Fecha: Sábado 14 de marzo, 2026 | Hora: 20 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Teatro Flores | Bandas invitadas: OTRA SALIDA
Lo del Teatro Flores no fue un simple recital. Fue una descarga directa al sistema nervioso, una de esas noches donde el hardcore y el crossover thrash dejan de ser géneros para convertirse en experiencia física, sin filtro, sin pausa, sin respiro. Porque si algo quedó claro es que tanto D.R.I. como RATOS DE PORÃO no vinieron a validar su historia: vinieron a demostrar que todavía la están escribiendo arriba del escenario, con el cuerpo, con el sonido y con una conexión con el público que no se negocia ni se simula.
El arranque de RATOS DE PORÃO fue tan simbólico como contundente. Alerta antifascista no fue solo la primera canción: fue una declaración de principios, un posicionamiento sin matices y, sobre todo, un disparo inicial que ordenó todo lo que vino después. Desde ese primer grito, seco y directo, el Teatro Flores dejó de ser un espacio físico para convertirse en un organismo en movimiento, una masa compacta que reaccionó casi de forma instintiva. No hubo tiempo para acomodarse, para “entrar en clima”: el clima ya estaba ahí, instalado desde el segundo cero, y el público respondió como si ese arranque fuera una señal de largada, un permiso para liberar todo lo contenido.
Lo de João Gordo potencia todo eso hasta llevarlo al límite. A pesar del paso del tiempo y de los achaques, sigue siendo una máquina de escupir letras, un frontman que no afloja ni negocia intensidad, con una forma de gritar que remite directamente al estilo de Jello Biafra, cargada de intención, de ironía y de una forma muy particular de decir que convierte cada tema en algo más que música. Entre tema y tema —aunque casi no haya aire— aparece su humor sardónico, ese que descomprime sin suavizar nada: puteando a Messi, alabando a Maradona, jugando con esa grieta bien argentina desde un lugar externo pero consciente, y al mismo tiempo “quejándose” del paso del tiempo, del esfuerzo físico que implica estar arriba del escenario, como si necesitara decirlo para después desmentirlo con hechos. Porque en paralelo a ese discurso, lo que pasa arriba del escenario es otra cosa. En ese ida y vuelta constante con el público, Gordo también se la pasó “definiendo” el estilo, desarmándolo sobre la marcha y poniéndolo en palabras simples: a veces como hardcore, a veces como punk metal y otras como crossover, como si buscara capturar algo que en realidad sucede en otro plano, más físico que conceptual. Y en ese intento aparece una verdad: lo que atraviesa a RATOS DE PORÃO también atraviesa a D.R.I., y lo que pasa esa noche no son dos shows separados sino una misma lógica expresada de distintas formas.
El sonido de RATOS DE PORÃO refuerza esa idea sin suavizar nada: es sucio, áspero, incómodo, como una calle rota de una favela de Brasil, caótico e incendiario, un sonido que no busca agradar sino incomodar, empujar, raspar. Todo eso se potencia en la dinámica del show, donde los temas van enganchados, sin descanso, uno atrás del otro, generando una sensación de asfixia controlada que el público no solo tolera sino que necesita. El pogo es constante, pero no es desordenado: hay códigos, hay gente levantándose, hay una comunidad que se construye en medio del caos.
La parte media del set —Farsa nacionalista, Colisão, Expresso da escravidão, Paranoia nuclear— sostuvo una intensidad asfixiante, y cuando parecía que no podía escalar más, llegó uno de los momentos más fuertes de la noche: Crucificados pelo sistema. No solo por la reacción del público, que la convirtió en un himno inmediato, sino por lo que representa: una canción que trascendió el circuito hardcore, popularizada en los noventa en el momento de mayor exposición de SEPULTURA, y que además le da nombre a Crucificados pelo Sistema (1984), el primer disco de la banda, considerado el primer álbum de hardcore punk editado en Sudamérica. Cuando sonó en Flores, no fue solo una canción: fue historia en presente, memoria colectiva hecha cuerpo. El cierre con AIDS, pop, repressão fue puro impacto, sin adornos, sin épica artificial. En ese contexto también se dio una situación particular: Mauricio Gueira reemplazó al histórico Jão, lesionado en su mano izquierda, pero lejos de desaparecer, Jão estuvo todo el tiempo en escena, filmando, tomando fernet, sumándose a los coros, como una presencia viva que refuerza la identidad de una banda que se sostiene desde la permanencia. Esa formación —João Gordo en voz desde 1983, Boka en batería desde 1991, Jão en guitarra desde los inicios y Juninho en bajo desde 2004— no es un dato menor: es una forma de entender la música. Y si en algún momento apareció la idea del desgaste, el show la desmintió por completo. Porque una cosa es decirlo y otra muy distinta es sostener ese nivel de intensidad. La remera de Gordo con la frase “Old punks never die” no fue una consigna: fue una constatación.
