Fecha: Viernes 13 de marzo, 2026 | Hora: 20 hs. | Ciudad: C.A.B.A. | Lugar: Uniclub | Bandas invitadas: CARBÓN – FALCHI
Los dinamarqueses de VOLA funcionan en vivo como un cuerpo humano perfectamente sincronizado. En el centro de ese organismo está Adam Janzi, cuyo pulso en la batería opera como el corazón que sostiene todo el sistema. Cada golpe suyo parece marcar la circulación de la energía dentro de la banda. No es sólo una cuestión rítmica: es una sensación física que se percibe incluso a varios metros del escenario. Janzi toca con todo el cuerpo, se retuerce detrás del kit, se inclina sobre los toms, se levanta sobre los platillos como si estuviera empujando el aire del lugar. Hay algo casi coreográfico en su manera de tocar: los movimientos del torso, la tensión de los brazos, el modo en que el cuerpo entero acompaña cada acento. Cada golpe es un latido que se propaga hacia adelante, como si el sonido naciera ahí y desde ese punto se expandiera hacia los otros músicos y finalmente hacia el público, que recibe ese pulso como una vibración colectiva.
Sin embargo, ese corazón no late en soledad. Alrededor suyo se organiza un sistema donde cada instrumento cumple una función específica y donde el sonido se mueve como si recorriera un cuerpo que se autorregula constantemente. A diferencia de muchas bandas progresivas que hacen de la técnica un fin en sí mismo, VOLA utiliza su evidente virtuosismo de otra manera. La banda no parece interesada en demostrar nada; la técnica aparece porque es necesaria para sostener la música y para permitir que las canciones respiren con naturalidad. Lo que se ve sobre el escenario es más bien un organismo en homeostasis, un estado de equilibrio dinámico donde cada elemento del sistema se ajusta constantemente para mantener el funcionamiento del conjunto. En ese equilibrio, cada instrumento completa al otro y las ideas musicales circulan entre ellos como impulsos nerviosos que recorren un cuerpo vivo.
Muchas veces una línea comienza en el bajo de Nikolaj Mogensen, profundo y firme, como una columna vertebral que sostiene el peso del cuerpo musical. Ese bajo tiene una presencia física muy clara en la sala: vibra en el pecho, empuja el aire, establece el terreno sobre el que se construyen las canciones. Esa línea luego se transforma en un riff de guitarra de Asger Mygind, que corta el aire con precisión mientras su voz abre una dimensión más melódica y emocional dentro del conjunto. Después esa idea se expande en los teclados y sintetizadores de Martin Werner, que agregan capas de atmósfera como si fueran el sistema nervioso del organismo, enviando señales hacia cada rincón del sonido y llenando los espacios con texturas que amplían la profundidad de las canciones. Finalmente todo vuelve a caer sobre la batería de Janzi, cerrando el circuito y devolviendo el pulso al corazón que lo originó. El resultado es un flujo continuo donde la música parece desplazarse dentro del cuerpo de la banda, como si cada instrumento fuese un órgano que recibe y devuelve energía. Dentro de ese sistema equilibrado, Asger Mygind cumple un papel particular: además de ser uno de los motores rítmicos desde la guitarra, su voz funciona como una especie de conciencia que atraviesa todo el organismo musical. Hay algo muy distintivo en su forma de cantar. No necesita forzar el registro ni competir con el volumen de la banda; su voz aparece con una claridad casi luminosa sobre la densidad instrumental. Mientras la base rítmica empuja con peso y los sintetizadores construyen capas envolventes, la voz de Mygind abre el espacio emocional de las canciones. Es una voz melancólica, serena y al mismo tiempo intensa, capaz de transformar riffs pesados en paisajes cargados de sensibilidad.
