash, Axl, Duff…tenian poco mas de 20 años cuando explotó la banda! Pasaron de cero a cien en muy poco tiempo; no pudieron procesar nada. Y este es un negocio que demanda y te consume. Y ni hablar de la fama. Yo en cambio entré a la banda en mis treinta años, con algo de experiencia en vivo ya y sinceramente, los ojos no estaban puestos sobre mí. Todo giraba alrededor de Axl, Slash y Duff. Yo solo quería no ser el tipo que errara una nota y arruinara el show (risas).

Pero sí fue muy intenso. Cuando Slash me llamó y me ofreció entrar a la banda fue un “¡Claro que sí!” inmediato. Era una oportunidad enorme. El problema fue después: tuve apenas quince días para aprender cerca de cincuenta canciones. Una locura absoluta. Y no quería estar ahi en los shows leyendo las canciones para no olvidarmelas. Los primeros meses fueron puro estrés. Tratar de adaptarme, de no equivocarme, de entender cómo funcionaba todo. Pero al mismo tiempo, yo no era parte de GUNS N ROSES, era un simple reemplazo y el hecho de no estar bajo el foco principal me dio cierto margen para acomodarme.

¿Y qué te enseñó toda esa experiencia sobre el ego y las relaciones humanas dentro de una banda?

Aprendí que el ego puede destruir no solamente una banda, sino también amistades muy reales. Y eso pasa mucho en este negocio porque todo se vuelve enorme: la fama, el dinero, la presión, las expectativas… y de repente nadie quiere ceder. Axl tenía una personalidad muy fuerte y muy particular. Quería controlar muchas cosas y hacerlas de determinada manera. Y Slash, por otro lado, muchas veces tomaba la postura de no confrontar directamente para que la banda siguiera funcionando. Pero llega un punto donde esas tensiones se acumulan demasiado y eventualmente explotan.

Creo que cuando sos joven no entendés realmente cómo manejar algo así. Y ellos, como te dije, eran muy jóvenes cuando todo explotó. Pasaron de tocar en clubes a convertirse en la banda más grande del mundo prácticamente de un día para el otro. Eso cambia a las personas, cambia las relaciones y también cambia la manera en que la gente alrededor te trata. Por eso muchas bandas terminan rompiéndose. No siempre es por la música. Muchas veces es porque dejan de escucharse entre ellos como personas.”

Qué raro escucharte decir que no eras parte de la banda, porque para muchísima gente la formación clásica de GUNS N’ ROSES es justamente la que incluía a vos y a Matt Sorum.

Sí, puede ser… pero yo nunca lo viví así realmente.

De hecho, hace poco estaba tocando en Barcelona, en un club pequeño. Cuando terminó el show bajé a saludar a la gente y un tipo enorme, de unos cincuenta años, me abrazó llorando literalmente mientras me decía: “No puedo creer que estoy abrazando a alguien de GUNS N’ ROSES. Es la banda de mi vida”. Y yo podía entender perfectamente lo que él sentía porque a mí me pasó con músicos enormes para mí. Pero todavía me cuesta verme a mí mismo en ese lugar (risas). Así que sí… es lindo darse cuenta de que para mucha gente esos años fueron realmente importantes.

Pasaste de estadios gigantes a escenarios mucho más pequeños e íntimos. ¿Disfrutás más esa conexión directa con la gente hoy?

Sí, definitivamente lo prefiero.

Los estadios son impresionantes, claro, pero también son algo mucho más automático e impersonal. Salís al escenario, tenés los in-ear puestos, no escuchás nada más, hay un equipo gigantesco manejando absolutamente todo y delante tuyo ves una enorme masa de gente. En un teatro o en un club, en cambio, la experiencia cambia completamente. Ahí la banda y el público se vuelven casi una sola cosa. Ves las caras, escuchás las reacciones, notás los errores, sentís la energía mucho más cerca. Podés bajar después del show, hablar con la gente, compartir un momento real.

Y además hay algo importante: hoy puedo tocar mi propia música y ver que la gente la disfruta igual que los temas de GUNS N’ ROSES o de THE ROLLING STONES. Eso se siente muchísimo más auténtico y humano.

Si pudieras hablar cinco minutos con el Gilby Clarke de 1992 antes de salir a tocar en River Plate, ¿qué le dirías?

Le diría que compre muchas más guitarras (risas). En serio. Durante mi etapa en GUNS N’ ROSES tuve acceso a sponsors increíbles y a algunas de las mejores guitarras del mundo, y no aproveché demasiado eso. Tenía mis cuatro o cinco guitarras y listo. Hoy tendría cientos. Cada una con su afinación, su sonido y su personalidad.

¿Conservás tu primer guitarra?

No mi primera guitarra, no pero sí una Les Paul negra que usaba en GUNS N’ ROSES (que tenía de antes) y que todavía sigo tocando hoy. Tengo muchas guitarras ahora, pero esa sigue siendo especial para mí.

 

Entrevista: Estanislao Aimar
Fotos: Prensa
Agradecemos a Miguel mora por la gestión de la entrevista.
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