Después de esa descarga, D.R.I. salió a escena con un desafío claro: sostener la energía sin replicar la fórmula. Y en un primer momento, el arranque generó dudas. El comienzo del set fue raro, con puntos muertos entre canción y canción por problemas técnicos en el retorno y en los equipos de guitarra y bajo. Esas pausas cortaban el flujo natural y por momentos daban la sensación de que la intensidad podía caerse, algo especialmente delicado en una banda que necesita continuidad para funcionar. Pero a medida que los problemas se resolvieron, el show encontró su eje y se transformó en lo que tenía que ser: una avalancha. D.R.I. no construye climas: construye impacto constante, una sucesión de golpes cortos que no dan respiro. Desde All for Nothing y Manifest Destiny hasta Commuter Man, Probation y Standing in Line, la lógica fue clara: velocidad, precisión y continuidad. Y en ese funcionamiento aparece algo interesante: D.R.I. da la sensación de ser una banda más pensada desde el hobby que desde una lógica industrial, y eso, lejos de ser un defecto, se vuelve parte de su identidad. Hay un aire amateur que atraviesa el show —en la ejecución, en la dinámica, incluso en esos problemas técnicos— pero que encaja perfectamente con esa mezcla de punk, hardcore y thrash que define al crossover. No hay pulido excesivo, no hay artificio: hay urgencia.
Temas como Karma, Acid Rain, Violent Pacification y Tear It Down terminaron de consolidar esa energía, con el público completamente entregado, en un estado de movimiento constante, donde el circle pit no se detiene y el cuerpo responde incluso cuando ya está al límite. El tramo final —Thrashard, Mad Man, Couch Slouch, I Don’t Need Society, Worker Bee y The Five Year Plan— funcionó como una síntesis perfecta de esa lógica: directo, sin concesiones, sin distracciones. Y ahí vuelve a aparecer la historia: D.R.I. tocó en Argentina en 1994 y durante décadas su regreso quedó atrapado en cancelaciones. Que hoy esté sobre ese escenario no es un detalle: es una especie de deuda saldada. La formación actual —Kurt Brecht en voz y Spike Cassidy en guitarra desde 1982, junto a Greg Orr en bajo y Danny Walker en batería— mantiene el ADN original con la potencia suficiente para sostener un show de estas características.
Y en el medio de todo eso está la gente. Siempre la gente. Un Teatro Flores lleno, caliente, vivo, sin espectadores pasivos. No hubo distancia entre escenario y público: hubo una circulación constante de energía. Pogo, empujones, manos que levantan a otros, coros gritados desde el fondo, cuerpos que se chocan pero también se cuidan. No es caos: es comunidad.
Porque lo que pasó esa noche no fueron dos recitales. Fue una misma cultura expresándose de dos maneras distintas. RATOS DE PORÃO desde la densidad, el peso y el discurso; D.R.I. desde la velocidad, la urgencia y el impacto inmediato. Dos formas de llegar al mismo lugar.
Y ese lugar no es la nostalgia. Es el presente. Uno donde el cuerpo duele, donde el tiempo pasa, donde los equipos fallan, donde las voces ya no son las de antes… pero donde la intensidad sigue intacta.
Y cuando eso pasa, no hay pose que lo explique. El hardcore, el punk, el thrash, el crossover —en cualquiera de sus formas— sigue vivo. Y esa noche en Flores, quedó clarísimo.
Texto: Carlos Noro
Fotos: Adrián Brizuela
Agradecemos a Nadya Cabrera por la acreditación al evento.
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