Ese mecanismo se hizo evidente desde el comienzo del show en Uniclub. Cuando sonaron los primeros acordes de I Don’t Know How We Got Here el organismo empezó a latir. El bajo marcó el terreno con una base firme, la batería fijó el pulso con golpes precisos y los sintetizadores abrieron el espacio sonoro como si el escenario respirara lentamente. La voz de Mygind apareció sobre ese entramado con una naturalidad notable, flotando por encima de la masa sonora y ordenando el clima emocional de la canción. We Will Not Disband continuó ese movimiento con una energía más decidida, y desde los primeros minutos se percibía que la audiencia estaba completamente dentro de la dinámica del concierto, siguiendo cada cambio de intensidad con un movimiento casi instintivo. La gente estuvo muy enganchada durante todo el recital, respondiendo con entusiasmo a cada riff y acompañando los pasajes más melódicos con una atención casi reverencial.
Con Stone Leader Falling Down apareció uno de los primeros momentos de tensión del concierto. La base rítmica irregular de la canción generó una reacción inmediata frente al escenario: una verdadera sinfonía de cabezas agitándose, una masa en movimiento que respondía al groove que llegaba desde el escenario. El público se movía como un bloque compacto, empujado por la energía rítmica que salía desde la batería y el bajo. Allí el pulso de Janzi se volvió casi físico, empujando el aire del lugar. En términos sonoros el recital funcionó con una claridad impresionante. El sonido fue realmente buenísimo, algo que no siempre ocurre y que en este caso permitió distinguir cada detalle del entramado musical de la banda. El bajo se sentía profundo y sólido, las guitarras tenían cuerpo y definición, los sintetizadores flotaban en el aire generando capas de atmósfera y la batería ocupaba el centro del espectro con una presencia contundente. Esa claridad permitió que la dinámica de VOLA —ese intercambio constante entre instrumentos— se percibiera con total nitidez durante todo el show.
La puesta de luces también aportó un elemento fundamental para la experiencia visual del recital. Detrás de los músicos se levantaba una serie de mini columnas luminosas que iban cambiando de color a lo largo del concierto. No era una producción gigantesca, pero sí una iluminación muy bien pensada. A veces las columnas se encendían en tonos fríos que acompañaban los pasajes más atmosféricos de las canciones; en otros momentos viraban hacia colores intensos que reforzaban el peso de los riffs. Con el correr del show esas columnas comenzaron a envolver el escenario en distintas capas de luz hasta que por momentos todo quedó sumergido en una nube de humo rojo. Ese juego entre luces, humo y sombras ayudó a construir distintos climas y a reforzar la dimensión visual del recital.
En These Black Claws el groove se volvió casi corporal. El riff parecía circular entre el bajo y la guitarra mientras la batería sostenía un pulso que hacía vibrar el piso del lugar. Allí el público respondió con fuerza, moviéndose al ritmo de una canción que funciona como uno de los grandes motores del repertorio de la banda. Luego Ruby Pool cambió completamente la respiración del concierto: las luces se suavizaron, los sintetizadores ocuparon el centro del paisaje sonoro y la música pareció abrirse hacia un espacio más amplio y contemplativo. Con Alien Shivers esa atmósfera se volvió todavía más envolvente, como si el organismo musical bajara la intensidad para recuperar aire.
La zona media del recital profundizó esa idea de movimiento interno. Your Mind Is a Helpless Dreamer y Head Mounted Sideways mostraron cómo las estructuras de VOLA se construyen a partir de capas que se van encadenando entre los instrumentos. Allí la música parecía desplazarse dentro del cuerpo de la banda: el bajo marcando el suelo, la guitarra dibujando líneas sobre ese terreno y los sintetizadores generando el espacio donde todo respira. La voz de Mygind volvió a aparecer como un elemento central en ese equilibrio, conectando la densidad instrumental con una dimensión más emocional. Con Cannibal y 24 Light-Years el paisaje se volvió más amplio todavía, con desarrollos largos donde el groove adquiría un carácter casi hipnótico y el público se dejaba llevar por la repetición rítmica.
En medio del concierto la banda también se tomó un momento para hablar con el público y recordar una situación difícil que atravesaron recientemente: la pérdida de todo su equipamiento en un incendio. Contaron cómo ese golpe inesperado puso en riesgo la continuidad de la gira y cómo la respuesta de los seguidores fue inmediata. A través de campañas y apoyo directo, los fans ayudaron a que la banda pudiera recuperarse y volver a la ruta. Ese relato generó un momento de conexión especial con la audiencia de Uniclub, que respondió con aplausos y muestras de apoyo, reforzando la sensación de comunidad que se respiraba en la sala.
Después llegó uno de los momentos más introspectivos del concierto con Applause of a Distant Crowd. Fue como una pausa en la respiración del organismo musical: el ritmo se volvió más contenido, las luces bajaron su intensidad y el aire del lugar pareció calmarse por unos minutos. Allí la voz volvió a ocupar el centro emocional del escenario, flotando sobre las capas de sintetizadores y reforzando el clima contemplativo de la canción. Esa pausa permitió que el show tomara impulso nuevamente cuando llegaron Stray the Skies y Inside Your Fur, dos canciones que volvieron a tensar los músculos del repertorio y a empujar la energía hacia adelante con riffs compactos y melodías expansivas. Antes de Bleed Out apareció uno de los puntos más intensos de toda la noche. Allí la batería de Janzi volvió a ocupar el centro absoluto de la escena. Sus movimientos detrás del kit se volvieron todavía más físicos, más expresivos, y durante unos minutos quedó claro que todo el organismo musical dependía de ese pulso. La banda seguía funcionando como un sistema perfectamente equilibrado —bajo, guitarras y sintetizadores moviendo el sonido entre sí— pero en ese momento el corazón se hizo visible. Cada golpe de la batería empujaba la música hacia adelante con una fuerza que se sentía directamente en el pecho.
Los bises con Tray y Straight Lines terminaron de cerrar la noche con un final expansivo y emotivo. Las luces volvieron a abrir el escenario, el público acompañó cada melodía y la música alcanzó uno de sus puntos más luminosos antes del cierre. Cuando el último acorde se apagó quedó flotando en el aire la sensación de haber presenciado algo más que un recital: un organismo musical funcionando con precisión, energía y sensibilidad.
Porque VOLA no se sostiene sobre la competencia entre virtuosos ni sobre la demostración técnica. Lo que ocurre sobre el escenario es otra cosa: un sistema vivo, un cuerpo que respira, se contrae, se expande y se reorganiza constantemente. En ese organismo cada parte cumple una función esencial —la columna rítmica del bajo, el pensamiento melódico de la guitarra, el sistema nervioso de los sintetizadores—, pero es el corazón de Adam Janzi el que mantiene el pulso constante que permite que todo el cuerpo musical siga respirando, mientras la voz de Asger Mygind se convierte en la conciencia que atraviesa y ordena emocionalmente todo ese movimiento.
Falchi: un prólogo instrumental
Antes de que ese organismo comenzara a latir, la noche tuvo un prólogo con Jessica Di Falchi y su proyecto Falchi. La guitarrista brasileña —conocida por su paso por CRYPTA— presentó una propuesta radicalmente distinta a la de la banda de death metal que la dio a conocer. Su set instrumental puso a la guitarra en el centro de un paisaje sonoro más amplio, donde las melodías y las capas de sonido se movían entre climas introspectivos y pasajes de gran intensidad.
Uno de los momentos más llamativos de su presentación fue cuando se animó a interpretar The Call of Ktulu de METALLICA, una elección ambiciosa que encajó naturalmente dentro de su enfoque instrumental. La pieza funcionó como un puente entre su pasado dentro del metal extremo y esta nueva búsqueda musical más abierta, donde la guitarra se convierte en vehículo para construir atmósferas y desarrollar ideas sonoras con libertad. Fue un comienzo distinto, casi cinematográfico, que preparó el terreno para la intensidad rítmica que llegaría después con VOLA.
Texto: Carlos Noro
Fotos y videos: Estanislao Aimar
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